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Sobre el discurso medioambiental

jose-luis-arriaga

Sobre el discurso medioambiental

Lo que se debe entender primero es que el discurso ecológico no era propio de los grupos poderosos, sino que se originó en las orillas

Cuando hablamos de los temas ecológicos estamos frente a un conflicto ideológico. Normalmente las posturas confrontadas en tal conflicto son la del grupo en el poder versus la de los grupos subalternos. Pero más que entrar al tema de los sistemas de ideas, hoy quisiera centrarme en la dimensión discursiva que tienen los conflictos ideológicos. Es decir, reflexionar sobre lo que se dice, pues al hablar creamos, reproducimos o perpetuamos algunas ideas. ¿Qué se dice hoy sobre la ecología? ¿Qué discurso reina en materia de debates ecológicos? ¿Hay una discusión ecologista o medioambiental?

Lo que se debe entender primero es que el discurso ecologista no era propio de los grupos poderosos, sino que se originó en las orillas. Entre los grupos que eran vistos como inadaptados o raros, por gritar que había que defender el planeta. Era un pensamiento y un discurso marginal, que incomodaba a quienes todo el tiempo hablaban solo de desarrollo, de crecimiento, de producir más, de adquirir más, de construir más. Tanto los Estados como la iniciativa privada en todos lados, hablaban en ese tono: construir, producir, crecer. Pero algunos sujetos “raros” empezaron, hace ya varias décadas, a alzar la voz y decir: por la ruta que vamos, el planeta no será habitable en algunos años.

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Este discurso subalterno terminó corriendo la suerte de muchos otros que, aunque marginales, no dejan de tener una relación con la ideología dominante. Por ello, hay ocasiones en que termina siendo asimilado: conservar la centralidad para cualquier ideología debe incluir la neutralización de otras ideas (sobre todo aquellas que les ponen en crisis); la forma más fácil de neutralizar es incorporar. Así fue como la ideología dominante, basada en la explotación (de la fuerza de trabajo, del agua, del oxígeno, de las plantas, los animales, etc.) logró incorporar a sus estrategias discursivas las nociones ecológicas. Encontró la manera de hacer compatible la explotación con la conciencia ecológica. Así fue como nación la ideología medioambiental.

En este marco, la maniobra más sorprendente consistió en mantenerse como ideología dominante pero revestida de un “compromiso ambiental”. De esta manera no sólo grandes empresas nacionales e internacionales, sino gobiernos e instancias multilaterales lograron seguir en la ruta de la explotación, la devastación, la contaminación, pero articulando las acciones con un “discurso verde”. Hoy hacen propias algunos planteamientos que originalmente estaba justo en el polo opuesto de su actuar; la ideología ecologista encierra una profunda crisis al modelo basado en la explotación. El discurso ecologista era no sólo incómodo al inicio, sino riesgoso, por poner en tela de juicio si la ruta correcta era seguir alterando el entorno para comodidad de los seres humanos.

Las ventajas que lleva el parecer “verde” incluyen la aprobación pública. Así, con algunas maniobras discursivas, una empresa puede secar la mantos freáticos, arrojar gases tóxicos o devastar flora y fauna, siempre y cuando cuente con estudios de impacto ambiental, las certificaciones de empresa responsable, los permisos que considera la ley y, si se puede, que algunos expertos hablen de cómo su impacto puede ser mitigado o resarcido.

Entonces, preguntábamos al inicio ¿qué discurso reina en materia de debates ecológicos? En primer lugar debe decirse que, con el paso de los años, se “descafeinó” el discurso ecologista (crítico por naturaleza) y se transformó en un discurso medioambientalista. El ecologismo (ese que gritó desde las orillas, hace décadas, sobre los riesgos del modelo basado en la explotación) demanda cambios profundos en la organización social y en las actitudes del ser humano para con el mundo natural no humano; en cambio, el medioambientalismo es la representación técnica y administrativa de la “preocupación por el ambiente”.

Toda la normatividad y entramado institucional creados para “resolver” los problemas medioambientales son la expresión de esta cara técnico-administrativa del ecologismo que se ha normalizado. Es bajo este marco que una empresa minera puede seguir contaminando ríos o una cervecera acaparar el agua, siempre y cuando cumpla con la normatividad.

Toda la normatividad y entramado institucional creados para “resolver” los problemas medioambientales son la expresión de esta cara técnico-administrativa del ecologismo que se ha normalizado. Es bajo este marco que una empresa minera puede seguir contaminando ríos o una cervecera acaparar el agua, siempre y cuando cumpla con la normatividad. Es bajo este marco que se puede autorizar un megaproyecto carretero, hidroeléctrico o minero, siempre y cuando tenga en orden su declaración de impacto ambiental y haga todos los trámites burocráticos para recibir la concesión u obtener los permisos.

Dicho en pocas palabras, para el medioambientalismo el problema no es el modelo, son los requisitos a cumplir. La ecología, como actividad científica, lleva generaciones realizando estudios sobre las relaciones de los seres vivos con su entorno. Cuando esa mirada se dirigió a ver el tipo de relación que los seres humanos tienen con su entorno empezó a quedar claro que toda nuestra presencia afecta al entorno, por lo que comemos, lo que vestimos, donde vivimos, a donde viajamos, en donde nos divertimos, etc. Casi no hay acción humana que no tenga un impacto en el entorno. ¿Cómo hacemos, pues, para que ello no se vea tan feo? Ah, pues hay que regularlo.

La regulación medioambiental es lo que hoy lava la cara a los proyectos de infraestructura, a la explotación de recursos o a la invasión y exterminio. Históricamente hemos pasado por tres etapas en la relación de la ideología del modelo basado en la explotación con la ideología ecologista. La primera etapa fue rechazar y negar las afectaciones al entorno; la segunda fue de una aceptación con fines utilitarios; y la tercera una apropiación de las ideas pero bajo un nuevo marco.

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Hoy, cuando en nuestro país la opinión pública se ocupa de algunos asuntos medioambientales, vale la pena esta reflexión para entender que los debates nunca llegan a la profundidad del plano ecológico; se quedan en rebatingas sobre trámites medioambientales. Hay una estridente discusión en algunos medios de comunicación y redes sociales (que eventualmente se traslada a la conversación); sin embargo, tiene su punto de partida en algunas premisas engañosas. 

El engaño proviene de que, en el proceso de apropiación del ideario ecológico, la ideología basada en la explotación hizo uso de algunas metáforas para hablar del medio ambiente. La primera fue equiparar la naturaleza con lo humano, dando como resultado una naturaleza “humanizada”, de la que se puede decir, por ejemplo, “es nuestra selva, hay que salvarla”. La segunda metáfora fue trasladar a creaciones humanas el estatus de naturaleza; construyo un parque y como lo hago para tener áreas verdes, ese parque es naturaleza y hay que defenderlo. Bajo esta lógica es que se puede decir, por ejemplo, “La Riviera maya nos está pidiendo a  gritos que la salvemos”, siendo que Riviera maya es un producto turístico, de finales de los años 90.

Así, pues, cuando el debate no se centra en un cambio de paradigma, no estamos en presencia de debates ecológicos, sino de rebatingas medioambientales. En medio de estas últimas siempre estarán involucrados políticos, empresas, consorcios y gestores. Su preocupación no es ecológica en el sentido estricto del término; es más bien una disputa por quién está autorizado (o no) para seguir explotando y obteniendo ganancias.