Autopan, México; 5 de febrero de 2018. Camuflados en talleres mecánicos o disimulados entre los maizales y hasta en un frontón abandonado, se ubican los puntos de extracción, transporte y venta de gasolina robada, en la zona norte de Toluca.
La tierra de los huachicoles comienza en el poblado de El Tejocote, en la delegación de San Pablo Autopan, donde huele a combustible, a miedo cuando se trata con saqueadores de oleoductos.
“¡Tapa esa madre! ¡No seas tan pinche obvio! ¡Vamos al pega y corre!”, vocifera el guía, un ex policía municipal asignado a esa zona de la capital mexiquense, y quien por años recorrió a pie los campos atravesados por ductos de Pemex, que lo mismo bordean las carreteras secundarias que se internan en colonias y hasta en cerros apenas poblados.
La historia del robo de gasolina en Autopan nace casi de la casualidad, cuando a un policía municipal se le hizo fácil robar de los ductos subterráneos de la paraestatal, hace 15 años. Macario Ríos, aquel gendarme de ideas prácticas pero fuera de la ley, no sabía que ese primer robo de combustible, casi tres lustros después, se convertiría en un negocio de casi 7 millones de pesos a la semana.
Apenas hace cinco años la ordeña de combustible pasó brevemente por los cárteles del narcotráfico que controlaban en Toluca el narcomenudeo y algunas rutas de trasiego trazadas desde Guerrero. Primero los Caballeros Templarios y después la Familia Michoacana intentaron retener el negocio pero al final algo pasó que no pudieron concretarlo.
Entonces un tal Joel Juárez, a quien le apodan “El Burra”, aprovechó el vacío narcotraficante y con lo aprendido en la entraña de los sicariatos organizó un grupo de aproximadamente 30 hombres. Estableció su base de operaciones en el pueblo de San José de la Costa, en Tlachaloya. Una bodega fue habilitada, así nomás, para servir de búnker, oficina y área de carga. Después el negocio creció rápidamente y ya nada los detuvo. Los Burras, como se llamaron desde entonces los extractores de combustible, decidieron que con 20 pipas de combustible a la semana la operación estaba más que cubierta.
Pobre, pero sólo en apariencia, Autopan y la zona norte de Toluca representan, además de un centro de producción de textiles, gorras deportivas y peluches, la región donde se resuelven las elecciones locales. De población otomí, el Consejo Estatal de Población (Coespo), contaba en el 2010 a 35 mil habitantes, aunque ahora son un poco más de 40 mil, dicen estimaciones del propio ayuntamiento porque ahí se han instalado enormes complejos habitacionales diseñados para albergar la llegada de 10 mil nuevos habitantes, la mayoría exiliados de la Ciudad de México en busca de espacio y oportunidades laborales.
Ahí, a la sombra del huachicol, se construyen fraccionamiento de interés social que relacionan soterradamente a los grandes constructores como ARA con políticos de altos vuelos como Enrique Peña o las ex alcaldesas de Toluca y Metepec, respectivamente, Martha Hilda González Calderón y Ana Lilia Herrera. De esto nada se ha probado, pero ni falta hace cuando las grandes extensiones destinadas hace poco para la siembra ya son planchas de concreto, simientes de varilla creciendo junto a los edificios que vertebran.

La zona norte de Toluca tiene geografía de dormitorio. Es tierra de paso que al mismo tiempo da cuerpo a la miseria de la mayoría otomí y sus cacicazgos de fábula. Uno de ellos lo ejerce el alcalde de la ciudad, Fernando Zamora Morales, portavoz en aquella región de una clase política voraz, tan miserable como la pobreza que se exhibe a la vista de todos.
La colonia Aviación de Autopan, por ejemplo, ha insertado entre su tierra y los campos de flores las mansiones imposibles, de dimensiones ciclópeas del propio Zamora Morales, que mide unos 2 mil 500 metros cuadrados y que aparece en los registros de propiedad a nombre de Omar Talavera Vázquez, ex subdirector de Educación Primaria y oficial mayor del Sindicato de Maestros al Servicio del Estado de México, en la esquina de las calles de Puerto Aéreo y 23 de Octubre.

Casa de Fernando Zamora en Autopan/ Foto: Ramsés Mercado
A 800 metros, y para entenderlo mejor, se observa un rancho con capilla de domo azul, además de una bodega para más de 100 autos de colección, casi todos modelo Mustang, propiedad del ex secretario de Gobierno, José Manzur Quiroga. La pobreza de la zona es tanta como la riqueza de sus terrenos. El valor de la tierra es punto de partida para que suceda una invasión sigilosa, casi invisible de potentados toluqueños que descubrieron en La Aviación un lugar para tenerlo todo porque hasta un nuevo estadio de futbol, propiedad del Deportivo Toluca, se planea hace años. Proyecto pospuesto ya demasiado, no ha impedido que hasta la familia Montiel Rojas construya una Universidad de la Salud.

Casa de la familia Manzur en Autopan/ Foto: Ramsés Mercado
Por ahora así está todo y los pequeños estanques donde los patos llegan mantienen la apariencia de campo aunque debajo de aquel paisaje hay toneladas de concreto esperando el momento para cambiarlo todo.
Una pausa.
La tierra de los huachicoles no sólo es Autopan. La zona norte de Toluca es enorme y la ordeña de combustible es casi imposible de cuantificar. El saqueo contra Pemex, permitido por autoridades municipales y los mandos policiacos es un punto ciego que comienza desde los avisos que los centros de monitoreo de la propia Pemex reportan cada tercer día, desde hace años: una variación en la presión de mangueras y tubos de conducción.
Ya todos se acostumbraron a la rutina y se han adaptado con la naturalidad de quien se hace el tonto. Así funciona. Desde Pemex alguien llama porque ha registrado una lectura anómala. La policía municipal recibe el reporte y se compromete a investigar. Diez minutos después los de Toluca emiten su respuesta porque resulta que todo está en calma y con eso Pemex se conforma. La realidad es que nadie ha movido un dedo. Ninguna patrulla se ha desplazado para revisar los ductos.

Válvula de huachicol en Autopan/ Foto: Marco Rodríguez
Los mismo pasa en la contaminada Tlachaloya, en sus dos secciones; en el pueblo de San Cayetano, San Andrés Cuexcontitlán, San Cristóbal Huichochitlán, San Diego Linares, Palmillas y San Diego de los Padres.
– Antes la policía se acercaba adonde estaban ordeñando el combustible, pero allí mismo se llegaba a un arreglo y a quien acudía le daban 10 mil pesos. Ese dinero iba directamente a la bolsa de los policías, pero luego los jefes negociaron entre ellos y el dinero se quedó arriba. Nadie de nosotros se llevó nada, lo único que teníamos que hacer era no movernos- dice el guía entre amargado y divertido, mientras hace cuentas. Su rostro se ilumina y se cierra, como un puño sobre su propio gesto.
– ¡No, no mames! –dice entonces, como para adentro.
Y es que el dinero que se reparte apenas le alcanza para imaginarse otra vida, alejado de la ruta que le tocaba. Y dice:
– Un litro de huachicol se vende en 17 pesos. Si se trata de diésel, el litro sube dos pesos.
El negocio es simple y la operación más. Cada semana, los domingos, miércoles y viernes, veinte pipas con capacidad para 20 mil litros se acercan a las tomas clandestinas para conectarse, durante una hora, hasta llenar sus tanques. Cada pipa con esos 20 mil litros extraídos tiene un valor de 340 mil pesos, y en un cálculo general venden 6 millones 800 mil pesos cada ocho días. En total, cada mes, la ganancia de los huachicoleros es de 27 millones 200 mil pesos que, al cabo de un año registra 326 millones 400 mil pesos. Esto, aclara el guía, se puede considerar robo-hormiga y nunca se han realizado operaciones a gran escala para no llamar la atención.
Otra vez el rictus traiciona al policía y los más de 300 millones de pesos, cantidad apenas balbuceada, le confirma que siempre los dejaron fuera por alguna razón, a él y a algunos otros de sus compañeros, de un negocio que podría alcanzar para todos. Pero no.
No es la primera vez que se batalla con huachicoleros. Para inicios de 2018 la policía estatal logró decomisar 3 mil litros de combustible robado, sobre la carretera Toluca-Atlacomulco. En diciembre, de 2017 “la Secretaría de Seguridad del Estado de México decomisó alrededor de 33 mil 500 litros de combustible robado", dice un reporte del portal electrónico Alfa.
El 7 de noviembre de 2017 fueron aseguradas por policías federales dos aeronaves en el aeropuerto de Toluca, que eran usadas para transportar combustible. Después no se supo nada, y es que ése era un caso menor. No lo es, sin embargo, cuando también se involucran en esa actividad la hermana y el cuñado de Luis Miranda Nava, ex secretario federal de Desarrollo Social. Ricardo Víctor Mercado Galán, además rector de la Universidad Isidro Fabela en Toluca, y su esposa, María del Carmen Miranda Nava, resultaron dueños de la estación de gasolina E07181, en la carretera Mexicaltzingo-Tianguistenco, donde un grupo descargaba combustible robado. Capturados por policías estatales y federales el 25 de agosto de 2017, las investigaciones condujeron hacia los parientes de Miranda Nava. Todo fue fácil. Ellos eran los dueños pero también influyentes. Las cosas se diluyeron al paso de los días, aunque los detenidos mostraron una factura falsa por 60 mil litros de combustible, que había sido robado en Querétaro.
– Mira, a los huachicoleros los protegen los directores de la policía municipal, y ellos avisan de esas actividades- dice el guía.
– ¿Quiénes son los beneficiados directos con la extracción?
– Uno de ellos es Javier Torres, director general de Seguridad Ciudadana-.
Y aunque Torres ha tenido con el gobierno de Fernando Zamora una relativamente discreta actuación, su pasado lo alcanza de refilón, pues en el 2012 había sustituido como subdirector de Política Criminal Municipal a Germán Reyes Murguía, el “M1”, líder de la Familia Michoacana, uno de los narcos más buscados en el Estado de México, y que a pesar de ello había sido contratado por la administración de la priista María Elena Barrera Tapia, ex secretaria particular de Peña Nieto. “Y mientras El M1 operaba en la zona, Torres García se desempeñaba como comandante de la policía estatal en el valle de Toluca, de manera que lideraba las estrategias de seguridad en los municipios de Zinacantepec, Almoloya de Juárez, Tenango del Valle, Mexicaltzingo y Santiago Tianguistenco, donde Reyes Munguía tenía influencia”, dice un reportaje de Veneranda Mendoza para el semanario Proceso (6 de enero de 2016).
– Otro de los beneficiados con lo del huachicol es Miguel Melo Pagola, coordinador de Gobierno municipal- dice el informante dejando por fin de sonreír, mientras escarba el asiento trasero del auto con el puño abierto, los dedos entumecidos y dice, como sin saber, que los puntos clandestinos de venta se pueden contar en Autopan en hasta 150 ubicaciones.
Y dice:
– Hay por lo menos tres laboratorios clandestinos de petróleo, donde se fabrican todo tipo de aceites, anticongelantes y armorol; además hay entre 20 y 30 válvulas de ordeña, pero además todos los comandantes municipales protegen a los huachicoleros, en especial el coordinador de la Zona Norte, y los comandantes de Región 18, 19 y 20. Lo que no sé es cuánto de los 30 mil pesos quincenales que los huachicoleros reparten, le toca a cada uno de los jefes policiacos. Todo esto ha venido sucediendo en los últimos 15 años. De pronto hay un muertito, aunque sólo a veces. El que recuerdo fue un destazado, un masculino de entre 40 y 45 años, al que además descabezaron. Lo dejaron regacho, hasta con su letrero, como hacen los narcos.
– ¿Por qué lo mataron?
– Por no trabajar bien […] eso decía el letrero con el que lo encontramos.
La venta, extracción y tratamiento de combustible robado tiene demasiados puntos de operación, pero todo parte de la artimaña de montar un taller mecánico. Uno de los primeros puntos documentados de extracción está en la esquina de Francisco Villa y Alfredo del Mazo, cerca de la sede estatal del PRI. Ahí se observa una talachera que hace trabajos de vulcanización. Ellos escarban en el camellón cercano, justo debajo de los postes amarillos de Pemex que indican peligro. Pero también la presencia del oleoducto.
En Reforma e Isidro Fabela hay un taller mecánico, la refaccionaria Martínez, donde se resguarda y revende combustible.
Uno de los cuatro laboratorios que se lograron ubicar está en la calle de Moctezuma, casi esquina con Vicente Suárez, en bodegas custodiadas por tranquilos halcones que observan a todos los que pasan por ahí. Otro punto de tratamiento de combustible se ubica en Autopan, en las calles de Gómez Farías y Melchor Ocampo. El tercer laboratorio está en la calle de Primo de Verdad y Melchor Ocampo.
Además, un negocio de carrocerías oculta válvulas de ordeña en la calle de Isidro Fabela casi esquina con Luis Donaldo Colosio. Otra de las válvulas está en la carretera a Palmillas, en una bodega, mientras que una tercera toma se camufla en un taller mecánico, en la calle de Morelos de Autopan.
Sobre Ignacio López Rayón, a kilómetro y medio de la entrada de El Tejocote, y a unos metros del salón de fiestas Dalias, hay otro laboratorio donde se fabrica almorol. La fachada está cubierta por plásticos azules, que pretenden, fallidamente, cubrir el interior.
Pero hay de todo. Las fachadas son hasta innecesarias porque todos en Autopan saben quiénes están metidos en la ordeña. Afuera de un consultorio de acupuntura un canal recorre los límites de la carretera; es angosto, apenas útil para conectar con una toma que despacha la gasolina.
– ¿De cuándo a acá se vigilan las pinches canchas?- dice el guía riendo, mientras observa una construcción, ubicada en Francisco Javier Mina entre Venustiano Carranza y la carretera Atlacomulco-Toluca, marcada con un código de la Comisión Federal de Electricidad (CFE). Se distingue en letras blancas el cifrado N5032195832.


Laboratorio huachicolero ubicado en Francisco Javier Mina, entre Venustiano Carranza y la carretera Atlacomulco-Toluca
Otro laboratorio. El quinto. No, el cuarto. No. Son tantos que las cuentas se pierden. Pero hay que precisar: en realidad son cinco. Este último parece fábrica o bodega. Una casa pequeña, de paredes naranjas, guarda una camioneta oxidada con placas de Guerrero que presuntamente es usada para el traslado de combustible a los distintos puntos de venta. Al menos 3 cámaras de videovigilancia observan desde la altura.
Muy cerca de Grupo Turín, la que hace chocolates, se puede sentir el olor no precisamente al dulce. Aquí, más que cerca del Parque Industrial San Cayetano, el maizal se cubre de un tapete negro disimulado entre hojas secas y uno que otro vaso de plástico. Se trata de la toma más grande. Para llegar a ella es necesario adentrarse en los maizales, al menos 500 metros justo a espaldas de la fábrica. Ahí, en el centro de la nada, la mancha negra que se desprende de la tierra quema y oxida porque el combustible se escapa.

Un enorme ducto de Pemex atraviesa la zona norte de Toluca/ Foto: Marco Rodríguez
Alrededor no se ve más que hojas doradas y un camino sin fin.
El inconfundible hedor, los botes cuadrados de pet, las conexiones de PVC, la yerba seca amontonada sobre tomas y las cámaras reafirman que la tierra de los huachicoleros está aquí, en San Pablo Autopan.
Válvula de diesel en Autopan/ Foto: Marco Rodríguez



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