Pocas cosas pudieran tan justificadamente denominarse tragedia, como esa de que los jóvenes y los niños de un país carezcan de condiciones mínimas de bienestar y posibilidades de mejora.
Como esos de Centroamérica y muchas partes de México cuyas vidas, sin perspectiva alguna, se ven amenazadas, en muchos casos, por el crimen organizado en forma de carteles y pandillas.
Jóvenes y niños a los que sólo queda el autoexilio en forma de emigración hacia lugares que presuntamente les permitan un trabajo, un ingreso, comida, seguridad, algo de dignidad humana.
Y sin embargo ese autoexilio y las condiciones en que se hace, es un tránsito peligroso, que les puede costar incluso la vida.
No sólo por el crimen organizado, sino por la delincuencia, también organizada, que representan las policías y los agentes migratorios.
Lo que se refleja en los dramáticos acontecimientos en la frontera norte de México.
Donde se agudiza el drama de miles de niños indocumentados, mexicanos y centroamericanos, que son recluidos en verdaderos campos de concentración por el gobierno norteamericano.
Niños que son tratados como criminales antes de ser deportados a México y Centroamérica.
Donde los esperan situaciones aún peores como la prostitución, la droga, la indigencia o aun la muerte.
Hechos que son, esos sí, una verdadera tragedia para los países involucrados tantos los de Centroamérica como México.
Y un gran cinismo de los USA, cuyas políticas han hecho de la zona su verdadero patio trasero.
Quizá a esto convendría una gran parte de la atención que el gobierno de México otorga a la posible realización de negocios con empresas extranjeras.
O de la atención que el propio gobierno y la sociedad entera otorgan a cuestiones como el desempeño del Súper Piojo y sus muchachos.


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