Dentro de poco los turcos volverán a ser bombardeados con promesas y los políticos seguirán culpándose unos a otros por los errores que dejaron un país violento e inestable, con muy pocas esperanzas de un final feliz.
La nación euroasiática se prepara para la segunda cita en las urnas en menos de seis meses, tras el fracaso de los intentos por establecer alianzas y en medio de la inseguridad y la crisis.
Como si las parlamentarias de junio de este año hubiesen sido un ensayo que salió mal, el presidente Recep Tayyip Erdogan insiste en llamar repetidas y no anticipadas a las elecciones convocadas para el 1 de noviembre, consideradas por él como la única solución a los problemas existentes.
Ese día, unos 56 millones de ciudadanos serán invitados una vez más a los colegios y recaerá sobre ellos el destino inmediato de Turquía, carga que, por pesada, a veces no es fácil de soportar y suele llevar a decisiones basadas más en el miedo que en las convicciones.
Mientras tanto, las piezas continúan sobre el tablero y los contrincantes piensan cómo poner fin a un juego que ha durado ya demasiado tiempo.
Desde el 7 de junio, cuando las urnas cerraron sin ningún vencedor con mayoría absoluta, la situación en Turquía ha empeorado considerablemente.
En menos de dos meses, el país se sumió en una crisis política no sufrida en años, agravada por la decisión de la presidencia de iniciar una supuesta lucha contra el terrorismo e interrumpir el proceso de paz con los kurdos.
Con la excusa de preservar la seguridad nacional, Ankara ordenó la apertura de bases navales a la coalición internacional contra el Estado Islámico y bombardeó posiciones de esa organización y del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) en Siria e Iraq.
La muerte de 33 activistas debido a un atentado en la sureña localidad de Suruc, fue el pretexto para una serie de acciones que desataron el descontento de la guerrilla kurda, cuyos dirigentes consideraron innecesario el cese al fuego proclamado en 2013.
De esa manera, se paralizaron los diálogos para finalizar un conflicto de tres décadas con saldo de más de 40 mil muertos y los enfrentamientos, asesinatos, amenazas y detenciones se convirtieron en habituales.
En medio de todo esto, el líder del Partido de Justicia y Desarrollo (AKP), el primer ministro Ahmet Davutoglu, se reunió con los representantes del Popular Republicano (CHP) y el Movimiento Nacionalista (MHP) para tratar de formar una coalición.
Por ser la organización más votada en los comicios de junio, el Presidente había orientado al AKP la búsqueda de alianzas y la creación de un nuevo gobierno, para lo cual contaba con 45 días.
Sin embargo, Davutoglu no fue capaz de sellar pacto alguno y Erdogan no le dio la misma oportunidad al CHP, segunda fuerza política en el país.
Los partidos opositores acusaron al jefe del Ejecutivo de falta de voluntad para llegar a un acuerdo y de plantear alternativas inaceptables.
En lugar de buscar una alianza duradera, Davutoglu propuso a sus contrarios una coalición temporal hasta la celebración de elecciones adelantadas o apoyar un gobierno en minoría del AKP, opciones que fueron rechazadas.
El 17 de agosto de este año, el Primer Ministro anunció el fracaso definitivo de las conversaciones con sus oponentes y Erdogan defendió la vuelta a las urnas como única opción viable.
Una semana después, el Presidente convocó a elecciones anticipadas por primera vez en la historia moderna de esta nación, donde ese paso debe ser consensuado y anunciado por el Parlamento.
Tanto el CHP como el MHP acusaron al mandatario de apoyar la celebración de otros comicios con el propósito de buscar una segunda oportunidad para el AKP y continuar con sus planes de reformar la Constitución.
El cambio de un sistema parlamentario a uno presidencial era un elemento fundamental del programa electoral del partido gobernante, pero sus intenciones se vieron frustradas por lo sucedido en junio.
La pérdida por el AKP de la posibilidad de continuar con 13 años de mandato en solitario fue atribuida, entre otros factores, al ascenso del prokurdo Partido Popular Democrático (HDP), apoyado por minorías religiosas y organizaciones sociales descontentas con el Gobierno.
Tras las recientes acciones de Ankara contra la guerrilla kurda, el copresidente del HDP, Selahattin Demirtas, acusó a la dirección del país de tratar de desacreditar a su formación e impedir que ocupe escaños en la Asamblea Nacional tras las elecciones de noviembre.
De acuerdo con las últimas encuestas divulgadas, el respaldo popular a la agrupación prokurda podría aumentar un poco en los próximos comicios, pero se esperan resultados muy similares a los de las parlamentarias de junio, sin ningún vencedor definitivo.
Los analistas alertan sobre un posible déjà vu en noviembre, lo cual significaría la continuidad de la crisis política y la inestabilidad en el país, con graves repercusiones para la economía.
Hasta entonces, un gobierno interino liderado por Davutoglu guiará a Turquía y se encargará de preparar la nueva cita en las urnas.
Mientras, estudiosos y espectadores alertan sobre las consecuencias de estrategias y decisiones políticas para los ciudadanos turcos, verdaderas víctimas de la batalla por el poder.


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