Las encuestas no son actos de adivinación ni premoniciones. Conviene saberlo, porque en tiempos electorales, como los que vivimos, hay elementos que mueven a la confusión. Quedan escasas tres semanas para que concluyan las campañas proselitistas de este 2024 y, en los días previos a la elección, que es el dos de junio, se publicarán gran número de encuestas. De hecho, en los últimos meses han sido cuantiosas las que fueron difundidas por distintos medios y conviene decir, con la mayor claridad posible, qué son y para qué sirven.
De entrada, las encuestas son ejercicios estadísticos. Esto obliga a quien las realiza a seguir una metodología, dado que la estadística es una ciencia formal. Como toda actividad científica, su propósito es el de generar conocimiento: una encuesta se realiza para conocer algo que ahora desconocemos. Pero, ojo, no es su naturaleza decir quién ganará una elección, sino que nos permitirá conocer qué tan probable es que gane una u otra de las candidatas, con base en lo que logre saber acerca de la opinión o comportamiento de las personas.
En consecuencia, la metodología es muy importante. Por ejemplo, si hablamos de una elección para alcalde, se requeriría saber qué opinión tiene la gente sobre los candidatos como para establecer las probabilidades de que gane uno u otro. Si yo hago una encuesta, pero solo entre las personas de una colonia, el conocimiento generado va a ser insuficiente, pues quizá el municipio tenga 400 colonias. En ese sentido, la metodología a seguir tiene que tomar en cuenta ese número y buscar la manera de que la opinión que recoja sea representativa de todo el municipio.
Entonces, no se olvide que lo único que la encuesta electoral nos va a revelar es la opinión que tiene la gente o el comportamiento probable de la misma en relación con los candidatos y partidos que los postulan. Esa opinión y ese comportamiento pueden cambiar, por ello es que las encuestas tienen que realizarse en distintos momentos, como para saber si se han presentado cambios o no.
Una encuesta bien hecha nos va a arrojar la representación precisa de la opinión o comportamiento probable de un grupo de personas en ese momento. Su vigencia no puede ser tan prolongada, pues para eso se realizan las campañas proselitistas, para tratar de influir en la opinión y comportamiento de la gente. Esa es la razón por la que conviene estar haciendo encuestas a lo largo de toda la campaña, pues se convierten en el instrumento que permite medir si han cambiado o no las opiniones.
Como sabemos, en los comicios del dos de junio se va a elegir a quien ocupará la presidencia de la República, a 500 diputados federales, a 128 senadores, a 8 gobernadores y al Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, además de varios Congresos locales, Ayuntamientos, Juntas Municipales y Alcaldías. En total son más de 19 mil cargos, así que pueden haber cientos y cientos de encuestas a nivel local, estatal, o nacional.
Todas y cada una de esas encuestas únicamente son útiles para saber la opinión de la gente e inferir por cuál partido y candidato es más probable que voten. No hay certeza alguna de que todos los que responden en una encuesta digan lo que realmente piensan o harán y tampoco es seguro que salgan a votar. La variabilidad es lo que realmente estudia la estadística y para ello emplea las leyes de la probabilidad. Sabiendo la fecha en la que se celebrarán los comicios y tomando en cuenta que están en marcha campañas por parte de todos los partidos políticos, los encuestadores buscan documentar la opinión de la gente y elaboran representaciones gráficas de la misma.
Saber, por ejemplo, que la opinión de la gente sobre un partido político es muy negativa, hace pertinente asegurar que es poco probable que voten por el candidato que postula. Igualmente, si se logra documentar que la gente tiene una mala imagen de X candidato, o que opina que con un partido le puede ir mejor que con otro, o incluso señala que se identifica más con el partido café que con el blanco, pues hay más elementos para establecer qué es lo más probable que ocurra.
Las encuestas electorales en México no son una práctica muy antigua. Hace apenas tres o cuatro décadas eran algo más bien desconocido. En el resto del mundo tiene historias distintas, pero en todos los casos sirven para lo mismo: medir la opinión y ver qué tanto varía. Sin embargo, en algunos casos, llegan a emplearse como instrumentos de propaganda. Es decir, también se emplean tratando de influir en la opinión de los potenciales electores.
Actualmente, en el caso de México, las encuestas son ya una práctica común. Varias casas encuestadoras se han posicionado con cierto prestigio por el rigor en su metodología y la fiabilidad de sus resultados. Otras, al contrario, han sido evidenciadas precisamente por su falta de rigor y lo errático de sus resultados. Varios medios de comunicación convencionales se han dado a la tarea de encargar y publicar encuestas; otros hasta han formado su departamento de encuestas. Se realizan para medir la aprobación de los gobernantes, para estimar el apoyo a ciertas políticas o iniciativas de ley, entre otras cosas.
Siempre se trata de ejercicios estadísticos y, como tales, pueden ser falibles si no hay la metodología correcta. Hoy hay quien hace encuestas solo en redes sociales, lo cual limita sus resultados, pues no es representativa de todo el país. Otras hacen encuestas telefónicas e igual sus resultados pueden tener una mayor probabilidad de errar, por la insuficiencia de sus resultados. Las que se han mostrado como más precisas para medir lo que se busca son las que se hacen en la casa de las personas (se les llama domiciliaria), con urna simulada y con muestras basadas en los distritos electorales no menores a mil personas. Son más precisas porque nos arrojan una imagen más real de lo que la gente está pensando.
Si resumimos lo que han mostrado las encuestas nacionales publicadas, en relación con la presente campaña, se puede afirmar que ha cambiado poco la opinión de la gente. El partido Morena es con el que actualmente se identifica un mayor número de personas, el PRI es el que más opinión negativa tiene, seguido por el PAN y el PRD. De entre quienes aspiran a ocupar la presidencia de la República, es Claudia Sheinbaum, la que tiene una mejor imagen ante los potenciales electores. En prácticamente todos los sectores poblacionales (jóvenes, adultos, ancianos, mujeres, hombres, etc.) tienen una mejor opinión de ella que de la candidata Xóchitl Gálvez o de Jorge Álvarez. Al preguntar por cuál de ellos votarían, el promedio de lo que registran las encuestas con mejor metodología es que hasta un 60% lo haría por Sheinbaum, cerca de 30% por Gálvez y alrededor de 9% por Álvarez Máynez.
Tomando en cuenta esto, es pertinente decir que hay mucho más probabilidades de que gane la candidata de Morena. No hay certeza de ello, pero sí información para decir que los otros tienen menor probabilidad, debido a la opinión que la gente tiene de los partidos que los postulan y de ellos mismos. Ejercicios similares pueden hacerse con base en lo que permiten conocer las encuestas hechas a nivel estatal o municipal y establecer qué es lo más probable que ocurra en cada demarcación. En ningún caso se trata de adivinaciones o premoniciones.
Lo dicho, las encuestas electorales son ejercicios estadísticos, son la forma más racional conocida hasta ahora para establecer las probabilidades de que gane un candidato u otro. Todas tienen un margen de error, pero el mismo se reduce o amplía de acuerdo a la metodología adoptada. Que no le digan, que no le cuenten.


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