Muchas personas creen que una vez que votan se termina su responsabilidad con el Estado y esperan que existan soluciones mágicas. Votar y elegir a quienes nos van a gobernar es un derecho que debe ser ejercido de manera consiente por la ciudadanía y garantizado por las instancias en materia electoral.
Sin embargo, la participación e incidencia política de los ciudadanos no puede -ni debe- terminar sólo con el acto de votar en un Estado democrático, puesto que una de las funciones fundamentales a seguir es la de vigilar y fiscalizar organizadamente a quienes se les ha confiado la tarea de administrar los bienes públicos y ejercer el cargo por medio de la elección libre.
En pocas palabras, podemos decir que una vez terminado el proceso electoral, es el momento real de la participación ciudadana activa (independientemente de quién haya ganado en los comicios) y empieza la tarea de vigilar y exigir el cumplimiento de las promesas hechas en campaña; de igual manera, tenemos que velar para que los funcionarios electos se conviertan en verdaderos servidores públicos y no en burócratas ineficaces, y para que los partidos políticos tomen en serio la práctica de una democracia que vaya de acuerdo con las necesidades de la población.
También debemos de exigir que las propuestas respondan de forma razonable, consensada y realista a los principales problemas del país, estado o municipio que tienen bajo su responsabilidad; que los servidores públicos involucrados en el manejo de los fondos públicos sean honrados; que se abran espacios a los mecanismos de democracia directa para que la población pueda contribuir a la fiscalización y gestión de los asuntos colectivos; en fin, hay que exigir que la democracia esté vinculada a la lucha por los derechos humanos, la justicia, la libertad, la igualdad y el bien común, especialmente de los más vulnerables.
Entender esta manera como la nueva forma de hacer política puede ser un perfecto y efectivo antídoto para superar el escepticismo y desprestigio que la rodea.
En gran medida, parte de la cultura política emana del ciudadano y su finalidad es acabar realmente con el círculo vicioso en el que se encuentran los políticos cuyos componentes y características son la demagogia, el oportunismo, la corrupción, el despilfarro, el clientelismo electoral; por ello no podemos desatender la vida política, esa es la única forma en romper este círculo vicioso.


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