La duda no es debilidad: es un deporte de alto riesgo para el que hay que tener condición mental y algo de sentido del humor. En tiempos donde las respuestas parecen dictadas por un teleprompter, preguntar se vuelve una provocación y un acto de higiene democrática. Aquí las malditas dudas no buscan redimir a nadie: buscan exhibir a todos, incomodar al que manda y hacer sonreír —con un poco de culpa— a quien lee.
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La democracia conyugal panista
En Huixquilucan, Metepec y Atizapán, la alternancia se volvió trámite doméstico: del alcalde al cónyuge, sin soltar la caja fuerte ni el negocio inmobiliario. Cambia el nombre en la oficina, pero no las manos que firman. ¿Es el matrimonio el atajo perfecto para perpetuar el poder bajo las sábanas de la legalidad?
a) ¿En qué momento Huixquilucan, Metepec y Atizapán dejaron de ser municipios y se convirtieron en salas de juntas familiares, donde la sucesión no se gana en las urnas, sino en la mesa del desayuno?
b) ¿Es el matrimonio la nueva forma de reelección, esa que permite seguir firmando cheques, autorizando permisos de obra y repartiéndose el pastel inmobiliario… pero ahora con otro apellido en el gafete?
c) ¿Cuánto de amor verdadero y cuánto de amor al presupuesto cabe en una boleta electoral donde el “sí, acepto” también significa “sí, me quedo con el negocio”?
d) ¿Qué clase de democracia es aquella en la que el voto ciudadano funciona como acta notarial para que el cargo pase del esposo a la esposa, garantizando que el dinero y las licencias de construcción nunca salgan de casa?
e) ¿De verdad cree la gente que gobierna una pareja distinta, cuando en realidad solo cambiaron quién duerme del lado izquierdo de la cama y quién firma los contratos?
En la democracia conyugal, el poder no se transfiere: solo cambia de pijama.
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El pánico plurinominal
Solo imaginar que las plurinominales desaparezcan es suficiente para que en PRI, PAN y PRD se encienda la alerta sísmica: no por la democracia, sino por las carreras políticas que colgarían los tenis sin ese salvavidas. En ese escenario hipotético, los currículums dejarían de inflarse con curules de cortesía y los pasillos del Congreso se vaciarían de eternos rentistas del erario. ¿Quién sobrevive sin paracaídas cuando la política se pone vertical?
a) ¿Cuántos legisladores descubrirían, demasiado tarde, que fuera de la lista plurinominal son tan competitivos como un paraguas roto en un huracán electoral?
b) ¿Qué harían los restos del PRD sin su cuota de asientos garantizados, si ya ni en las urnas ni en las encuestas parecen existir?
c) ¿Cuántas lágrimas rodarían en el PAN al darse cuenta de que, sin pluris, la militancia tendría que sudar campañas en serio para conseguir una curul?
d) ¿En el PRI, quién se atrevería a salir a pedir votos sin el blindaje de la lista, arriesgándose a que el pueblo le recuerde las facturas del pasado?
e) ¿Podría el Congreso funcionar con políticos que, por primera vez, lleguen por votos propios y no por favores de la cúpula?
Si algún día mueren las plurinominales, habrá más coronas en los partidos que en un funeral de Estado.
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El evangelio del billete
En la política mexiquense, la austeridad es más leyenda urbana que virtud pública. Aquí el dinero no es solo medio de poder: es su lenguaje, su religión y su adicción. Encontrar un político pobre es tan raro como hallar nieve en Toluca en agosto. La máxima de Hank —que un político pobre es un pobre político— parece grabada en el escudo invisible de la clase gobernante. Y aunque nadie lo diga en voz alta, el verdadero rito de iniciación no es jurar la Constitución, sino aprender a multiplicar el presupuesto… en la cuenta correcta.
a) ¿A qué político no le gusta el dinero, si hasta el más modesto sonríe distinto cuando oye la palabra “contrato”?
b) ¿Es casualidad que tantos lleguen a la política con cuentas raquíticas y salgan con patrimonios que ni un milagro bursátil explicaría?
c) ¿Por qué la vocación de servicio suele durar lo mismo que el primer cheque grande?
d) ¿Es el erario un bien común o una caja de herramientas personales para quienes se sienten dueños del presupuesto?
e) ¿Puede la ética sobrevivir en un sistema donde la riqueza no es consecuencia del trabajo, sino de la cercanía al poder?
En política, el dinero no corrompe: solo revela quién estaba dispuesto a venderse desde el principio.
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Los huachicoleros del norte
En el norte del Estado de México, donde se cruzan los ductos más jugosos de Pemex, el huachicol dejó de ser rumor para convertirse en industria. La red encabezada por “Don Checo” y “El Flaco de Oro” ordeñó millones de litros durante años, causando pérdidas de más de mil 200 millones anuales… y nadie veía nada. Se decomisaron pipas, tractocamiones, dinero, armas y hasta animales exóticos. Todos sabían, pero todos se hicieron los distraídos. Hoy la pregunta no es si hay más implicados, sino cuántos despachos oficiales quedarán embarrados cuando la investigación llegue —si llega— a su límite.
a) ¿Cómo se explica que en el cruce más denso de ductos de Pemex el saqueo haya sido constante sin que ninguna autoridad local, estatal o federal lo detectara “a tiempo”?
b) ¿Puede un negocio que mueve más de mil millones al año operar sin la bendición tácita de uniformes y escritorios?
c) ¿Cuántos litros más se ordeñaron mientras se “integraban carpetas” y se anunciaban operativos que nunca tocaban a los peces gordos?
d) ¿Detener a dos líderes basta para clausurar una red que lleva años alimentándose de complicidades a todos los niveles?
e) ¿Hasta dónde llegará este caso antes de que se archive para evitar que salpique a los que firman presupuestos y nombramientos?
En el negocio del huachicol, lo único que se tapa más rápido que un ducto es la verdad.
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Las grúas del poder
En el Edomex, un negocio jugosísimo llamado “concesiones de grúas” está a punto de perder privilegio: el secretario de Seguridad anunció que Tránsito estatal controlará las grúas, no bolsones privados. Eso implica que quienes han amasado fortunas, tejido redes políticas y vendido favores sobre ruedas, podrían parecer más desinflados que las llantas que recogen. ¿Pero quién llorará hoy, quién saludará mañana y quién sofreirá al recordar que el oro también pasa por las galletas de la grúa?
a) ¿Cuántas fortunas se han cocido a fuego lento con esas concesiones que hoy se deshacen en trámites y cámaras?
b) ¿Cuántos abusos cotidianos —sobres, cobros indebidos, favores ‘rápidos’— se han deslizado sobre esas placas hasta hoy protegidas por el silencio oficial?
c) ¿Quién se frota las manos pensando que ha perdido el monopolio del corralón, y quién teme que ya no habrá contratos bajo la mesa?
d) ¿Cómo estará la gente que se benefició de esas concesiones disfrazadas?, pensando los Manzur y los León en voz alta, ¿ya están empacando o imaginando nueva cofradía?
e) ¿La grúa convertida en servicio estatal será más tierra de nadie o el fin de una era de negocios sobre ruedas?
Cuando las grúas dejan de ser negocio privado, el gavilán que domina el corralón debe reinventarse… o volar libre.
Si algo nos une es la sospecha de que lo normal quizá esté mal calibrado. Estas preguntas no piden veredicto, piden plaza: el roce de las ideas, el desacuerdo civilizado, el arte de contradecir sin odiar. Quien crea tener respuestas, que las arriesgue; mientras tanto, dudemos juntos: ahí empieza la política que vale la pena.


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