16 de septiembre

A las cinco de la mañana del dieciséis de septiembre de mil ochocientos diez, don Miguel Hidalgo inició su discurso, sin grito alguno para excitar a sus oyentes a seguirlo en la guerra que ya había iniciado, lejos estaba de imaginar su juicio religioso y militar, mucho menos su ejecución, efectuado el treinta de junio del año siguiente, para tal efecto se transcribe a Catón, pág. 118, Hidalgo e Iturbide (2010), para la reflexión: “…A las 9 de la mañana, acompañado de algunos sacerdotes, 12 soldados armados y yo, lo condujimos (a Hidalgo) a un corral del mismo hospital, a
septiembre 16, 2014

A las cinco de la mañana del dieciséis de septiembre de mil ochocientos diez, don Miguel Hidalgo inició su discurso, sin grito alguno para excitar a sus oyentes a seguirlo en la guerra que ya había iniciado, lejos estaba de imaginar su juicio religioso y militar, mucho menos su ejecución, efectuado el treinta de junio del año siguiente, para tal efecto se transcribe a Catón, pág. 118, Hidalgo e Iturbide (2010), para la reflexión:

“…A las 9 de la mañana, acompañado de algunos sacerdotes, 12 soldados armados y yo, lo condujimos (a Hidalgo) a un corral del mismo hospital, a un rincón donde lo esperaba el espantoso banquillo. La marcha se hizo con todo silencio: no fue exhortado por ningún eclesiástico en atención a que lo iba haciendo por si en un librito que llevaba a la derecha y un crucifijo a la izquierda. Llegó, como dije, al banquillo, dio a un sacerdote el librito, y sin hablar palabra, por sí se sentó en el tal sitio, en el que fue atado con dos portafusiles de los molleros, y con una venda en los ojos, contra el palo, teniendo el crucifijo en ambas manos, y la cara al frente de la tropa que distaba formada tres pasos, a tres de fondo y cuatro de frente. Con arreglo a lo que previene le hizo fuego la primera fila. Tres de las balas le dieron en el vientre, y la otra en un brazo que le quebró. El dolor lo hizo torcerse un poco el cuerpo, por lo que se zafó la venda de la cabeza y nos clavó aquellos hermosos ojos que tenía. En tal estado hice descargar la segunda fila, que le dio toda en el vientre, estando prevenido que le apuntasen al corazón. Poco extremo hizo, sólo sí le rodaron unas lágrimas muy gruesas. Aún se mantenía sin siquiera desmerecer en nada aquella hermosa vista, por lo que se hizo fuego la tercera fila, que volvió a errar, no sacando más fruto que haberle hecho pedazos el vientre y la espalda, quizá sería porque los soldados temblaban como unos azogados. En ese caso tan apretado y lastimoso hice que dos soldados le dispararan poniendo la boca de los cañones sobre el corazón, y fue con lo que se consiguió su fin. Luego se sacó a la plaza del frente del hospital, se puso una mesa a la derecha de la entrada de la puerta principal, y sobre ella una silla en la que lo sentaron para que lo viera el público, que casi en lo general lloraba, aunque sorbiéndose sus lágrimas. Después se metió adentro, le cortaron la cabeza que se caló, y el cuerpo se enterró en la Tercera Orden de San Francisco de Chihuahua”.

Quizá esto explique en algo los miedos construidos ante un poder instaurado, el pavor que provoca intentar transformar las relaciones que dominan, que para una mayor explicación reproduzco las palabras de un ilustre ciudadano de carne y hueso de la actualidad, sin maestría y sin doctorado, de un “hombre de pueblo” que apenas pisó la escuela primaria unos cuantos días de su infancia ya lejana:

“Para ellos todo está bien, andan de traje y corbata, hasta con su perfumito, pero qué les importamos a los de abajo, a los que nos dicen que ni los impuestos nos afectan, cuanta falta nos hace un Zapata o un Villa, porque muchos hoy tienen miedo, cómo si vivir como nos tienen, fuera vivir, hablen con sus hijos, quítenle el miedo, así no se puede seguir…”.

Más claro, ni el agua; hacia dónde va nuestro país, nada que ver con la verbena, mucho menos con el baile y el tequila que suele fluir en esta fecha anual.

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