De acuerdo con los registros del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), 18.5 pesos por hora laborada es lo que, en promedio, ganan los trabajadores agrícolas en nuestro país. Así es, cerca de 150 pesos al día por una jornada de, al menos, ocho horas realizando tareas rutinarias que requieren primordialmente fortaleza física para cavar, palear, abrir zanjas o surcos, cargar, remover, cosechar, etcétera. Todo ello –casi siempre- bajo el rayo del sol o la lluvia; igualmente, con demasiada frecuencia sin ningún tipo de seguridad social o prestaciones laborales.
¿150 pesos al día por este trabajo, es poco?, ¿es mucho? La cifra es relativa, porque precisamente depende de las relaciones que sostenga quien lo recibe. Me explico: un campesino sembrando la tierra para cultivar lo que sostendrá la dienta de su familia, en un claro proceso de auto-subsistencia, no necesita tasar en términos de ganancia cada hora de trabajo. Sencillamente él se levanta antes de que amanezca y comienza a trabajar, porque sabe que comer o no depende de qué tanto se esfuerce. Él más bien valorará si “desde allá arriba” le echan una mano con buenas lluvias, pocas heladas, y salud para trabajar. Eso lo aquilatará tanto que le vuelve un hombre de fe. Las relaciones que él entabla, entonces, son básicamente con la tierra, el sol, el cielo, el agua, con su familia, con sus pares (otros campesinos igual que él), con los animales y en todo ello el dinero no tiene un papel tan sustancial.
Las cosas cambian si pensamos al campesino sembrando para vender su producto. En este caso, él tendrá que relacionarse con un conjunto de actores distintos, que incluyen a quienes le venden semillas, abonos, plaguicidas y otros insumos, así como a quienes le compran sus cultivos. Adicionalmente, como lo que él obtendrá por su cosecha será dinero, terminará relacionándose con quienes le vendan alimentos y otros satisfactores para sus necesidades. Ahí sí terminará contabilizando el dinero y tasando cada acción, porque se introduce en las leyes del mercado.
En este sentido es que vale la pena preguntarse si alguien que trabaja la tierra para producir alimentos u otros vegetales que provean fibra o energía de algún tipo merece ganar esos aproximadamente 4,500 pesos mensuales que en promedio obtiene un trabajador agrícola en México. Es evidente que, cada vez en mayor medida, los campesinos terminan sosteniendo relaciones dinerarias con el mercado de alimentos, ropa, combustible, energía y otros; por ello 150 pesos por jornada es absolutamente miserable. No hay familia que pueda vivir dignamente con esas cantidades. Esa es la razón por la cual otros integrantes de las familias campesinas se ven en la necesidad de incorporarse al trabajo agrícola (incluso de manera no remunerada, lo cual ocurre en el caso de 34% de los trabajadores agrícolas, según el mismo INEGI), migrar, cambiar de actividad económica o incluso introducirse a actividades ilícitas.
Queda claro que la vida del campesino no es como en las ciudades y, sin embargo, se le suele medir con nuestros índices. Preguntar a un campesino cuánto gana, refleja una idea de que hacer las cosas sólo tiene sentido si va de por medio una ganancia, lo cual no necesariamente es así. Lo que sí es cierto es que cada vez más, esos personajes que hacen producir la tierra se ven obligados a monetizar sus actividades, porque de lo contrario no sobreviven. Lo que hay detrás de esta lógica es sencillamente el conjunto de reglas del mercado a la que se han tenido que avenir cada vez más y más trabajadores del campo por el rumbo que se ha impuesto a la economía. Ya las propias cifras que da a conocer el INEGI muestran que de los 5.5 millones de personas ocupadas en actividades agrícolas en el país, 44% son trabajadores (peones o jornaleros), o sea asalariados.
Aunque 18.5 pesos por hora laborada suena a miserable, es un promedio; hay quienes ganan menos que eso o sencillamente no reciben paga. ¿Qué diría usted: es mucho o es poco?


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