La vida en sociedad es paradójica. Todos los días, todo el tiempo, se nos presentan requerimientos por cumplir que son incompatibles entre sí. Mirar por mi bien, pero salvaguardando lo mejor para los demás; respetar las reglas que aplican a todos, pero dándome cuenta que algunos no lo hacen; satisfacer mis necesidades sin sentirme culpable por saber que no todos pueden hacerlo; pedir de estos últimos solidaridad y buen comportamiento a pesar de su condición de desposeídos; creer que mi realidad es la de todos y pedirles un punto de vista y comportamiento similares a los míos. Como apreciaría el filósofo francés Gilles Lipovetsky, el mundo actual es un lugar de “cohabitación de contrarios».
En ese marco, no debe resultar del todo extraño que en nuestro país la proporción de habitantes que está de acuerdo con la frase “la democracia puede tener problemas, pero es el mejor sistema de gobierno” se haya incrementado en los últimos años (hasta llegar a su máximo histórico de 60%), al mismo tiempo que se ha duplicado el número de personas que tienen preferencia por un gobierno autoritario (que creció de 12 a 25% entre 2018 y 2020). Ambos datos son revelados por el más reciente Informe Latinobarómetro 2021.
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Este ejercicio de medición tiene más de 25 años de llevarse a cabo y consiste en la realización de unas 20.000 entrevistas en 18 países de América Latina representando a más de 600 millones de habitantes, sobre temas como democracia, confianza en las instituciones y cultura cívica, entre otras. Sus más recientes resultados, correspondientes al periodo 2018-2020, fueron publicados hace apenas unos días y nos revelan varias situaciones muy interesantes, pero al mismo tiempo que encierran una gran intriga. Ese es el caso del crecimiento paralelo de la confianza en la democracia y el anhelo de un gobierno de “mano fuerte”. Esta última preferencia –de acuerdo con la encuesta- es más acentuada entre los jóvenes y entre las personas con más alto grado de escolaridad que entre la gente de mayor edad y con menos estudios.
Deben ser muchos los factores que se conjugan para que los dos extremos del espectro político hayan experimentado ese notable crecimiento. El incremento en el sentimiento de satisfacción con la democracia (que fue de 16 puntos porcentuales al comparar lo registrado en 2018 con 2020), podría atribuirse al proceso electoral de mediados de 2018, en donde hubo unos comicios que arrojaron al presidente con más votos en la historia nacional. ¡Pero el crecimiento de la preferencia por un gobierno autoritario también!, pues los detalles de la encuesta revelarían que La preferencia por el autoritarismo registrada es ligeramente más alta entre “los mexicanos de izquierda y centro”.
Un factor muy importante, también registrado y reportado por el estudio ya referido, es que las personas más satisfechas con su vida no sólo tienen mayor confianza en el actual gobierno sino en la democracia. En sentido contrario, quienes prefieren al autoritarismo están más insatisfechos y expresan un mayor malestar económico. Esto último nos muestra como aquello que nos afecta en lo personal, puede conducirnos a tomar decisiones que afecten a los demás: si a mí me va mal, que les vaya mal a los otros. Pero aplica lo mismo a la inversa: a quienes les va bien, esa condición los puede llevar al error de creer que a todos les pasa lo mismo y que las cosas no deben cambiar.
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Hay muchas más cosas que nos ayuda a identificar dicho estudio, cuya utilidad estriba en registrar una instantánea del estado de ánimo que, en términos cívico-sociales, guardaba la gente que fue entrevistada hacia finales del año pasado (plena pandemia de covid-19). Por eso cabe destacar el porcentaje de la población mexicana que tienen la impresión de que “gobiernan unos cuantos grupos poderosos” en beneficio propio y no de la mayoría (así opinan 70% de los entrevistados). Igualmente, la porción de gente que siente que en el país ya contamos con una democracia plena (29%)
El difícil y muy frágil equilibrio entre lo individual y lo colectivo, mi bienestar y el de los demás, mis creencias y las de los otros. De eso está hecha la vida en sociedad y por ello la dificultad de entenderla. Las mediciones ayudan.


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