El reloj marcaba casi las tres de la tarde, Rafaela llegó iracunda, Miguelito a su lado como siempre, en días sábados más, ese día de la semana no hay clases. Dónde está el Juan preguntó, nadie le contestó, volvió a preguntar, todos guardaron silencio.
A los pocos minutos el hombre se hizo presente, ¿qué quieres?, le dijo, la cara de Rafaela se transformó, se le notaba el coraje.
Y está pinche vieja es la que se gasta tu dinero ─señalando a una trabajadora en la obra─, tú pendeja escúchame, este hombre es un mentiroso, cuando quiera te va mandar a la chingada y vas a ver lo que se siente.
El mai, como le dicen, la jaló para la calle, deja de estar chingando le gritó.
Oye, hace semanas que no llegas a la casa, no tenemos dinero para el gasto, ni para unas pinches tortillas duras y tú aquí de galán, bueno fueras para mantener a tu nieto ─señalando a Miguelito─, él necesita cosas para la escuela y te llamamos y te llamamos, pero tú nunca contestas.
Caminaron por la calle, las voces se hicieron gritos, las palabras se volvieron insultos, los reclamos fueron más intensos, como las que casi muchas veces se escuchan; por la calle la gente apenas miraba a los tres.
Como a las seis de la tarde, Rafaela llegó a la bodega, Juana estaba sola. Hija de la chingada, no te conformas ¿verdad?, eres una cusca, le quitas su dinero, no le dejas ni para la comida de su nieto, míralo como esta espantado, pero que bueno que vea para que aprenda.
Rafaela jaló a Juana, los golpes y arañazos iniciaron; los vecinos ─algunos ya miraban desde sus ventanas─, salieron de sus casa para separarlas; no se metan pinches metiches o quieren también su parte, mendigos viejos, no sirven ni para querer, les gritaron a los mirones.
Más tarde, casi a la diez de la noche, un taxi, con Miguelito adentro y su abuela, llegaban a la bodega, un joven que los acompañaba, bajo del carro, con un martillo rompió los vidrios, Rafaela bajo con unas garrafas llenas de gasolina, el hombre vació el contenido, el olor del combustible fue notorio en el lugar.
A unos metros, una voz les gritó, ¿qué hacen cabrones? Rafaela corrió al taxi, el hombre botó las garrafas y prendió un cerillo, lo aventó al interior de la casita que servía de bodega, el flamazo boto en cosas de segundos, el fuego ilumino la noche que empezaba.
Ojala estén adentro, que les queme su amor, grito Juana.
Miguelito no bajó del taxi, miraba lo que hacían sus acompañantes, no entendía lo que estaba pasando, sus ojos no tenían sueño, aprendía en su abuela la fuerza del amor.
Como si fuera una clase, sin salón por cierto, ya en el taxi, huyendo del lugar, la abuela le decía, esto es para que aprendas hijo.
La pedagogía de la violencia en su mínima expresión, sin material didáctico, tampoco con planeación argumentada, pero con un aprendizaje que marcará por toda la vida a ese alumno de una escuela no deseada, ni de hechos recomendados en ninguna tira curricular, sin embargo pasan y por desgracia de manera frecuente en diferentes versiones, pobre escuela pública que se limita a sus multiplicaciones y divisiones, a sus silabas y artículos, a sus prefijos y sufijos, pero muy pocas veces a la vida.


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