La SEP identifica a la autoridad algorítmica

La adopción masiva de inteligencia artificial generativa en universidades mexicanas abre un debate sobre pensamiento crítico, ética y dependencia tecnológica.
mayo 18, 2026

La “autoridad algorítmica” ya gobierna en las universidades mexicanas.

¿Cómo lo sabemos? Imagine usted a cualquier estudiante de quinto semestre de la carrera de Derecho en una universidad pública del centro del país. Es miércoles por la noche, tiene que entregar al día siguiente un ensayo sobre los desafíos éticos del sistema penitenciario mexicano. Se siente muy cansada, pues para sostener sus estudios trabaja por las tardes en una tienda, así que abre ChatGPT y le pide: “Analiza los principales problemas éticos en las cárceles de México y propón soluciones”. En segundos, la IA le entrega un texto bien estructurado, con citas aparentes, lenguaje académico y un tono que parece muy objetivo. Ana medio lo lee, se siente aliviada y lo imprime ya con su nombre. Lo que ella está pasando por alto es que ese documento, aunque luce objetivo y hasta “científico”, reproduce sesgos comunes en los datos de entrenamiento de la Inteligencia Artificial Generativa (IAG) que lo elaboró: minimiza la dimensión estructural de la desigualdad en México, sobredimensiona soluciones tecnológicas genéricas y presenta como verdades neutrales interpretaciones que ignoran contextos históricos y culturales específicos. Ana no cuestionó el output; confió en él. Acaba de experimentar, sin saberlo, la “autoridad algorítmica”.

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Este tipo de escena se repite miles de veces al día en las universidades mexicanas. Y los datos lo confirman de manera contundente. Apenas la semana anterior la Secretaría de Educación Pública (SEP) presentó la Encuesta Nacional sobre Usos y Percepciones de la Inteligencia Artificial Generativa en la educación superior (ENIAG 2025), un ejercicio inédito por su escala. Convocó a más de 2,900 instituciones y analizó las respuestas de más de 1.14 millones de estudiantes y 133,000 docentes. Los resultados son claros pero, al mismo tiempo, inquietantes. Más del 93% de los estudiantes y 95% de los docentes conocen el término IAG. Más del 60% declara utilizarla de forma cotidiana. Ocho de cada diez estudiantes la emplean principalmente para generar textos, y siete de cada diez afirman que ha mejorado su desempeño académico. Casi el 80% considera que la IAG transformará su carrera o área de estudio. 

La IA no solo replica los sesgos humanos que tenemos en la actualidad; les confiere una especie de credibilidad científica.

A simple vista, parece una historia de adopción exitosa y acelerada de la tecnología en las aulas de las universidades. Se podría decir “México no se quedó atrás en esta nueva era tecnológica”. Sin embargo, detrás de estos números positivos se esconde un fenómeno más sutil y peligroso: la consolidación de la “autoridad algorítmica”. Y es que la IA no solo replica los sesgos humanos que tenemos en la actualidad; les confiere una especie de credibilidad científica. Hace parecer que sus predicciones y juicios tienen un carácter objetivo, neutral y casi incontestable. Lo que antes era un argumento debatible de un compañero o profesor, ahora llega con el aura de “lo que dice la IA”, y por tanto, más difícil de cuestionar.

Una figura humana con cabeza de gallo, arrodillada sobre una superficie reflejante.

En las aulas mexicanas esto ya es cotidiano. Los estudiantes delegan tareas de análisis, razonamiento y redacción a sistemas que presentan outputs plausibles como si fueran verdades técnicas. Los docentes también lo hacen. Y la mayoría percibe mejoras. Pero ¿qué tipo de mejora es esta? ¿Estamos fortaleciendo el pensamiento propio o estamos entrenando a una generación para que deje de tener juicio crítico y confíe en productos algorítmicos que lucen más “profesionales” y “objetivos” precisamente porque parecen desprendidos de toda subjetividad humana?

La “autoridad algorítmica”… Desplaza silenciosamente la autoridad del razonamiento humano, del debate ético y de la comprensión contextual.

No olvidemos que la IAG apareció hace apenas cuatro años, cuando se lanzó ChatGPT. O sea, en menos de un lustro la “autoridad algorítmica” parece haberse entronizado y no por la fuerza: se ha vuelto indispensable. Desplaza silenciosamente la autoridad del razonamiento humano, del debate ético y de la comprensión contextual. En un país como México, marcado por profundas desigualdades, diversidad cultural y una historia compleja, este desplazamiento no es neutro: puede profundizar brechas existentes y naturalizar visiones sesgadas del mundo como si fueran hechos técnicos incontestables.

Los propios datos de la ENIAG revelan las grietas: brechas importantes según el tipo de institución (uso más intensivo en universidades particulares y del Tecnológico Nacional, menor en interculturales y normales), diferencias por género, bajo conocimiento de normativas institucionales y una autopercepción de dominio todavía limitada a pesar del uso frecuente. Estamos ante una adopción masiva y veloz, pero con reflexión crítica insuficiente. El terreno ideal para que la autoridad algorítmica se instale sin mayor resistencia.

Frente a este panorama, la SEP propone un decálogo de principios que deberían seguirse para dar forma a nuestra relación (o más bien sumisión) con la IAG. Propone, en términos generales dar más información, reglamentar su uso, pero me llama la atención cuando dice: “La integración de la inteligencia artificial en la educación superior exige recuperar y fortalecer las humanidades y las ciencias sociales como base formativa. En un contexto donde la IA automatiza tareas cognitivas, el valor diferencial de la universidad radica en capacidades como el juicio ético, el pensamiento crítico y la comprensión de contextos. La disminución de disciplinas como la filosofía, la sociología o la historia limita la capacidad de formar profesionales capaces de enfrentar la complejidad contemporánea”.

Estatua dorada con un agujero en la cabeza, de donde brota una rosa marchita y una hoja.

Hay que decirlo como es: una sociedad que exalta la IAG sin cultivar virtudes cívicas y juicio moral termina produciendo excelencia hueca.

Esta propuesta está reconociendo que se hizo mal cuando, durante los gobiernos neoliberales, se decidió de un plumazo acabar con esas áreas desde la educación media superior. Hoy se reconoce que las humanidades y ciencias sociales deben permear todos los planes de estudio, incluidos los de ingeniería, medicina, derecho y otras áreas. Un ingeniero que no ha reflexionado seriamente sobre sesgos algorítmicos y sus consecuencias sociales será solo un técnico al servicio de la autoridad algorítmica. Un futuro médico que acepte diagnósticos generados por IA sin fuerte juicio ético y contextual puede poner en riesgo vidas. Un abogado o servidor público que no entienda cómo los algoritmos reproducen o amplifican desigualdades estará desarmado ante los nuevos poderes.

Hay que decirlo como es: una sociedad que exalta la IAG sin cultivar virtudes cívicas y juicio moral termina produciendo excelencia hueca. La IAG acelera dramáticamente este riesgo. Al hacer que sus productos parezcan más perfectos y objetivos, nos puede hacer creer que avanzamos cuando en realidad estamos dejando de ser humanos. Los resultados de la ENIAG 2025 marcan un punto de no retorno. La IA generativa ya no es el futuro; es el presente cotidiano en las universidades mexicanas. El verdadero debate es sobre si seremos capaces de no dejar que nos gobierne la autoridad algorítmica y nos configure.

La ruta señalada por la SEP —fortalecer humanidades de manera transversal, formar en ética y pensamiento crítico, repensar las formas de evaluación y establecer lineamientos claros— es la correcta. Su implementación exigirá recursos, valentía institucional y un cambio cultural profundo. La pregunta que define nuestro tiempo es si las universidades mexicanas tendrán la visión y el coraje para formar ciudadanos capaces de mantener a la IAG en su lugar: como instrumento al servicio del ser humano, nunca como nuevo árbitro de la verdad. Como dice Michal Sandel, el mayor riesgo no es que la máquina piense por nosotros, sino que dejemos de pensar —y de juzgar— nosotros mismos.

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