Docentes del Edomex enfrentan el día a día en las aulas entre carencias y retos

Sin protocolos ante las nuevas normas de derechos humanos, los profesores enfrentan una profunda indefensión mientras crían a una generación marcada por el abandono familiar.
mayo 15, 2026

Pese al discurso oficial y las celebraciones de cada 15 de mayo, miles de docentes mexiquenses enfrentan hoy una realidad marcada por aulas en el abandono, salarios que no reflejan su carga de trabajo y el reto mayúsculo de contener a una generación de estudiantes golpeada por la ausencia familiar.

Para entender la crisis actual del magisterio, es necesario mirar hacia atrás. Históricamente, la figura del maestro en México fue concebida casi con tintes de santidad. Tras la Revolución, el docente se erigió como el gran alfabetizador, el líder comunitario y la brújula moral de los pueblos. En el Estado de México, cuna de una de las tradiciones normalistas más arraigadas e importantes del país, el maestro no solo enseñaba a leer; gestionaba la construcción de caminos, organizaba a la comunidad y gozaba de una autoridad social incuestionable.

Sin embargo, esa figura antaño intocable, se ha ido desdibujando. Con el paso de las décadas, el maestro pasó de ser un ser respetado a un servidor público altamente escrutado y, en muchas ocasiones, estigmatizado. La transformación de esta figura no es fortuita; responde a un sistema que gradualmente les fue quitando herramientas, respaldo institucional y prestigio, dejándolos en la primera línea de fuego frente a una sociedad cada vez más fracturada.

El reto de educar en tiempos de abandono. Hoy en día, las aulas mexiquenses operan bajo dinámicas sumamente complejas. Uno de los mayores desafíos radica en la interpretación y aplicación de los derechos humanos de la infancia. Si bien la erradicación de los modelos punitivos y violentos del pasado es un avance innegable y necesario, en la práctica cotidiana, muchos profesores acusan que el péndulo se ha ido al extremo. Sin protocolos claros de contención, los docentes se encuentran atados de manos frente a conductas disruptivas, enfrentando escenarios donde establecer límites básicos puede derivar en actas administrativas o linchamientos mediáticos por parte de padres de familia.

“Estamos a lo que los padres nos digan. En realidad a nosotros, como maestros, no nos han ayudado los derechos humanos”, menciona Carmen Escobar, quien ha desempeñado esta profesión por más de 30 años, casi todos ellos en escuelas de la periferia de Toluca y sus alrededores.

La necesidad y condiciones laborales llevan miles de padres a dejar solos a sus hijos.

Y es precisamente en los padres de familia donde radica otro de los efectos más devastadores para la educación actual: la orfandad presencial. Como consecuencia de las extenuantes jornadas laborales —muchas de ellas enmarcadas en la informalidad y la precariedad del país—, los padres han tenido que abandonar el acompañamiento académico y emocional de sus hijos.

“Uno de los grandes problemas que vemos hoy en las aulas es la violencia, es algo que muchas veces se trae de casa, el abandono de los padres, falta de valores formativos, falta de atención.”, agrega la profesora.

El resultado lo pagan los maestros. Las escuelas han dejado de ser centros exclusivos de instrucción para convertirse en guarderías, comedores y refugios psicológicos. Los docentes de educación básica asumen, sin capacitación ni apoyo terapéutico, la carga emocional de niños que pasan horas solos en casa o en la calle, asumiendo un rol de crianza que el estado y la economía le han arrebatado a las familias.

“A veces se nos culpa de situaciones como el bullying, es cierto que nosotros debemos supervisar, pero nos señalan por actitudes que desde casa se deben controlar. Pero lo peor suele ser la reacción de los padres, pues suelen negarse a que su hijo tiene una mala actitud, es ahí donde te das cuenta de dónde viene el problema”.

Aulas en ruinas y vocaciones mal pagadas. A este complejo panorama social se suma la cruda realidad física de las instituciones. A pesar de los multimillonarios presupuestos anunciados año con año, el escenario de la infraestructura escolar en gran parte del territorio estatal —especialmente en las periferias del Valle de México y las zonas rurales del sur— es crítico. Miles de maestros intentan impartir clases de vanguardia en escuelas que carecen de agua potable, con sanitarios inservibles, sin acceso a internet y con techos que no soportan la temporada de lluvias.

“Eso depende mucho de la zona. Las escuelas en zonas céntricas suelen estar en mejor estado, pero en las periferias muchas veces hay carencias. El material didáctico depende totalmente de los padres, hace mucho que el gobierno dejó de dar eso y ahora se piden hojas, papel higiénico, toallitas y otras cosas al inicio del ciclo”, dice al respecto Carmen, quien reconoce que también hay mejoras en las condiciones de las escuelas en zonas urbanas.

Es estado de las aulas es un tema que también sufren los maestros.

Esta precariedad se refleja directamente en el bolsillo del trabajador de la educación. El sueldo de un maestro frente a grupo ha perdido un poder adquisitivo alarmante. Como suele suceder en este gremio, el docente no solo percibe un salario que difícilmente empata con el costo de vida actual y la inflación.

De 2010 a 2025 el sueldo base de un maestro estatal se ha incrementado en aproximadamente 113 por ciento, de acuerdo a cifras oficiales, mientras que la canasta básica, según el ya desaparecido CONEVAL, en ese mismo periodo se encareció 230 por ciento en las zonas urbanas; mostrando el rezago salarial al que ha sido sometido este sector laboral.

Una deuda que se acumula. Esta es la dolorosa realidad de millones de maestros que diariamente sostienen el sistema educativo sobre sus hombros. Sorteando carencias de infraestructura que no serán reparadas a corto plazo, sujetándose a salarios que obligan a muchos a buscar dobles turnos o empleos informales los fines de semana, y enfrentando el desgaste emocional de ser el único pilar para niños en situación de abandono familiar.

Todo esto ocurre ante la mirada pasiva de un sistema que, cada 15 de mayo, promete revalorizar la labor docente con discursos en plazas públicas, mientras en las aulas, la deuda con quienes forman el futuro del Estado de México sigue, año tras año, sin saldarse.

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