La noche comenzó con el sonido de los cascos sobre el pavimento, desde la esquina de Morelos y Quintana Roo, los caballos del Rancho El Pirul encabezaron el desfile y marcaron el paso de una celebración que, poco a poco, fue ocupando las calles del centro de Toluca.
A ambos lados de la avenida, las personas buscaban un espacio desde donde mirar, qlgunos se acomodaban en las banquetas; otros levantaban sus teléfonos por encima de las cabezas para alcanzar a registrar el comienzo del recorrido. Las familias procuraban que los niños tuvieran un lugar desde el cual observar, mientras la expectativa crecía ante la llegada de los primeros contingentes.
Cuando aparecieron los caballos, las miradas se dirigieron hacia ellos, los pequeños señalaban a los animales, seguían sus movimientos y buscaban distinguir los detalles de sus monturas algunos permanecían sobre los hombros de sus padres para no perderse nada de lo que sucedía frente a ellos.
Detrás de los primeros jinetes llegaron catrinas y catrines a caballo, los sombreros, los atuendos tradicionales y las caracterizaciones de rostros pintados recordaban que aquella noche la muerte tenía otra forma de presentarse: no como una figura de temor, sino como parte de una celebración que encuentra en el color y la convivencia una manera de mantener viva la memoria.



El desfile avanzaba y, con él, cambiaba la imagen de las calles, pues las vialidades se transformaban en un corredor de expresiones populares, donde cada participante aportaba una interpretación distinta del Día de Muertos.
La tradición charra también tuvo su lugar
Entre los contingentes que destacaron estuvo la escaramuza de La Magdalena Ocotitlán, de Metepec, campeona estatal del Estado de México, acompañada por Barriletes, agrupación campeona de la FMRL.
Sus integrantes llevaron al recorrido la elegancia de la charrería, con vestidos tradicionales que aportaron movimiento y color al paso de las agrupaciones. Su participación recordó que las tradiciones mexicanas también se expresan a través de disciplinas ecuestres que conservan una importante presencia en la cultura popular.
Los caballos volvieron a captar la atención de quienes observaban desde las banquetas. Su presencia, junto con la de los jinetes y las escaramuzas, dio al desfile una identidad particular, distinta a la de una exhibición convencional de disfraces.
A esta estampa se sumaron los carros alegóricos, cuyas estructuras decoradas avanzaron entre los contingentes. Sus dimensiones y elementos visuales ampliaron el espectáculo y ofrecieron nuevos motivos para que los asistentes levantaran sus cámaras.
Cada vehículo se convertía en una nueva escena para quienes esperaban el desfile, los adultos buscaban fotografiar sus detalles, mientras los niños intentaban descubrir las figuras y decoraciones que aparecían desde la distancia. Después de cada carro, la atención volvía a concentrarse en el siguiente grupo que se aproximaba.



La participación de agrupaciones, academias, instituciones educativas, empresas, negocios locales y personas caracterizadas permitió que Catrineando tuviera distintas expresiones. No había una sola manera de representar la festividad: estaban quienes recurrían a los personajes tradicionales, quienes apostaban por la caracterización de catrinas y catrines y quienes encontraron en la cultura charra una forma de sumarse.
Una celebración sin perder lo mexicano
Entre los asistentes había un detalle que llamaba la atención: el predominio de las referencias mexicanas. Los sombreros, los vestidos típicos, los caballos y los maquillajes de catrinas mantenían la celebración alrededor del Día de Muertos.
No se observaban disfraces alusivos a Halloween. La imagen que dominaba el recorrido era otra: una fiesta que recuperaba los símbolos de la cultura popular mexicana y los llevaba al espacio público.
«Todo muy mexa, todo muy tradicional», fue una de las expresiones que describieron el ambiente de los asistentes.
Y es que la celebración no se limitaba a los participantes que avanzaban por las calles. También se construía desde las banquetas, donde las familias seguían el paso de los contingentes, los niños descubrían personajes y los visitantes registraban con sus teléfonos una parte de la festividad.
En medio de la concentración de personas, los aplausos y las expresiones de sorpresa acompañaban algunos de los momentos más llamativos. La emoción se renovaba con cada agrupación, especialmente cuando aparecían los caballos o los vehículos alegóricos que destacaban por sus dimensiones y decoraciones.



Para los más pequeños, la noche parecía una sucesión de descubrimientos: primero los jinetes, después las catrinas, las escaramuzas y los carros que iban apareciendo sobre la ruta.
Un recorrido por el corazón de Toluca
Catrineando partió de Morelos y Quintana Roo y avanzó por Rayón, Hidalgo, Nicolás Bravo, Independencia, Riva Palacio y Lerdo, hasta llegar a la Plaza de los Mártires.
A lo largo de estas calles, el desfile encontró un público que no quería perderse el paso de los contingentes. El Centro Histórico se convirtió en un punto de encuentro para familias y visitantes que salieron a presenciar una de las celebraciones más representativas de las festividades de Día de Muertos en la capital mexiquense.
En su décima sexta edición, Catrineando volvió a reunir distintas expresiones culturales y formas de participación ciudadana.
Al final, entre los sombreros de los jinetes, los vestidos de las escaramuzas, las figuras de los carros alegóricos y los rostros pintados de las catrinas, quedó la imagen de una ciudad que hizo de sus calles un espacio para celebrar sus raíces.
Porque en Catrineando la muerte no llegó en silencio: cabalgó entre la gente, tomó forma en los carros alegóricos y se vistió de colores para recordarle a Toluca que sus tradiciones también se celebran, se comparten y se mantienen vivas en la memoria colectiva.


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