El último día, Paseo Tollocan comenzó a quedarse sin las señales de vida que durante 25 días lo hicieron parecer una casa las manos doblaban cobijas, enrollaban lonas, desarmaban casas de campaña y separaban los objetos que habían acompañado las noches.
Alguien guardaba una silla; otra persona recogía lo que había sido su cama, había cansancio, pero también una sensación difícil de nombrar: no era solamente retirar un plantón, era despedirse del lugar donde compartieron frío, comida, conversaciones y una lucha.
Frente al Hospital General Regional 220 del IMSS, las cobijas, lonas y tiendas habían protegido del frío y del viento a quienes encontraron ahí un lugar para descansar. Ahora todo volvía a las bolsas y los vehículos, la avenida recuperaba su aspecto habitual, pero ellos sabían que no se marchaban como llegaron.

Una casa levantada entre compañeros
Durante 25 días, los trabajadores del Instituto Mexicano del Seguro Social hicieron de Paseo Tollocan algo más que un espacio de protesta. Lo convirtieron en un lugar de convivencia, solidaridad y resistencia. “Después de trabajar venimos a luchar” fue la consigna que resumió esa vida compartida: muchos llegaban después de cumplir sus jornadas, otros se organizaban para cubrir turnos y algunas mujeres permanecían durante las noches, sosteniendo las guardias cuando la ciudad se quedaba en silencio.
Los manifestantes calculan que llegaron a reunirse hasta 400 personas activas, no todas estaban al mismo tiempo ni permanecieron los 25 días completos. Unas llegaban, otras se retiraban y algunas regresaban después de atender sus responsabilidades.
Con el paso de las jornadas, quienes se quedaron construyeron una rutina: compartir alimentos, preparar café, conversar y mantenerse atentos a lo que ocurría alrededor.

El frío, las madrugadas y la resistencia
Las noches tenían su propio ritmo, el tiempo avanzaba entre pláticas y diversión, hasta que la madrugada imponía otra medida. Había que resistir el frío de Toluca, más intenso en aquella zona despejada.
El viento se colaba entre las casas de campaña, unas ráfagas levantaron tiendas y quienes estaban cerca salían a sujetarlas, acomodaban las pertenencias y volvían a descansar.
En esas horas, una taza de café era compañía, las conversaciones pasaban de las condiciones laborales a la familia y otros asuntos más íntimos y confidenciales para pasar la noche.
Los nombres propios perdieron importancia: bastaba decir compañero, compañera o camarada. Así nació un lenguaje interno que solamente entienden quienes estuvieron ahí.
No todo fue armonía, hubo diferencias y discusiones. Algunos recuerdan los desacuerdos ideológicos como momentos difíciles: no todos pensaban igual ni coincidían en las formas de organizarse, aun así, permanecieron juntos. El campamento reunió a personas de distintas edades y trayectorias.

Las mujeres, los niños y quienes hicieron comunidad
La mayoría de quienes pasaban las noches eran mujeres, también acudieron jubilados, adultos mayores y niños que acompañaban a sus madres trabajadoras.
Se sumaron extrabajadores, derechohabientes y personas que querían conocer lo que ocurría, cualquiera podía llegar, incluso quienes no estaban de acuerdo: había lugar para escuchar y conversar. Quien llegaba por curiosidad terminaba compartiendo la noche y regresaba al día siguiente para encontrarse nuevamente con todos.
De esa convivencia quedaron anécdotas que hoy se cuentan entre risas, una noche, recuerdan, una pareja llegó discutiendo e irrumpió en el campamento, sorprendiendo a quienes estaban ahí. Aquel episodio chusco quedó registrado en la memoria colectiva.
En otra ocasión, un hombre en estado de ebriedad se quedó dormido afuera, los trabajadores se acercaron para ayudarlo y, con el tiempo, su presencia se volvió parte de las historias que circulaban entre las casas de campaña.

Rigo y la solidaridad que trascendió la protesta
Una historia distinta es la de Rigo, un joven en situación de calle que comenzó a acercarse desde el primer día, ll principio acompañó la movilización indirectamente; después convivió con los trabajadores hasta integrarse al grupo.
Le ofrecieron comida, techo y amistad, ahora que el plantón se levantó, quienes lo conocieron quieren seguir apoyándolo para que pueda salir de la situación de calle. La solidaridad también alcanzó a quien no compartía sus demandas laborales.
También hubo momentos de tensión, ya que durante la madrugada de uno de los últimos días, un hombre no identificado intentó quitarse la vida en una zona de la vialidad cerrada, fuera del campamento.
Los trabajadores de la salud le brindaron primeros auxilios y lograron salvarle la vida. Actualmente permanece hospitalizado mientras los manifestantes pidieron apoyo para localizar a sus familiares.

Las historias detrás de la lucha
Entre el frío, las risas y las guardias, el propósito seguía presente: hacer visibles sus inconformidades y conseguir que sus demandas fueran escuchadas. Entre el campamento se formaron vínculos que no estaban escritos en ningún pliego.
La solidaridad apareció en una cobija prestada, un café de madrugada o al ayudar a levantar una tienda vencida por el viento.

Se levanta el plantón, pero no termina la protesta
El retiro no significa, dijeron los trabajadores, que el conflicto haya terminado.
Explicaron que decidieron liberar Paseo Tollocan porque consideran que no deben continuar afectando a la sociedad, pese al respaldo que recibieron. Reconocieron que mantener la vialidad ocupada prolongaba el caos para quienes transitan por la zona.
Levantar el plantón es, para ellos, cambiar el lugar y la manera de continuar la protesta, no abandonarla.
Los manifestantes señalaron que no han alcanzado acuerdos y que el siguiente paso será reunir las firmas necesarias para solicitar un congreso extraordinario, aclararon que su inconformidad no está dirigida contra el sindicato como institución, sino contra sus dirigentes y el Estado.
También indicaron que trasladarán y resguardarán parte de sus pertenencias en el edificio que mantienen ocupado frente a la Fiscalía, inmueble que se encuentra deteriorado y desmantelado, pero que ahora será la guardia de la residencia de los trabajadores de la salud.

Cuando las últimas lonas quedaron dobladas y las casas de campaña dejaron la banqueta, el espacio comenzó a vaciarse.
Para quienes pasaban por Tollocan, el plantón fue una interrupción del tránsito, pero para quienes durmieron ahí, fue también una comunidad: un sitio donde encontraron compañía, discutieron, se rieron y cuidaron unos de otros.
Cada quien se llevó sus cosas, pero también historias: las madrugadas heladas, las tiendas que el viento quiso llevarse, los cafés compartidos, las diferencias y los gestos de ayuda.
El campamento desapareció de Paseo Tollocan; las demandas siguen pendientes y la lucha continuará en otro espacio, finalmente, lo que no se desmonta con las lonas son los lazos nacidos durante esos 25 días.


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