Cada tumba tiene una historia: así se vive el 2 de noviembre en Toluca

El 2 de noviembre, los panteones de Toluca reúnen flores, canciones y despedidas; entre quienes recuerdan a sus muertos también caminan familias que apenas comienzan a decir adiós
noviembre 2, 2026

El Día de Muertos no siempre llega desde el silencio: a veces aparece con Paquita la del Barrio, una banda o un mariachi frente a una tumba que acompaña a una familia mientras visita y hace un brindis con sus muertos.

Este 2 de noviembre, el Panteón Municipal de Toluca estaba lleno, las familias avanzaban con manojos grandes de flores, algunas en pequeños carritos; bajo el sol, las sombrillas formaban un desfile de colores; quienes no llevaban una buscaban refugio bajo gorras y sombreros comprados en los puestos de la entrada.

La música acompañaba el movimiento, los mariachis llevaban sus instrumentos hasta las tumbas; de un extremo llegaba una melodía ranchera y de otro, una banda. Sonaba Perfume de gardenias y, más adelante, Mi gusto es

Entonces, una escena cambió el sentido del recorrido.

Una carroza fúnebre apareció entre los pasillos, detrás caminaban personas vestidas de negro, con el rostro afligido y lágrimas. No estaban ahí para recordar una ausencia antigua, sino para acompañar una despedida que apenas comenzaba.

Este 2 de noviembre los panteones en Toluca lucieron llegos de personas que acudieron para recordar a sus seres queridos. Ya sea con canciones, bebidas o flores, quienes ahí descansan fueron recordados. /Foto: Marcelino Martínez AD Noticias.

La carroza avanzó mientras, a unos metros, todavía sonaba Paquita la del Barrio, la música de una familia que visitaba a sus muertos acompañó involuntariamente a quienes acababan de perder a alguien.

La muerte dejó de ser una presencia representada en flores y lápidas: pasó frente a todos, seguida de una familia. La celebración y el duelo compartieron el mismo pasillo, mientras unos llegaban a visitar a sus muertos, otros acudían a dejar a los suyos.

Hay algo profundamente paradójico en morir un 2 de noviembre: ser enterrado cuando el cementerio está lleno de flores, música y colores, mientras cientos de personas han llegado a recibir simbólicamente a sus difuntos. Como si los sonidos y aromas de la festividad también acompañaran a quien emprende su último camino.

Flores, juguetes y banderas adornaron las tumbas este 2 de noviembre. La temática elegida por familiares permitía saber los gustos del difunto. /Foto: Marcelino Martínez AD Notcias.

Aficionados de la cuna a la tumba

Después de aquella escena, el recorrido continuó entre tumbas que guardaban historias; una destacaba por sus banderas del Deportivo Toluca, que el viento hacía ondear. Frente al estandarte, una bocina reproducía Mi último deseo y, a un costado, descansaba una cerveza Carta Blanca.

Era la tumba de “El Tuso”, integrante de La Banda del Rojo, grupo representativo de la afición escarlata en Toluca; su espacio estaba personalizado con estampas del equipo, su apodo y una frase al frente: «Prohibido olvidar».

El Tuso murió a los 26 años, pero su afición por los Diablos Rojos seguía visible. /Foto: Daniela Zizumbo AD Noticias.

El Tuso murió a los 26 años, pero su afición por los Diablos Rojos seguía visible. Quienes reconocían su tumba no pasaban de largo. Algunos lanzaban porras: “¡Arriba el Rojo!”, “¡Rojos por siempre!”. Por unos segundos, el lugar se convertía en una tribuna donde la pasión futbolera volvía a reunir a sus seguidores.

A unos metros estaba la tumba de Rodolfo, otro joven aficionado, pero del Querétaro, la adornaba el jersey del club. A su lado se encontraba su esposa con su pequeño hijo, quien, contó para AD Noticias, heredó de su padre el gusto por los Gallos Blancos. Un niño que comienza a reconocer los colores de un equipo porque alguien que ya no está se los dejó como herencia.

También había playeras de Cruz Azul, más prendas del Toluca y banderas de Pumas y el América. Con las personas, en la muerte, permanecen sus gustos y aficiones, aquello que les daba identidad.

La tumba de Rodolfo, otro joven aficionado, pero del Querétaro, también fue adornada con una playera de su equipo, siendo fiel hasta después de la muerte. /Foto: Marcelino Martínez.

Las canciones y las palabras del recuerdo

Al alejarnos de las tumbas futboleras, la música volvió a conducir el recorrido. Unos chicos cantaban Puño de tierra al estilo de los corridos tumbados. Había quienes compartían cerveza o pulque junto a sus muertos y quienes fumaban un cigarro mientras dejaban correr canciones que les recordaban a sus seres queridos.

El humo se mezclaba con el aroma de las flores recién cortadas y la tierra. Se escuchaba: “Que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”. Más adelante, otra voz cantaba “No volveré, te lo juro por Dios que me mira”.

Entre una canción y otra, las tumbas ofrecían otras formas de contar historias. Algunas tenían fotografías; otras, epitafios grabados sobre el mármol: declaraciones de amor y testimonios de una ausencia.

Una llamó especialmente nuestra atención porque en lugar de la cruz que se repetía en otras lápidas, tenía un corazón roto como figura central. A un costado estaba inscrito un poema dedicado por el hombre amado a la mujer que ahora descansa ahí. El símbolo y las palabras contaban un amor que había encontrado en la piedra un lugar para permanecer eterno.

Entre una canción y otra, las tumbas ofrecían otras formas de contar historias. Algunas tenían fotografías; otras, epitafios grabados sobre el mármol: declaraciones de amor y testimonios de una ausencia. /Foto: Marcelino Martínez AD Noticias.

El silencio de Santa María de las Rosas

A unos metros del Panteón Municipal se encuentra el de Santa María de las Rosas. Este cementerio cerró a las tres de la tarde, después de permanecer abierto toda la noche para recibir a quienes acudieron a velar a sus difuntos.

Sus cuidadores informaron a AD Noticias que durante la noche del 1 de noviembre y la madrugada del día 2 recibieron entre cuatro mil y cinco mil personas.

El bullicio del otro cementerio quedaba atrás; aquí, los pasillos silenciosos invitaban a detenerse frente a los nombres. La calma contrastaba con las voces y los instrumentos del Municipal.

Dos panteones, dos formas de vivir una misma fecha: en uno, las canciones atravesaban los pasillos y las banderas ondeaban sobre las tumbas; en el otro, el silencio ocupaba el espacio.

En ambos había familias que encontraron en el 2 de noviembre una oportunidad para acercarse a quienes ya no están.

La muerte puede llegar en una carroza mientras suena Paquita la del Barrio, permanecer en una fotografía, ondear en una bandera del Toluca o esconderse entre las palabras de un poema grabado en mármol. Puede acompañarse de una cerveza, una canción o las porras que alguien todavía lanza frente a una tumba con respeto.

Quizá esa sea una de las imágenes más particulares del Día de Muertos: mientras algunos llegan a recibir a sus difuntos, otros los despiden por última vez. En medio de flores, música y recuerdos, la vida y la muerte vuelven a encontrarse en los mismos pasillos.

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