Todos lo vimos: las últimas tres semanas hubo millones de personas tomando las principales calles y plazas de todas las ciudades del país. Gente con playeras de la selección, banderas, gorras, espumas, cornetas y matracas; comiendo, bebiendo, bailando, gritando y hasta “volando”. Ya hemos escrito sobre los factores que pueden ayudar a entender ese ánimo y espíritu festivo que se manifestó ahí, pero hoy quiero hablar de un tejido muy extendido, que latía mientras ocurrían los festejos, de manera soterrada, y que los números oficiales apenas logran capturar: el comercio informal.
Estamos hablando de un sistema que no solo participó, sino que se convirtió en el protagonista silencioso de la derrama económica y la euforia colectiva. Los comerciantes ambulantes no solo vendieron; fueron los facilitadores de la fiesta colectiva. Sí, millones de personas salieron a las calles a celebrar los partidos de la Selección Mexicana (que en esta ocasión fueron cinco), pero no podrían habérsela pasado como lo hicieron, ni podrían haberse estado tantas horas en las calles y plazas sin que, de manera simultánea, aparecieran por todos lados los vendedores de latas de espuma, banderas, bebidas, comida de todo tipo, impermeables, paraguas y lo que se ofreciera.

Se estima que siete de cada 10 playeras de la Selección que la gente portaba habían sido compradas en tianguis y puestos callejeros. No obstante que la marca oficial de la selección reportó que la playera más vendida de todo el mundo había sido precisamente la mexicana, con unos 5 millones de piezas (con precios que rodaban 2,500 pesos), en un tianguis o hasta en un semáforo se conseguía su réplica por menos de 300 pesos. Las estimaciones más conservadoras indican que se vendieron en la calle no menos de 11 millones de playeras. También por cientos de miles se pueden contar las latas de espuma vendidas. Y así podríamos seguir estimando los millones de tacos, de cervezas, de refrescos, de elotes, de tortas, etc. que sostuvieron a la gente en la calle.
Como se sabe, la economía informal en el país representaba ya desde 2024 alrededor del 25.4% del PIB nacional, impulsada por más del 54% de la población ocupada (según datos del INEGI). Gran parte de esa economía son vendedores informales. De ellos es que estamos hablando. No son un residuo marginal o una anomalía económica, son el producto de un tejido social y económico profundo que, en momentos de alta demanda, como un Mundial, revela una impresionante capacidad de movilización.
Los tianguis y los vendedores ambulantes encarnan una tradición que se puede remontar hasta la época prehispánica. Por ello es que hoy en día no operan en el vacío: se sostienen sobre redes de confianza basadas en el parentesco, el compadrazgo, el paisanaje y la reputación vecinal. Estas redes reducen los costos de operación drásticamente: no hay intermediarios financieros costosos, la mano de obra familiar es flexible y la información circula a la velocidad de la luz: “hoy hay mucho extranjero en el Azteca” o “cuidado con la inspección en Reforma”.
Debido a lo prohibitivo que fue el costo de los boletos para entrar al estadio, la mayoría vivió el evento en la calle, en cantinas, taquerías o incluso en casa, pero luego salían a la vía pública, sabiendo que encontrarían el ambiente festivo que completara la experiencia mundialista. Y ahí, en cada esquina, en cada banqueta, estaban esperándoles los vendedores ambulantes.
Los vendedores «toreros» y los tianguis improvisados atendieron la demanda masiva de los aficionados que celebraban o ahogaban las penas. Familias enteras cocinaban y vendían desde la banqueta, apoyándose en su logística de siempre: préstamos entre compadres y el apoyo de hijos y sobrinos. Con mercancía conseguida a través de canales informales, lo que permitió surtir grandes volúmenes sin los márgenes restrictivos de los distribuidores oficiales.
Aunque las estimaciones no pueden ser precisas, algunas indican que la economía informal captó alrededor de 500 millones de dólares de la derrama total del torneo en México, lo que equivale a más del 15% del impacto económico formal.
Esta respuesta no fue casualidad. Las redes de confianza que sostienen gran parte de la economía informal permitieron una agilidad que capturó el consumo masivo y festivo de la población local y de los visitantes que estuvieron en las calles durante horas de varios días por al menos tres semanas.
Sin embargo, este protagonismo también revivió tensiones históricas. Las autoridades realizaron operativos de reordenamiento alrededor de las sedes oficiales para cumplir con los estrictos compromisos de la FIFA (patrocinios exclusivos y control de imagen). Hubo decomisos y desalojos temporales (sobre todo por la “ley seca” decretada en un par de ocasiones), que a los vendedores les sirvió de recordatorio que la informalidad siempre opera en un frágil equilibrio entre la tolerancia y la regulación. Pero las redes de confianza también funcionaron como escudo: las asociaciones negociaron espacios, los líderes mediaron con las autoridades y la solidaridad comunitaria permitió redistribuir las pérdidas entre los afectados.
Estudios antropológicos destacan cómo estas redes de relaciones generan un «capital social» que compensa la ausencia de protección estatal. La confianza permite resolver disputas sin necesidad de jueces, compartir riesgos y transmitir conocimientos prácticos (dónde comprar más barato, cómo negociar con proveedores o cómo atraer clientes). Para miles de familias este sistema es la principal —y a veces única— red de seguridad social.

Este fenómeno invita a una reflexión más amplia. La informalidad no es un simple problema que deba «solucionarse» mediante una formalización forzada; es un sistema sociocultural adaptativo. Las redes de confianza generan resiliencia, inclusión y dinamismo en contextos donde el Estado y el mercado formal no llegan, o llegan demasiado tarde.
Durante el Mundial, estas redes canalizaron la riqueza hacia los sectores populares, democratizando, en cierta medida, los beneficios económicos del evento. Al mismo tiempo, el fenómeno desnudó sus propios límites: los ingresos son volátiles, no hay prestaciones sociales, la acumulación de capital es baja y existe una alta vulnerabilidad. Muchos vendedores tuvieron excelentes ganancias durante los días de partido, pero regresaron a su rutina precaria una vez que terminó la fiesta.
El comercio informal, sostenido por redes de confianza milenarias y constantemente reinventadas, demostró una vez más su papel crucial en el Mundial 2026. No fue un actor secundario: fue el que le puso color, sabor y calidez a la celebración de millones de mexicanos. Mientras los reflectores iluminaban las canchas y las cuentas oficiales sumaban los millones de la derrama económica, en la banqueta, en el tianguis y sobre la manta tendida en el suelo operaba el verdadero motor popular de la economía festiva.
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