“Yo camino por caminar, despierto por despertar”, dice Soledad Zarza Hernández, esposa de Miguel Ángel Vilchis García, uno de los seis presos del caso Salazar, ese caso en el que seis comuneros fueron llevados a prisión por defender sus tierras; Soledad y unas cincuenta personas más están afuera de los juzgados de Almoloya de Juárez, luego de que conluye la segunda audiencia de desahogo de pruebas.
Gabriel Aldana, abogado de los presos, menciona que una mentira no se puede sostener, que las contradicciones existentes entre las primeras declaraciones y las que han hecho los acusadores en estas audiencias son evidentes.
En esta audiencia fue el turno de Natalia Miguel; ella era secretaria de Mario Alberto de León Venegas, quien acusó a los pobladores de haberlos privado de la libertad y de robarle su celular el 30 de septiembre de 2016, el día en que trabajadores de una inmobiliaria representada por De León intentaron cercar los terrenos de los habitantes de La Cima, ante lo cual, dicen ellos, se defendieron.
“Para mí ha sido muy difícil: primero estuvo mi hijo, imagínese, tener a mi esposo y a mi hijo”, continúa Soledad mientras la voz se le quiebra; su hijo, de nombre Miguel Ángel -como su padre- también fue detenido pero salió un año dos meses después porque estaba acusado sólo de lesiones, para su liberación pagaron 220 mil pesos.
En la sala 4 de los juzgados, Natalia cuenta su versión de los hechos, aunque casi siempre que es cuestionada por la defensa dice no acordarse; primero afirma que nunca le fueron mostradas las fotos de los acusados y que no conoce sus nombres, luego, la defensa lee parte de las declaraciones hechas al Ministerio Público donde dice que reconoce -en placas fotográficas- a quienes supuestamente la golpearon.
“Mucha gente, muchos palos, piedras y machetes”, dice Natalia y cuando el abogado le pregunta ¿Pudo ver palos?, a propósito del video que se usa como prueba ella responde: sí, uno de escoba. “El testimonio de Natalia redunda en no me acuerdo, pero hay demasiadas contradicciones con lo dicho por el señor Mario Alberto”, explica el abogado al concluir la audiencia.
La historia de Soledad prosigue: “entraron a nuestra recámara, nos aventaron, cortaron cartucho; mi hijo desnudo, mi esposo desnudo, yo tirada en el piso […] son cosas que no se superan; yo no estuve el día del problema, mi esposo tampoco estuvo, mi hijo tampoco estuvo […] mi esposo se fue a Acazulco con el santito”. Los hechos sucedieron el 30 de septiembre, las detenciones sucedieron el 31 de agosto de 2017, casi un año después.
¿Usted a quien acusa?, pregunta la defensa -a propósito de los nombres de los presos que del otro lado del cristal atienden al juicio y de vez en vez desvían la mirada hacia sus familiares a quienes sonríen o saludan discretamente- “los conozco de vista”, responde Natalia y tampoco recuerda si la revisó el médico legista.
El tiempo sólo permite la declaración de Natalia, los demás citados tendrán que volver el 14 de marzo a las 16:30 horas: tres policías más y Juan Carlos Ríos Soto, otra de las supuestas víctimas, quien el día de los hechos fue puesto a disposición por posesión de arma de fuego.
Los familiares desalojan la sala apresurados por los policías procesales; una mujer que camina hacia la puerta lleva un rosario en las manos; se tardan, miran a sus familiares a través del cristal; mandan besos y agitan las manos; tres pasos afuera, algunos lloran.
“Una mentira no se puede sostener y es lo que acontece en el juicio, si la cosa es legal, poco a poco se evidencia la verdad”, cuenta el abogado afuera de los juzgados donde los familiares y amigos de los presos no han parado de gritar: “¿Qué quiere Fermín Esquivel Rojas? ¡Libertad!, ¿Qué quiere Miguel Ángel Vilchis García? ¡Libertad!, ¿Qué quiere Yuriko Maribel Becerril Villavicencio? ¡Libertad!, ¿Qué quiere Dana Irakikey Becerril Villavicencio? ¡Libertad!. ¿Qué quiere Beatriz Pérez Flores? ¡Libertad!, ¿Qué quiere Cutberto Vilchis? ¡Libertad!”
Soledad, quien habla con AD, se recompone y termina la frase: “Mi esposo y yo somos uno solo, él está aquí [en prisión], pero yo estoy con él”, y se va para abordar el autobús blanco que los llevará de vuelta a sus casas, en Salazar.


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