Parafraseando un célebre manifiesto del siglo pasado se podría decir ahora, que una crisis de legitimidad de los gobiernos recorre el mundo.
Pareciera que la población cae en la cuenta, cada vez más, de que sus gobernantes tienen sus particulares intereses y prioridades, los que rara vez se refieren al bienestar de la mayoría.
Bienestar que le es regateado por el modelo económico vigente en buena parte del mundo y defendido por la mayoría de los gobiernos y que genera una extrema desigualdad.
Desigualdad que se manifiesta en una segmentación de la sociedad en la que unos pocos ganan mucho y muchos ganan poco.
Desigualdad que además genera hechos como los de Tlatlaya y Ayotzinapa donde jóvenes de escasos recursos son asesinados y desaparecidos por fuerzas del orden, lo que en nuestro caso ha generado reclamos y protestas que ponen en duda la legitimidad del gobierno.
Pero aquí, como en otras partes del mundo, los gobernantes simulan sentirse dolidos por los hechos criminales nacidos de la desigualdad y la intolerancia y apuestan a que la indignación social pase.
Porque el origen de la desigualdad está en las políticas seguidas por la mayoría de los gobiernos por el cual se otorgan todas las facilidades a empresas mineras, petroleras, telefónicas, de televisión, bancarias, comerciales, entre otras, para desarrollar sus negocios, en los cuales obtienen grandes ganancias pero con salarios de pobreza para la mayoría de sus trabajadores.
Ya que como dice Tomas Piketty en un libro que se ha vuelto un best seller mundial, la desigualdad no es solamente un fenómeno económico sino también político ya que las políticas públicas debieran ser el elemento por el cual se conciliaran crecimiento y redistribución de la riqueza.
Y también señala, nuevamente, a la buena educación como un factor indispensable para posibilitar un desarrollo social equitativo. Hacer del saber un bien público.
Pero nuestros políticos no parecen estar preocupados de abordar problemas como los mencionados.
Ellos están en la lógica de llegar al “servicio público” para poder disfrutar de altos ingresos, influencias, prestaciones, riqueza. Compartir con esa otra increíble fauna de deportistas y artistas famosos, el privilegio de las revistas del corazón.
Así que en las próximas elecciones quizá pueda usted preguntarles a los candidatos al gobierno o diputación de su municipio que opinan de la creciente desigualdad en México y cómo se puede atacar, con tal de que no sea con una tarjeta soriana.


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