¿La desigualdad puede cambiar a la especie humana?

La acumulación récord de riqueza en manos de una élite global rompe el principio de reciprocidad que sostiene a las sociedades y plantea riesgos económicos, políticos y antropológicos
febrero 2, 2026

Todas las sociedades se fundaron en un principio básico: la reciprocidad. Desde el Neolítico, los seres humanos sostenían sus grupos bajo principios clave como dar, recibir y devolver. Con el paso de los siglos, estos principios fueron tomando formas diversas, pero hoy quizá estén rotos. ¿Por qué? Pues porque hemos llegado al punto en que 12 individuos poseen más riqueza que 4 mil 100 millones de personas que viven en el mismo planeta, en la misma época e incluso en los mismos países.

La riqueza de los hombres más ricos del planeta creció hasta 16 % tan solo en 2025.

En el recientemente celebrado Foro Económico Mundial de Davos, en Suiza, hace apenas un par de semanas, se dio a conocer el informe de Oxfam titulado: «Contra el imperio de los más ricos: defendiendo la democracia frente al poder de los milmillonarios». En ese documento, se revela que la riqueza de los hombres más ricos del planeta (los que poseen fortunas superiores a mil millones de dólares) creció hasta 16 % tan solo en 2025. Con este incremento alcanzaron un máximo histórico de 18.3 billones de dólares. Este crecimiento es tres veces más rápido que el promedio de los últimos cinco años y todo ello ocurrió el año que recién terminó.

Si vemos más allá de los números, esto no es solo una brecha de ingresos; es la ruptura del principio de reciprocidad, la base sobre la cual el Homo sapiens construyó la civilización. Al romperse el flujo de «dar, recibir y devolver», la sociedad deja de ser una comunidad para convertirse en un ecosistema de pura extracción.

Esta inédita concentración de la riqueza y su consecuente incremento de la desigualdad, ha generado una neoteocracia tecnológica. Así es, porque personajes como Elon Musk —quien se convirtió en la primera persona que ha acumulado más 500 mil millones de dólares— poseen un influencia que trasciende los ámbitos económico y político para volverse cosmológica.

Según el informe de Oxfam, los milmillonarios tienen hoy cuatro mil veces más probabilidades de ocupar un cargo político que un ciudadano común.

Esto se debe a que, al ser dueño de compañías de comunicación y de Inteligencia Artificial, tiene posibilidades de alcanzar un control absoluto sobre la comunicación y la tecnología de la información que le otorga capacidades que antes solo se atribuían a los dioses o a la naturaleza: la capacidad de definir la verdad e incluso alterar el futuro de la especie. 

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Según el informe de Oxfam, los milmillonarios tienen hoy cuatro mil veces más probabilidades de ocupar un cargo político que un ciudadano común. Esta virtual «captura del Estado» genera una parálisis en la adaptación cultural. El informe señala que seis multimillonarios controlan nueve de las 10 principales redes sociales y que el 80 % de las empresas líderes en Inteligencia Artificial pertenecen a este reducido grupo.

El riesgo existencial es evidente: la evolución humana ha dependido de la colaboración grupal, pero si las herramientas con las que pensamos y nos comunicamos están privatizadas, las soluciones a crisis globales quedan supeditadas al beneficio de una élite que ya habita una realidad paralela.

Hay que decirlo como es: el mayor peligro antropológico que encierra este fenómeno de la excesiva desigualdad y la concentración de la riqueza es la creación de dos humanidades biológicamente divergentes en sus posibilidades.

Una figura de un hombre vestido con un abrigo negro y una vara, con una cabeza de escorpión en lugar de piernas, sobre una alfombra roja, con un fondo de formas coloridas.

Mientras los milmillonarios aumentaron su fortuna en 2.5 billones de dólares en 2025 —una suma suficiente para erradicar la pobreza extrema 26 veces—, la realidad en la base de la pirámide es devastadora: cuatro mil millones de personas sobreviviendo con menos de 8.30 dólares al día.

Sabemos que una de cada cuatro personas en el mundo enfrenta inseguridad alimentaria y debe saltarse comidas regularmente. En tanto que unos cuantos acumulan tanto dinero que no podrían gastarlo, aunque vivieran cientos de años de lujos. Esta falta de «gramática común» destruye la empatía.

Estamos asistiendo a una separación donde el lenguaje y los ritos de la base social ya no coinciden con los de la cima. Se rompe la identidad de especie para dar paso al Homo Stratificatus, condición en la que la mayoría queda reducida a una función de «datos» para alimentar algoritmos de terceros.

En suma, se puede sugerir que la desigualdad extrema conduce inevitablemente a la anomia: un estado de desorientación social donde las leyes pierden validez porque ya no protegen al colectivo.

Cuando el 12 % más rico de la población posee más que el 50 %, el contrato social se disuelve.

Lo que este informe de Oxfam documenta es, por ejemplo, que en América Latina la riqueza de los milmillonarios creció 16 veces más rápido que toda la economía regional en 2025. Este desequilibrio no es inocuo: genera una «ira política» que erosiona la democracia desde dentro.

Cuando el 12 % más rico de la población posee más que el 50 %, el contrato social se disuelve. El informe advierte que los gobiernos están «eligiendo defender la riqueza en lugar de la libertad», lo que abre la puerta a autoritarismos y fundamentalismos.

La humanidad se enfrenta al riesgo de un colapso sistémico similar al de las civilizaciones que agotaron su base social para construir monumentos a sus deidades, solo que esta vez los monumentos son algoritmos y estaciones espaciales privadas.

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La supervivencia de nuestra esencia humana depende de restaurar la reciprocidad. Debemos identificar las señales de alerta sobre nuestra trayectoria evolutiva. Si el sistema sigue premiando la succión de valor sobre la contribución al grupo, la cohesión social será imposible. Solo mediante la limitación del poder extremo (que podría hacerse a través de impuestos a la riqueza y desvinculando el dinero de la política) podremos asegurar que el futuro sea un proyecto colectivo y no el patrimonio privado de una docena de individuos que al parecer han dejado de habitar el mismo mundo que el resto de nosotros y por eso sueñan con irse a Marte tan pronto como puedan.

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