¿Para quién trabajar? Esa es una pregunta que todos en la vida adulta nos hacemos. Cuando estamos en la búsqueda de llevar a cabo una actividad a cambio de la cual obtener dinero, debemos decidir para quién trabajar. Originalmente (hace muchos años) se trataba de una relación entre personas. Luego, conforme las sociedades fueron creciendo y su economía diversificándose, la relación podía ser con una empresa o una institución. Hoy puede haber cambiado tanto esto que la aspiración sea trabajar para un algoritmo.
De un tiempo para acá hay un fenómeno social y económico del que poco se habla, pero que está creciendo tanto que ya no se puede ignorar. Me refiero a la creator economy (economía de creadores), que hoy en día tiene un valor superior a los 100 mil millones de dólares, según estiman algunas publicaciones especializadas, como Forbes (https://n9.cl/wd0ta). Y que se articula de manera muy clara con las aspiraciones de los adolescentes y jóvenes en gran parte del mundo, quienes quisieran vivir siendo influencers (https://n9.cl/ny6zi).
Economía del creador
Hay encuestas de distinto tipo y en distintas latitudes que han llegado a estimar que 2 de cada 3 miembros de la generación Z (de entre 13 y 38 años de edad) desearían ser influencers y vivir de crear contenido. Son ya muy numerosas las plataformas que permiten producir y compartir imágenes, video, audio, texto, etc. y que estarían ofreciendo lo que dice el slogan de Youtube: “Brodcast yourself” (transmítete a ti mismo).
La economía de creadores es, sin embargo, solo un rostro más del proceso que nos ha llevado de la sociedad asalariada al trabajo precario. Es un fenómeno global, estudiado por varias disciplinas y que destaca la diferencia entre las condiciones estables del trabajo de mediados del siglo pasado y la precarización laboral de hoy en día. La economía de creadores es una faceta más “fashion” de ese tipo de trabajo que no brinda ningún tipo de estabilidad y seguridad social. Se trata de actividades poco reguladas, absolutamente inestables, con todo el riesgo para el que las ejerce y casi ninguno para quien se aprovecha de ese trabajo.
Caben en este mismo saco el trabajo free-lance, el outsourcing, las plataformas como Uber o el empleo con base en proyectos. En todos ellos no hay una relación contractual firme y duradera. Quien realiza el trabajo no es un empleado que goza de un salario y prestaciones sociales que le den garantías básicas. En la economía de creadores se trata básicamente de producir algo que sea atractivo para otros, ya sean cosas graciosas, anecdóticas o simplemente sonreír, bailar y ejecutar retos.
Likes, likes, likes
La Internet es el espacio donde se encuentran los creadores y sus comunidades de consumidores, quienes responde dando like, suscribiéndose, compartiendo el contenido o teniendo algún otro tipo de interacción, según sea la plataforma de la que se hable. Sabemos que la red de redes funciona con base en algoritmos. Estos últimos no son sino instrucciones que permiten obtener algo y, entonces, para los internautas, dichos algoritmos les permiten llegar a los contenidos que les gustan, que se corresponden con sus filias, con sus apetencias. De tal manera que los creadores de contenidos son impulsados (o no) por los dichosos algoritmos.
Los creadores de contenidos necesitan que los algoritmos los acerquen a cada vez más audiencia, porque es la vía para generar dinero (sea de manera directa, monetizando, o siendo patrocinados por marcas y empresas para promover algo). Incluso el propio algoritmo ofrece a las audiencias contenidos similares cada que consumen X contenido, de manera tal que impulsan la competencia entre creadores. Esta es una dinámica muy propia de nuestro tiempo, donde las cosas se viralizan y fenecen a la misma velocidad.
Trabajar para el algoritmo
Un creador de contenido puede ser hoy el más visto del mundo y dentro de un año estar totalmente desesperado por likes, debido a que la “competencia” que impulsó el algoritmo le ganó a la audiencia, que suele ser muy veleidosa. Trabajar para el algoritmo es algo a lo que están dispuestos los creadores. Saben que si su producto es atractivo, aglutinará a una comunidad de seguidores que lo consumirán. No puede determinar por cuánto tiempo ni en qué cantidades, pues nada en este mar de Internet ofrece un asidero fiable.
Esta economía de los creadores sigue en plena expansión. Los pódcast, los videos, las fotos, el streaming y demás entes informacionales relacionados están haciendo que la gente mueva dinero. Parte de esos montos va a parar a los bolsillos de los creadores, pero otra termina en las arcas de las empresas y marcas que aprovechan lo que resulta más rentable en Internet: los ojos que están mirando los contenidos. Pero no son ojos “neutros” a los que alguien les expone algo “para ver si le interesa”; no, más bien son ojos “seleccionados” por los algoritmos (a los que nosotros mismos alimentamos con nuestro comportamiento en la red) que casi siempre logran que la gente compre, contrate, rente o haga algo que deje dinero.

