¿Cómo no recordar los dibujos que un hombre recibe como regalo el Día del Padre? Aquellos trazos imperfectos, llenos de colores, de formas irregulares y de cariños. Árboles pequeños, animales de colores, personas más altas que una misma casa; niños y niñas hechos con dibujos de palo que le dan la mano en el papel a sus primeros superhéroes que en el mundo real les llaman papá.
¿Quién no tiene presente alguna de esas obras hechas con crayolas que terminan en alguna oficina o en la puerta del refrigerador? ¿Quién no añora y sigue esperando uno de esos trazos?, sobre todo cuando el artista ya no está.
La historia de estos dibujos ocurre en primavera y se delinea sobre el mapa de la República Mexicana. Comienza en un poblado del Estado de México, en la comunidad de Tilapa perteneciente al municipio de Santiago Tianguistenco.
Una raya roja la lleva hasta Apodaca, en el estado de Nuevo León, para luego terminar bordeando la frontera en Ciudad Juárez, Chihuahua, desde donde salta una lluvia de puntos rosas hacia el resto de las entidades.
Los personajes son tres padres que no se conocen entre sí, pero van en el mismo barco, aunque antes cayeron cada uno de su propio velero, cuando entendieron de cerca lo que era un feminicidio o una desaparición forzada.
El crecimiento, la justicia y la paz son el destino. El combustible y motivación que llevan consigo sus hijas o el recuerdo de ellas: Ameyali, Debanhi y Esmeralda.
La transformación fue la misión que el destino les asignó desde que se convirtieron en padres. Y para entender el sacrificio deberán cuestionarse y replantearse todo aquello que creen sobre lo que significa ser hombre.
“Nunca le dije te quiero”, la historia de Miguel, padre de Ameyali, víctima de feminicidio en Santiago Tianguistenco
¿Cómo te gusta pasar el fin de semana con tus hijos? Algunos prefieren salir, otros quedarse en casa y hacer actividades, para muchos no resulta especial.
En el caso de Miguel Alvarado los fines de semana eran los días cuando más convivía con su hija Itzel Ameyali Alvarado Galindo de 17 años.
Desde el sábado por la mañana juntos ya planeaban lo que harían el resto del día. Ambos trabajaban, él como albañil y ella vendiendo ropa, atendiendo comercios o haciendo el servicio de alguna casa en la zona de la comunidad de Santiago Tilapa, en el municipio de Tianguistenco, Estado de México, donde la familia radica.
Los sábados eran los días de paga, por lo que padre e hija hacían planes de en qué gastarían su dinero, en cada una de las ideas se incluía el uno al otro. Ya sea que Miguel escogiera algún lugar de comida para ir con su esposa y sus cinco hijos, o que Ameyali comprara alimentos para todos.
Miguel cumplía con su rol de ser padre. Trabajaba en la construcción, llevaba el sustento a su familia, veía a su esposa Isabel y a sus hijos, salía con amigos, convivía con su familia.
Como cualquier padre estaba lleno de sueños y proyectos para su única hija, la consentida confiesa. Quería que tuviera una fiesta cuando cumpliera 18 años, que regresara a la escuela, después que se casara y tuviera un nieto. Incluso, Miguel le confesaba que aunque no tuviera un matrimonio, le gustaría que tuviera un hijo.
Pero mientras ocurrían esos anhelos, Miguel disfrutaba de su hija adolescente. Le gustaba verla bailar en diferentes espacios de su casa. Cantar y subirle el volumen a la música que le gustaba a Ameyali.
Miguel tenía conflictos con la forma de educarla. La regañaba, le gritaba, pero nunca la golpeó, asegura, mejor le daba todos los permisos que ella le pedía para salir.
Estaba orgulloso de su hija, era consiente de que quien se casara con Ameyali estaría con una gran persona, pues ella maduró muy pronto, incluso cuidaba de sus cuatro hermanos menores. Algún día la joven bromeó con él que se iría de su casa y se casaría, aunque solo lo dijo por jugar con su padre.
Miguel Alvarado también la molestaba. Por las mañanas la despertaba y apuraba en sus quehaceres. “Meyos”, le decía como apodo para incomodarla, aunque la joven no le molestaba.



Ameyali o Ame como la conocían la mayor parte de las personas, era muy alegre o “muy fiestera” como la describen sus papás. Con 17 años había dejado los colores de infancia con los que le hacía dibujos a su papá, ahora se amarraba el cabello y delineaba los labios de rojo, para salir de fiesta y bailar hasta el cansancio.
Así salió el viernes 7 de abril de 2023 para presenciar las representaciones de la Semana Santa en su localidad Tilapa, esa misma tarde tenía que encontrarse con uno de sus hermanos en el municipio vecino de Xalatlaco, pero Ameyali nunca llegó. Alrededor de las cinco de la tarde de ese Viernes Santo su familia perdió contacto con ella.
Los colores luminosos que Ameyali Alvarado impregnaba a su hogar se fueron desvaneciendo. Tras su desaparición, Miguel y su familia comenzaron una campaña de búsqueda, acompañados de vecinos, amigos, conocidos y demás personas.
Fichas de búsqueda, carteles, notas periodísticas, publicaciones en redes sociales fueron la constante para la familia Alvarado Galindo durante nueve días.
El domingo 16 de abril la sonrisa que Ameyali dibujaba en la cara de su padre Miguel se despedazó, cuando le informaron que una de las brigadas localizó el cuerpo de una mujer en el paraje conocido como la Ratonera, ubicado en la zona boscosa sobre la carretera hacia el Ajusco.
Habían encontrado a Ameyali asesinada y con signos de tortura. Las características no podían ser de nadie más, Miguel sabía bella a su hija, “no es por exagerar, pero tenía un cuerpo de modelo”, decía.





“Me la dejaron irreconocible”, declaraba su madre Isabel en el funeral realizado en su casa, donde un moño rosa anunciaba el luto, aunque no era necesario, pues el ataúd fue colocado en un patio frente a la casa. La foto de Ameyali, flores y un sombrero encima confirmaban que las búsquedas y movilizaciones no alcanzaron a mantenerla a salvo.
En aquellas horas donde un mariachi se combinaba con llantos para despedir a Ameyali, su padre Miguel no tenía palabras para describir lo que sentía. Dos meses después, aún no encuentra las frases correctas para expresarlo, aunque le sobra una, “te quiero”.
Una frase que, comparte, nunca le dijo expresamente a su hija de 17 años. Al crecer en un contexto tradicionalmente heteropatriarcal, Miguel concebía que el cariño de los padres se sobrentiende, que es mejor que lo sientan a pronunciarlo.
“Su escándalo de ella, su música, todo, se le extraña un resto, en lugar de que vaya sanando la herida, va agradándose más, porque se viene el quererla abrazar, el querer estar con ella, el querer darle lo que no le diste, el abrazo que tanto quieres ahorita se va, se esfuma”, declara Miguel Alvarado en entrevista con AD Noticias.
20 rosas en abril
Como aquellos abrazos, los sueños de Miguel hacia su hija se esfumaron, ya no tendría la oportunidad de verla cumplir la mayoría de edad, de saber que había retomado las clases, de estar con ella el día de su boda, o simplemente manifestarle que era su orgullo, como sí se los presumía a sus compañeros de trabajo, “desafortunadamente nunca se lo dije”, declara.
“Ella era una motivación, pero desafortunadamente no se lo dices a tu hija y es feo no tenerla el Día del Padre, a final de cuentas tengo a mis otros hijos, pero ella era la única mujercita”, expresa.
En esta conmemoración, los regalos no le importaban a Miguel Alvarado, hoy más que nunca solo extraña la presencia de Ameyali, de quien ahora solo ve en un cuadro que colgaron sus padres con cinco de sus fotos a un lado del altar familiar y en el tatuaje que se hizo en el antebrazo izquierdo después de su asesinato.
Miguel tenía incontables proyectos para su hija, pero Ameyali Alvarado Galindo de 17 años tenía algunos muy claros. Quería que su padre le regalara 20 rosas, tal como suena en la letra de una canción que le gustaba.
“En todos los abriles te llevaré 20 rosas. / En tu cumpleaños te llevaré 20 rosas. / Al final y principios de año te llevaré 20 rosas”, es el coro de una canción de la agrupación Los Ángeles Azules, alguna de las que escuchaba alto en su casa Ameyali.
“¿Y mis rosas papá, cuándo?”, le decía la joven a su padre Miguel, quien va cambiando de a poco los sueños que tenía por recuerdos y promesas. Cada semana compra flores para ponerlas en la foto de Ameyali junto al altar.
Se jura que cada año en abril le comprará 20 rosas, como le pedía su hija en vida, como dicta la canción que le gustaba. Porque a Ame la mataron en abril.
“Pudiéndoselo dar en vida, pudiéndole dar todo, ahora solo tenemos su foto, quisiéramos verla y darle lo que pidiera ella, pero no se puede”, expresa.


Llegó el momento de cambiar las cosas
Miguel Alvarado relata que antes del asesinato de su hija Ameyali, veía los noticiarios y pensaba que los feminicidios solo ocurrían en las grandes ciudades como Toluca o la Ciudad de México, pero ahora le preocupa que, como esta vez fue su niña consentida, mañana puede ser otra.
El feminicidio de Ameyali impactó a su familia tanto en sus perspectivas como en su forma de convivencia. Ambos padres, tanto Miguel como Isabel, revelan que viven con miedo, que el trauma sigue presente.
“Se queda el miedo, nunca pensé que llegara hasta acá. Ahora que ya llega hasta acá el miedo que tienes a que tus hijos salgan, ni se imaginan, piensas –¿y si vuelve a pasar?–, incluso todas las noches tenemos miedo, llega la noche y a empezar a buscar a tus hijos”, declara Miguel.
Él como su esposa Isabel son ahora mucho más cuidadosos. Saben que tanto hombres como mujeres están expuestos a la violencia y a ser víctimas de la delincuencia.

A pesar de eso, aseguran que tienen confianza en las autoridades judiciales del Estado de México para que atiendan la investigación sobre el feminicidio de Ameyali.
“No nos queda de otra sinceramente. Se ve que si están trabajando, no sé si se están atrasando porque llevan más casos, yo quisiera que diario vinieran a investigar, pero también entiendo que hay varios casos atrás”, asegura Miguel.
Y no se equivoca, de acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, de enero a mayo, en el Estado de México, se iniciaron 42 carpetas de investigación por el delito de feminicidio.
También, el feminicidio de Itzel Ameyali Alvarado Galindo de 17 años, es uno de los 344 que ocurrió en todo México en los primeros cinco meses del año. Aunque, esta cifra solo corresponde a las muertes que las autoridades tipifican como feminicidio, además, hay alrededor de 900 mujeres más asesinadas en México.
Es decir que alrededor de mil 200 mujeres en México fueron asesinadas en lo que va del 2023. Solo el 25 por ciento de los casos fue tipificado como feminicidio. El Estado de México ocupa el primer lugar en este delito y el segundo en homicidios dolosos, detrás de Guanajuato.
Cada una de las muertes de mujeres no solo deja huella en su núcleo más cercano, como familia y amigos, también conmociona al entorno donde ocurre.
La madre de Ameyali, la señora Isabel, quien se dedica al comercio en una localidad vecina de Santiago Tilapa, asegura que hasta su negocio se acercan padres, madres y jóvenes de municipios de la región quienes externan su asombro y solidaridad por la muerte de su hija.
Miguel e Isabel lejos de reprimirse, agradecen cada muestra de afecto y fraternidad para con ellos. La madre, incluso, comparte que cuando ve a un grupo de adolescentes mujeres le gustaría acercarse y contar la historia de su hija “para que tomen un poquito de conciencia, que lo que sucedió con Ame les sirva de experiencia y no se pongan en peligro ellas”, comenta la madre de Ame.

Ambos padres, se dicen agradecidos con cada una de las personas que aun sin conocerlos se unieron a las brigadas de búsqueda de Ameyali. También agradecen a las jóvenes que inundaron las redes sociales con mensajes exigiendo justicia por Ame.
“No nos queda más que agradecerles porque se siente una hermandad que dices –esto nadie lo puede destruir– y si nos unimos más va a cambiar todo esto”, afirma Isabel.
Ame murió en fechas de celebraciones litúrgicas en una región donde las costumbres y tradiciones son un arraigo cultural profundo. Tradición y fe, son mensajes que se difunden en fechas de Semana Santa para promocionar los sitios.
«Entendí que había llegado el momento de cambiar las cosas«, era la frase que Ameyali tenía como portada de su perfil de Facebook, donde además de compartir sus gustos, publicaba fichas de búsqueda y mensajes de apoyo feminista.
De 2020 a la fecha son contadas las manifestaciones o protestas que han ocurrido en el municipio de Tianguistenco. Alexandra y Arleth son dos nombres de jóvenes que también generaron movilizaciones y protestas en la región, durante este periodo, al igual que el de Ameyali.
Su madre, la señora Isabel confía en que estos casos desencadenen una transformación en su comunidad.

Mientras tanto, la lucha de Miguel Alvarado, padre de Ame, es interna. Escucha rumores de la gente, pero atiende la recomendación de la fiscalía de no prestarles atención.
Reflexiona sobre si la muerte de su hija fue un sacrificio para que él pudiera alcanzar un crecimiento individual. Quizá fue solo para unir más a su familia, pero está convencido que la muerte de su niña consentida, Ame, no va a ser en vano.
“Su muerte no va a ser en vano, no sé por qué dios hace las cosas, no sé si es como dicen las demás personas, –se murió tu hija para unir a tu familia, para que tú estuvieras bien, fue un sacrificio–.
“Yo le digo a Ame y se lo digo hasta donde esté que no va a ser en vano. Gracias por sacrificar su vida para darme cuenta en qué estaba yo mal, en que le estaba yo faltando a su mamá y hermanos.
“La quiero, la amo, nunca la voy a olvidar, gracias por regalarme estos 17 años tan hermosos que estuve a su lado”, comparte.
Tras sentirse abandonado con el feminicidio de Ameyai, Miguel se ha comprometido con hacer las cosas distintas con sus otros cuatro hijos, Manuel, Aldo, Miguel y Gael.
“Le decía a mi esposa que iba a cambiar la perspectiva, a consentirlos, a llamarles más la atención, no pegándoles. En esta vida ya no se sabe cómo educarlos, porque les pegas malo, no les pegas malo.
“Estoy llevando otro tipo de formas para acercarme más a ellos, porque se siente la culpa sobre mi hija, si le hubiera llamado más la atención no hubiera pasado esto, entonces estoy tratándolo de hacer con mis hijos”, asegura Miguel Alvarado.
Confianza es la primera palabra que busca. Luego ir recuperando todas aquellas que le permitan expresar lo que a su única hija Ame no pudo decirle. De momento platica más con sus hijos, es más abierto con ellos y también comienza a recibir la misma respuesta de su parte.
“Los ando abrazando, pero no he tenido la capacidad, la confianza de decirles, –te quiero–, no se los he dicho. Sí lo sientes, a final de cuentas que lo sientan ellos, y yo he visto a mi hijo Aldo que ya se va sintiendo con más confianza”, externa.

Itzel Ameyali era la alegría de su casa, aseguran sus padres, cualquier oportunidad que tenía la aprovechaba para festejar y siempre dibujó alegría en los lugares donde estuvo. En su cuarto, ni Miguel ni Isabel han modificado sus pertenencias.
Sus zapatos, su ropa, su maquillaje y el labial con el que pintaba sus labios de rojo están en el mismo sitio, como si estuvieran esperando su regreso.
Las amigas de Ame le compartieron a sus padres, después del feminicidio, un video de la última vez que ella fue a la playa y como lo hacía en su casa, con la canción de 20 rosas de los Ángeles Azules o en su trabajo, o en cualquier sitio, ella baila “como si supiera ya no iba a haber más días para volverlo a hacer”.

Una voz que clama justicia por su hija y otras víctimas, el padre de Debahni Escobar
¿Cómo te gustaría que fuera la última foto de tu hija si un día la asesinaran? Probablemente en un gran número de asesinatos de mujeres que ocurren en México, la última foto que se conoce de ellas es la que se utiliza en su ficha de búsqueda previa a hallar su cuerpo.
En el caso de la joven de 18 años, Debanhi Susana Escobar Bazaldúa, originaria del municipio de Apodaca en el estado de Nuevo León, hay un par de imágenes de la última vez que se le vio con vida, el 8 de abril de 2022.
La joven era estudiante de Derecho e hija de dos maestros, Mario Escobar y Dolores Bazaldúa. El 9 de abril de 2022, un día después de perder contacto con Debanhi, Mario comenzó una intensa búsqueda de su única hija.
La foto en primer plano de la joven, quien vestía una blusa azul, se difundió ampliamente en redes sociales y en pesquisas pegadas por diferentes puntos del estado de Nuevo León.

Debanhi Escobar desapareció después de asistir a una fiesta con amigos al municipio de Escobedo. Durante su viaje de regreso a las 4:17 horas del 9 de abril, la joven bajó del taxi en que iba, en el kilómetro 15.5 de la carretera de Monterrey-Nuevo Laredo.
En ese punto, el conductor le tomo una fotografía que envió a las acompañantes de Debanhi.
Conforme iba creciendo la desesperación de Mario por encontrar a su hija, también la indignación por los hechos se agrandaba a lo largo del país, al igual que las protestas y manifestaciones que exigían su aparición con vida.
Lo mismo que la fotografía de Debanhi, la imagen de su padre Mario fue apareciendo cada vez más en esos días en diferentes espacios. Aquel semblante de angustia con el que daba entrevistas conmovió a la sociedad mexicana que se sumaba a sus exigencias.
Tras 13 días de búsqueda, aquella zozobra se convirtió en desconsuelo, cuando a las afueras del Motel Nueva Castilla, Mario Escobar declaraba “mi hija está muerta y no sé qué hacer”.
Habían encontrado el cuerpo de Debanhi en una cisterna del lugar, cercano a donde el taxista tomo la última foto de Debanhi. El mismo lugar donde días antes autoridades estatales habían cateado sin hallar evidencia.
“13 días aquí, ¿cuántas veces estuvieron aquí?, ¿cuántas veces?”, reprochaba ante los medios Mario Escobar a los policías de investigación de la Fiscalía General de Justicia del Estado de Nuevo León.
Misma fiscalía, que días después del hallazgo del cuerpo, filtró, de acuerdo con denuncias del mismo padre de Debanhi, más imágenes de la joven, la noche de su desaparición.
En esos videos se ve a Debanhi Intentando buscar auxilio y solicitar ayuda en una compañía de transporte ubicada en la zona. Al no encontrar a nadie presente, decidió dirigirse al motel Nueva Castilla.
A las 4:35 horas del 9 de abril, se le observa ingresando a las instalaciones del motel, aunque nadie responde en la recepción, por lo que la joven deambula por los espacios del establecimiento, donde finalmente fue encontrada.
No más respuestas inmediatas
El 23 de abril, el funeral de Debanhi Escobar fue realizado, ya entonces la fiscalía estatal tenía la versión que la joven había caído a la cisterna y falleció por la contusión. Versión que fue rechazada por Mario y su esposa, al igual que la mayoría de los avances que presentaban las autoridades estatales.
Las negligencias en la investigación continuaron, al punto que Mario y su esposa Dolores tuvieron que contratar a un nuevo grupo de expertos forenses, los cuales confirmaron que la causa de su fallecimiento fue «asfixia» y no una lesión craneal profunda.
El 13 de mayo de 2022, los padres de Debanhi fueron recibidos por el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, quien les prometió justicia para su hija. Tras dicho encuentro, las investigaciones se fueron separando cada vez más de las autoridades estatales hasta que en septiembre de ese año la Fiscalía General de la República (FGR) se hizo cargo del caso.
A más de ocho meses, la desesperación con que Mario buscó a su hija Debanhi se ha convertido en resiliencia para seguir levantando la voz por su hija.
“Hemos aprendido a ser resilientes y a ser tolerantes, de alguna manera tener esa empatía que tiene la gente con nosotros y practicando mucho los valores, pero con la misma posición de seguir buscando quien le hizo esto a Debanhi”, declara en entrevista con AD Noticias.
A pesar de las trabas, las mentiras y negligencias que se cometieron en la investigación del feminicidio de Debanhi, Mario Escobar confía en las autoridades mexicanas y en la palabra que le dio el presidente de la República.
“Tengo que tener la confianza en las autoridades, como me lo pidió Andrés Manuel López Obrador, que siguiera con la confianza y que tuviera un rumbo diferente a lo que pasó en Nuevo León y tratar de llegar a encontrar a los presuntos o al presunto”, comenta.
Pero hasta el momento quien más confianza y apoyo demostró al papá de Debanhi fue una colectividad, los ciudadanos, organizaciones de mujeres y víctimas que lo acompañaron en su primera búsqueda en las inmediaciones, donde la joven descendió del taxi que la llevaría a salvo con sus papás.
Días después del funeral de Debanhi protestas y manifestaciones se desencadenaron en distintas partes del país para expresar la indignación por su asesinato y el de miles de mujeres más.
En Monterrey, Ciudad de México, Puebla, Chiapas, Estado de México se replicó la misma indignación que tenía Mario Escobar tras el feminicidio de Debanhi. Un año después de su feminicidio, tampoco lo dejaron solo y respaldaron en las movilizaciones que hubo en Nuevo León.
“Tengo agradecimiento nada más, porque es una forma de empatizar con nosotros y que nosotros con ellos tener el mismo acompañamiento que nos dan. Desde nuestra trinchera tratar de apoyar a todos aquellos que nos hablan y que nos piden alguna experiencia”, externa.
Mario sabe que la vida ha cambiado desde que ya no está Debanhi, hoy son solo su esposa y él. Lo que no cambia son las ansias por hallar justicia, “nosotros seguimos siendo los mismos desde que nos entregaron a nuestra hija”, comparte.
Estrellas y una carretera
Pero en medio de esa incertidumbre también ha encontrado algunas certezas, como que la resiliencia y empatía los ayuda a continuar. Por eso colabora con otras víctimas de desaparición y feminicidio, les comparte sus aprendizajes, pues dice “nosotros ahorita no tenemos nada que perder, ya perdimos lo más querido”.
También les enseña que hay poderes más allá de los políticos y gubernamentales, les recuerda que los derechos están por encima de cualquier institución.
“Que no se dejen y que levanten la voz y que pidan sus derechos que tienen para poder llegar a la verdad que tanto buscamos nosotros y que no se callen”, manda como mensaje.
Y Mario Escobar no calla. No lo hizo cuando desapareció su hija, no lo hizo cuando pedía ayuda en entrevistas, no lo hizo frente a los policías que tardaron 13 días en encontrar a Debanhi, ni ante las autoridades estatales. Tampoco calló frente al presidente de la República y mucho menos frente a quienes usaron la muerte de Debanhi como espectáculo.
“Hemos cuidado tanto el caso que por eso estamos aquí, en ese sentido no tengo ningún problema en decir lo que tengo que decir y en ventilar lo que tengo que ventilar y en señalar lo que tengo que señalar”, asegura.
De pie, a un costado de la carretera, tenis negros, con una falda café, blusa blanca sin tirantes, bolsa de mano y cubrebocas negro. De fondo, matorrales y lo que parecen ser árboles, sobre un manto de una noche negra, así fue la última foto de Debanhi.
Una imagen que Mario, su padre ahora tiene como foto de perfil en redes sociales desde donde informa avances en el caso, anuncios y donde expresa todo aquello que no puede guardar.
Pero la imagen ya no es una foto, ahora es un dibujo, uno de tantos que usuarios de redes, que otras jovenes, demás personas transformaron para honrar la memoria de Debanhi Escobar. Le pusieron colores, brillo, destellos y estrellas, ahora la joven ya no parece rodearse con los brazos como si tuviera miedo, ahora luce como un abrazo propio.
Como esos dibujos es como la sociedad mexicana quiso que fuera la última foto de Debanhi.
Un nuevo estandarte
Mario Escobar también ha aprendido a ser tolerante, “tienes que ser muy tolerante para poder entender toda esta situación y poder manejar esta situación muy desafortunada”, expresa.
Y es que así como aparecieron decenas de aliados para exigir justicia, también personas se pusieron en contra de dicho objetivo, empezando por las mismas autoridades o personajes públicos que hicieron mofa de la tragedia.
Por eso, ahora Mario asegura que es muy sigiloso en su lucha sin dejar de lado su fortaleza de expresarse.
“Me siento tranquilo porque son derechos que tenemos como ciudadanos, eso lo platicábamos mucho con Debanhi y a ella le gustaba mucho todo esto.
“Por eso adoptamos esta bandera de poder decirle a la gente que pasa por este tipo de situaciones, que es lo que se debe de hacer, cuando contestar sí, cuando contestar no, cuando contestar quién sabe, cuando no querer contestar porque son derechos que nosotros tenemos como ciudadanos”, comenta.
Mario Escobar entiende que en México hay miles de casos de feminicidio como el de su hija, pero no todos los padres conocen la ruta para exigir justicia. Por eso aceptó tomar la batuta y además de no callar por su hija, también lo hace por todas las víctimas,
“Es agarrar ese estandarte y decirle a las autoridades que sí pueden hacer bien las cosas para que toda la ciudadanía vuelva a creer en esas instituciones públicas que han dejado mucho que desear”, afirma.
Y es que en México desde 2015 cuando se tipificó el feminicidio se han contabilizado más de 6 mil casos. Pero más allá de las cifras oficiales, las muertes que han perdido la vida de manera violenta son muchas más.
Como lo documenta el trabajo periodístico Las muertas que no se ven, existe un sub registro de casos por parte de las fiscalías estatales. Solo alrededor del 20 por ciento de las muertes violentas de mujeres se tipifica como feminicidio.
Asimismo, la periodista Valeria Durán ha documentado en la investigación, Más feminicidios y menos condenas, también de su autoría, que “en los últimos diez años se han registrado siete mil 246 feminicidios y menos del 25% de esos crímenes ha terminado en una sentencia condenatoria. En México, la impunidad en los delitos de feminicidio es del 76 por ciento”.
Detalla que de los 7 mil 246 feminicidios ocurridos desde 201, solo se iniciaron 5 mil 700 carpetas de investigación, pero en el país unicamente se han detenido a 2 mil 652 sospechosos, “pero al final solo se han dictado mil 690 condenas irrevocables por el delito de feminicidio, a la par que se han dictado 262 sentencias absolutorias.
“Esto significa que solamente el 23.32% de los feminicidios terminan en una sentencia condenatoria”, explica el reportaje.
Por ello, Mario Escobar es sigiloso con los detalles de la investigación sobre el feminicidio de Dabanhi. A ocho meses de que la FGR se hizo cargo de la investigación aunque “hay mucha tela de donde cortar”, acepta que los avances son pocos.
“Hemos sido en ese sentido muy cuidadoso en decirlos porque los peritajes siguen avanzando y de alguna manera tenemos la incertidumbre de todo lo que ellos podrían estar trayendo”, comparte.
Mario y su esposa viajan regularmente de Nuevo León a la Ciudad de México para recibir informes por parte de la fiscalía. Continúan colaborando con las autoridades a la espera de algún avance que de tranquilidad a su familia, que es una de las miles que la buscan.
Mario Escobar no calla ante la injusticia, levanta la voz por su hija y por más mujeres asesinadas en México, aunque a el grito por exigir justicia también ahogue un poco su dolor interno. A pregunta expresa sobre qué extraña de Debanhi, el señor Mario prefiere guardar silencio.
“Eso ya me lo reservo yo. Ahorita estoy enfocado en buscar su justicia y con todo respeto eso me lo reservo, porque yo sé lo que tenía”, contesta.

“No me olviden, falto yo”, la historia de José Luis, padre de Esmeralda, víctima de desaparición
¿Cuándo fue la última vez que le serviste la comida a tu hija o a tu esposa? En el caso del señor José Luis Castillo, originario de Ciudad Juárez, Chihuahua, refiere que con su esposa lo hace constantemente, sin embargo, con su hija no puede hacerlo desde que desapareció en 2009.
Catorce años pasaron de aquel día 19 de mayo cuando Esmeralda Castillo Rincón esperaba el autobús de camino a su escuela secundaria 78, en el centro de la ciudad. Luego no se le volvió a localizar, ni hasta la fecha.
Catorce años tenía entonces, misma cantidad de tiempo en que su padre José Luis ha hecho incontables esfuerzos para encontrarla. Entereza que también vio reflejada en miles de familias en México que pasan por esa situación.
Al igual que los feminicidios, las cifras de desapariciones se cuentan por millares en cada estado de la República Mexicana.
De acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO), de la Secretaría de Gobernación, hasta diciembre de 2022, en el país había 109 mil 171 personas desaparecidas, de las cuales el 25 por ciento son mujeres.
Además, la Subsecretaría de Derechos Humanos, Población y Migración estima que por día ocurre la desaparición de nueve mujeres.
La desaparición de Esmeralda Castillo ocurrió en un peor momento, donde la violencia en México era azotada por un combate frontal y violento al crimen organizado.
Por ello José Luis Castillo tuvo que sortear con ingenio y determinación diferentes trabas. incluyendo vigilancia encubierta en bares de la frontera y enfrentamientos con las autoridades que resultaron en su encarcelamiento en 2012. Ese mismo año, la familia confirmó que la joven había sido víctima de trata de personas.
En 2013, se descubrieron restos humanos en el arroyo del Navajo, considerado un cementerio clandestino de mujeres en Ciudad Juárez, pero fue hasta dos años después cuando las autoridades le entregaron el fragmento de tibia que supuestamente pertenecía a Esmeralda Castillo.
A pesar de todo, su padre continúa recordándola cada 28 de enero en su cumpleaños; cada 19 de mayo cuando fue vista por última vez; cada 8 de marzo en el Día Internacional de la Mujer; en cada que un funcionario federal visita su ciudad; en general en cada marcha, protesta, o evento público José Luis lleva el mensaje de “No me olviden, falto yo”, en representación de su hija Esmeralda.
El señor José Luis Castillo también actúa contra todo pronóstico. En febrero de 2022 la fiscal Especializada en Delitos Contra la Mujer de Chihuahua, Diana Esther Morales Rincón, les condicionó información del caso a que firmaran documentos donde aceptaban el deceso de su hija.
“Es obvio que Esmeralda está muerta”, les dijo a los padres. En diciembre de ese mismo año renunció a su cargo.
Al igual que con víctimas de feminicidio, José Luis Castillo encontró entre los familiares de las víctimas de desaparición forzada ejemplos de resiliencia y lucha, que luchan por el derecho a la verdad y a la justicia.
Teniendo como armadura una lona con el rostro de Esmeralda, José Luis Castillo se cubre el torso con ella para salir a marchar, para dar pláticas o para asistir con funcionarios.
“Lo que nos daría un poco de tranquilidad y confianza en las autoridades es que nos enseñen las cuestiones que están haciendo para buscar a nuestra Esmeralda y a cientos y cientos de jóvenes desaparecidas tanto mujeres como hombres”, declara en entrevista con AD Noticias.
La añoranza de un dibujo
José Luis Castillo actualmente tiene 62 años y tras más de una década de lucha su cuerpo comienza a tener estragos por recorrer diferentes entidades de la República, calles y plazas para buscar a su hija.
“Pero es que ni siquiera agarramos nosotros la fuerza. Nosotros le pedimos, y al que le rogamos esa es nuestro padre dios, para seguir en la lucha, para seguir buscando”, declara.
Si bien, la fuerza de voluntad pareciera inagotable, José Luis Castillo asegura que los recursos para financiar su lucha sí son escasos. Señala que tanto a él como a otros padres les gustaría colocar espectaculares con la imagen de sus hijos, pero en ocasiones solo les alcanza para pegar hojas de pesquisa en las calles de Ciudad Juárez.
Tal como hicieron el Día del Padre de este año, pues al igual que las madres José Luis afirma que ellos no tienen nada que festejar cada tercer domingo de junio. En dado caso, el único regalo que les gustaría recibir sería el encontrar a sus hijos e hijas desaparecidas.
“Lo que más añoro de mi hija es su alegría, su entusiasmo, el extrañarla aquí en la casa, el que ande corriendo de un lado para otro, que me diga papá vámonos por la nieve, papá vamos al parque, el que me esté pintando las uñas, que me esté haciendo peinados, son cosas que se guardan muy adentro de uno pero que las extraña”, comparte.
José Luis Castillo recuerda aquellos dibujos que Esmeralda le hacía como obsequios, “era un dibujo en una hoja, era algo bien sencillo que ahora lo añoramos”.
Por eso no borra aquellos trazos con su nombre que Esmeralda Castillo hizo con esmalte en una de las puertas de su casa. Su padre, arregla o remodela cada habitación pero esa puerta a modo de lienzo permanece intacta, como el cariño de él hacia ella, como la firmeza del señor José Luis por encontrar a su hija.
“Esa puerta no la pinto porque nada más de mirar las letras de ella me da la fuerza y me da la fortaleza para seguir adelante y confiando en nuestro padre dios, al igual que muchos hermanos míos de dolor, que nuestra única esperanza es dios”, describe.

Por eso vamos a todas las marchas
José Luis Castillo entiende que el costo por exigir justicia en México es alto. Luego de 14 años de exigir resultados a las autoridades, señala que ha perdido confianza en los tres niveles de gobierno, pero recobra el aliento cuando observa que en todo el país las personas se manifiestan y exigen a sus gobernantes.
“Aunque nosotros no tengamos confianza en las autoridades, tenemos que sentarnos con ellos, porque es lo que hay y yo no puedo recurrir a otra estancia sin haber agotado estás instancias del país en el cual nací”, asevera.
En este sentido, José Luis considera que la ineficiencia de las autoridades en las investigaciones es la razón principal por la que existen protestas y manifestaciones.
“Nos hemos dado cuenta que gracias a todas las activistas y colectivos de todo el país, se ha mantenido vivo el caso y es la manera de hacer presión hacia las autoridades para que hagan el trabajo por el cual, el pueblo les está pagando.
“Por eso es que estamos en todas las marchas y estamos en la exigencia de justicia para nuestra esmeralda y para todas las jóvenes desaparecidas”, expresa.
Y el señor José Luis Castillo nota una modificación en la conducta social. Sabe que los logros y avances en cada caso son colectivos, empezando por su familia, todos los miembros participan en la lucha y ayudan a otras víctimas.
Llevan pláticas de prevención a escuelas, orientan a personas con algún familiar desaparecido, o dan palabras de aliento a quien encuentra restos de alguna víctima.
“Este este mérito es de la familia Castillo Rincón que perfectos no somos, pero tratamos de ser un poquito mejor que ayer apegándonos a la palabra de dios”, comenta.
Las desaparecidas también tiene papá
José Luis Castillo asegura sentir impotencia de no haber encontrado aún a su hija Esmeralda, pero cuando mujeres, niñas, niños y adultos se le acercan en las marchas se siente cobijado. Incluso los denominados bloques separatistas que participan en protestas feministas lo arropan e incluyen en sus demandas; él sólo agradece que levanten la voz por su hija.
Con dicha unión entre ciudadanos que exigen, de alguna manera el padre de Esmeralda comprende que su desaparición no fue en vano, como tampoco lo ha sido cada una de las víctimas de violencia de género en el país.
Sin embargo, José Luis Castillo confiesa su más grande miedo, el morir sin haber encontrado a su hija Esmeralda. Pero con sabiduría concede que si ese escenario llegara a ocurrir está la certeza de que miles de hombres y mujeres continuarían con su lucha, con el eco de “no me olviden, falto yo”.
“Uno de mis miedos es que mi vida termine y no mirar a mi hija en este mundo. Ese es uno de mis miedos. Sin embargo, estoy a gusto cuando las muchachas se acercan conmigo y me arropan y me abrazan y se me ruedan las lágrimas”, declara.
José Luis Castillo quiere difundir el mensaje de que los y las desaparecidas también tienen un padre que los busca “y también el papá llora y también el papá sufre”.
El padre de Esmeralda Castillo Rincón acepta que en los años por buscar a su hija, además de los retos externos también tuvo que librar una lucha interna, en cuestión de romper con las ideas sobre lo que significa ser hombre en una sociedad como la mexicana.
“Al principio batallé mucho con eso, sobre entender que nada más soy un ser humano con sentimientos que siente y que sufre, por eso ya no me da pena llorar delante de todos mis hermanos y mis hermanas que me acompañan en la lucha”, comparte.
La deconstrucción personal para el señor José Luis Castillo es un proceso profundo y a menudo doloroso. Después de su tragedia se dio cuenta que no se puede ignorar la realidad que vive el país.
“Te das cuenta que no es cierto todo lo que te dice, que no te pasa nada si te pones a lavar los trastes, si te pones a conversar con tu pareja y tu pareja tiene la razón”, comenta.
Es ahí cuando José Luis se dio cuenta que reconocer las equivocaciones propias y el sentir de los demás puede ser un alivio.
En su caso, ahora le basta con un pequeño gesto, como traer una rosa o un mazapán a su pareja, para mostrarle que le importa.
“Pues no es mucho, pero cómo cuesta trabajo hacerlo. Esas cosas cuestan trabajo, cuando no nos cuesta nada llegar a la casa y mirar que ya está la comida hecha y decirle a la mujer —siéntate yo te sirvo ahora (…) ¿Cuánto hace que usted no le sirve la comida a su señora?».
La diamantina rosa, un símbolo de legado
La lona es su armadura y como arma, José Luis Castillo empuñó la diamantina rosa. Dejando una lluvia de puntos rosas a su paso, marcha por diferentes ciudades de México como empresa de buscar justicia, por su hija Esmeralda y por las cientos de miles de víctimas de violencia de género en el país.
La primera vez que la uso fue en una marcha feminista en Ciudad Juárez, cuando una manifestante la arrojó en la boca de un funcionario de la Ciudad de México.
Ahora, José Luis Castillo carga consigo una bolsa con este producto a cada marcha y protesta que acude, ya sea en su natal Chihuahua, en la Ciudad de México, al sur, al norte o cualquier latitud del país a donde acuda.
La diamantina rosa simboliza ahora la lucha desde la perspectiva de las mujeres, pero también representa la defensa de la vida de todas las personas, independientemente de su género, color u origen.
Es un recordatorio de que todos dibujan su lucha con un mismo objetivo: justicia y dignidad.
“El tirar diamantina rosa, es decir, se puede hacer la lucha desde la mujer y la preferencia sexual que tú tengas. Estamos defendiendo la vida de las mujeres y hombres en este país”, asegura.
No me olviden, hay esperanza
A pesar de la fatiga, el desánimo que dan las cifras oficiales y no oficiales de feminicidios y desapariciones, José Luis Castillo, al igual que el señor Mario Escobar y Miguel Alvarado siguen adelante, continúan aprendiendo y cada aprendizaje lo comparte con más víctimas, pero también con toda la sociedad.
“A todos los padres que tienen un ser querido desaparecido a todos, les puedo decir, no desanimen, vamos adelante y vamos a encontrar a nuestros seres queridos.
“Tal vez no los encontremos como nos gustaría con vida, pero ellos y nuestros desaparecidos, si es que ya no tienen vida tienen derecho a una sepultura digna y por eso estamos los padres y las madres para encontrarlos donde quiera que estén y de encontrarlos y darles una sepultura digna”, expresa.
El padre de Esmeralda Castillo también envía un mensaje amor a otros padres que para su fortuna la violencia de género no impacta a sus hijas o hermanas de manera directa.
“A todos los padres de familia que tienen a sus hijas, que tienen a sus hijos con ustedes, en la mañana o cuando lleguen, agárrenlos y abrácenlos y apriétenlos, díganles `Te quiero´ créanlo, que habemos más de 100 mil padres de familia que daríamos hasta nuestra propia por poder darles un abrazo a nuestras hijas o a nuestros hijos. Que dios les bendiga”.


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