- Mejor Cinemex que la Cineteca Mexiquense
- La protesta y la sombra del poder
- El panismo pusilánime
- La universidad no se reforma por decreto
- Las buenas intenciones del IEEM
Mejor Cinemex que la Cineteca Mexiquense
Hay una diferencia sustantiva entre asumirse humanista y comprender las obligaciones intelectuales, éticas y políticas del humanismo. El gobierno de Delfina Gómez, heredero del llamado humanismo mexicano, parece enfrentar esa contradicción ante NAZA, documental sobre el genocidio y el exterminio en Gaza que será exhibido en salas de Cinemex en Toluca, Naucalpan y Tlalnepantla, pero no en la Cineteca Mexiquense. La paradoja tiene una dimensión casi filosófica: el capitalista Germán Larrea abre sus pantallas a una obra que la institución cultural de un gobierno de izquierda no ha programado. No se trata de exigir adhesiones ideológicas ni de confundir una omisión con censura. Se trata de comprender que una cineteca pública no es un aparato de confirmación de las convicciones del poder, sino un espacio para confrontarlas. La cultura que únicamente reproduce certezas termina convertida en propaganda; la que permite cuestionarlas contribuye a la emancipación intelectual. El humanismo, desde su raíz filosófica, reconoce en el otro una dignidad que no depende de nacionalidades, religiones ni simpatías políticas. Su universalidad es precisamente lo que impide reducirlo a una doctrina de gobierno. Quizá la ausencia de NAZA responda más al desconocimiento de su trascendencia que a una decisión ideológica. En cualquier caso, la contradicción permanece: el humanismo mexicano se predica desde el gobierno; la posibilidad de mirar Gaza se encuentra, por ahora, en las salas del multimillonario Larrea.
La protesta y la sombra del poder
La libertad de protestar es una de las conquistas más significativas de una sociedad que intenta dejar atrás el autoritarismo. Durante décadas, los gobiernos del PRI y del PAN recurrieron, en distintos episodios, a la represión y la criminalización de la disidencia como instrumentos de control político. En el régimen que ahora se construye, la legitimidad democrática exige otra relación entre el poder y el descontento: la protesta no es una anomalía del orden público, sino una expresión de la libertad ciudadana. Los bloqueos de la México-Toluca por familiares de desaparecidos, de Paseo Tollocan y del libramiento en Metepec por trabajadores de la salud tienen causas distintas, pero comparten una exigencia de atención institucional. Conviene recordar a Carl Gustav Jung: reconocer la sombra es admitir aquello que la conciencia prefiere ignorar. También la protesta tiene su sombra. Puede ser instrumentalizada por intereses políticos, utilizada para producir una percepción de ingobernabilidad o ejercida con desprecio por los derechos de terceros. Pero esa posibilidad no autoriza a convertir toda inconformidad en conspiración ni a confundir el malestar ciudadano con una amenaza al Estado. El derecho a manifestarse no vuelve legítimo cualquier medio, como tampoco las molestias de un bloqueo justifican la represión. La responsabilidad del gobierno es escuchar, resolver y proteger derechos; la de la sociedad, comprender las causas antes de condenar sus expresiones. Hay algo más peligroso que una carretera cerrada: una conciencia social que, irritada por la protesta, termina reclamando el regreso de la autoridad que reprime.
El panismo pusilánime
La decadencia de un partido comienza cuando su militancia renuncia a pensar y consiente que otros decidan por ella. Del PAN doctrinario de Gómez Morin, González Luna y Castillo Peraza queda cada vez menos en el Estado de México, donde la burocracia partidista, heredera del anayismo, el markismo y el romerismo, parece más interesada en administrar posiciones que en defender principios. Llamarlos derechistas sería concederles una identidad ideológica que tendrían que demostrar. La derecha tiene pensamiento, historia y doctrina; el oportunismo apenas tiene intereses. Metepec es un caso revelador. La pretensión de llevar a Iraí Albarrán, esposa del alcalde Fernando Flores, a la presidencia municipal encuentra una militancia que apenas discute la conveniencia de prolongar el poder dentro de una misma familia. Detrás de la sucesión están también los intereses que atraviesan el desarrollo inmobiliario, los permisos de construcción, el uso del suelo y los negocios asociados al crecimiento urbano. ¿Dónde quedaron los panistas que reivindicaban la dignidad de la persona, el bien común y la subsidiariedad? La cuestión no es solamente quién pretende gobernar Metepec, sino por qué quienes alguna vez hicieron de la doctrina una razón para militar parecen haber renunciado a discutir el destino de su partido. El panismo no perdió primero sus principios; perdió el carácter para defenderlos.
La universidad no se reforma por decreto
La universidad pública representa una de las grandes conquistas civilizatorias de la modernidad: la posibilidad de que el conocimiento emancipe al individuo de las limitaciones de su origen social. Una sociedad más justa, libre y feliz necesita que la educación funcione como elevador social y no como mecanismo de reproducción de los privilegios. Desde esa perspectiva deben examinarse las propuestas de reforma a la UAEMéx que llegaron a la Legislatura, tanto la impulsada por Delfina Gómez, construida a partir de una propuesta universitaria, como la de Octavio Martínez, cuyo oportunismo político resulta evidente. Ninguna es una distopía, pero tampoco contiene la fórmula de una universidad ideal, que acaso solo exista en la imaginación de quienes confunden legislar con transformar. El problema es bastante más profundo: financiero, académico y político. Sin recursos suficientes no habrá gratuidad efectiva ni mayor cobertura; sin profesores bien formados, investigación y exigencia intelectual, la democratización puede quedarse en procedimiento; sin autonomía real, la universidad corre el riesgo de convertirse en territorio de disputa entre grupos de poder. La UAEMéx atiende a cerca de cien mil estudiantes y recibe poco más de cinco mil millones de pesos de subsidio público anual. Su transformación exige bastante más que redistribuir facultades y modificar mecanismos electorales. La democracia universitaria es indispensable, pero no sustituye la calidad académica; la gratuidad es un derecho, pero necesita financiamiento; la autonomía protege la libertad de pensamiento, no los privilegios burocráticos. La universidad perfecta no existe, ni existirá por voluntad legislativa. En el mejor de los casos se avanzará, de a poquito. Y tampoco es poca cosa, siempre que no se confunda el tamaño de las promesas con la profundidad de los cambios.
Las buenas intenciones del IEEM
La democracia puede conservar intactos sus procedimientos electorales y perder las condiciones intelectuales que hacen posible una decisión libre. Ese es uno de los riesgos de 2027. En el Estado de México, las proyecciones estadísticas permiten estimar un universo potencial de 16 millones de cuentas de Facebook, 11.6 millones de YouTube, 8.4 millones de Instagram y 2.2 millones de X; alrededor de 38 millones de registros o alcances digitales acumulados, no de personas distintas ni de cuentas individualmente verificadas. Una dimensión formidable para la intoxicación de la conversación pública mediante bots, noticias falsas, identidades ficticias, videos fabricados con inteligencia artificial y campañas de manipulación emocional. La posverdad no necesita demostrar que una mentira es cierta; le basta conseguir que la verdad deje de importar. La disputa electoral ya no se libra solamente entre partidos y candidatos, sino también en un territorio dominado por algoritmos que premian la excitación, el miedo y el prejuicio, donde la repetición puede adquirir apariencia de consenso y la popularidad confundirse con legitimidad. Frente a semejante maquinaria, el IEEM aprobó un monitoreo complementario de redes sociales, sin presupuesto adicional, con recursos humanos limitados y facultades que apenas alcanzan para observar una parte del fenómeno. No se trata de reclamar censura ni policías del pensamiento, sino de comprender la desproporción entre el instrumento y el problema. El instituto pretende observar mensajes mientras la manipulación opera sobre las condiciones mismas en que se forman las opiniones. Sus buenas intenciones recuerdan la pretensión de combatir el ébola con una aspirina: acaso sirvan para tranquilizar al médico, pero difícilmente para contener la enfermedad.


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