Ecatepec, mucho más que una alcaldía

La sucesión municipal enfrenta a grupos internos de Morena que disputan algo mayor: control territorial, influencia política y liderazgo rumbo a 2027.
  • ¿Calentamiento social… o electoral?
  • Tecámac, la emancipación del poderEcatepec, mucho más que una alcaldía
  • Xóchitl, el derecho a soñar
  • El orgullo de mi amiguismo

¿Calentamiento social… o electoral?

Los bloqueos de la México-Toluca, Paseo Tollocan, Metepec y distintos puntos del Valle de México empiezan a configurar una percepción de calentamiento social, políticamente oportuna en vísperas de las elecciones de 2027. Una cosa es la protesta legítima y otra la narrativa de ingobernabilidad que se intenta construir a partir de ella. Hay agravios reales, demandas insatisfechas y autoridades obligadas a responder. También intereses políticos que encuentran provecho en el descontento. No todas las movilizaciones tienen el mismo origen ni persiguen los mismos propósitos. Hay gobernabilidad en el Estado de México, aunque persistan conflictos sin resolver. La protesta es parte de la vida democrática, no una prueba de que el gobierno haya perdido el control. Habrá que observar quién resuelve los problemas y quién pretende capitalizarlos. En el fondo, lo que está en juego es la disputa por el significado de la conflictividad social en el Estado de México.


Ecatepec, mucho más que una alcaldía

En Ecatepec se confrontan dos proyectos políticos, dos concepciones del poder y dos maneras de entender el futuro de Morena en el Estado de México. El delfinismo frente al higinismo, este último articulado alrededor de Mexiquenses de Corazón. La disputa tiene nombres propios: Azucena Cisneros, Zaira Cedillo, Luzma Hernández y Esmeralda Vallejo. No se trata solamente de quién gobernará el municipio en 2027, sino de qué grupo ejercerá el poder en uno de los territorios de mayor peso político y electoral de la entidad. Ecatepec tiene, además, un enorme valor simbólico: allí se encuentran las fuerzas que hicieron posible la alternancia mexiquense y que ahora disputan la conducción del movimiento. Es una lucha por la hegemonía dentro de la propia hegemonía. En el papel, parece que será todas contra Azucena… y Azucena contra todas.


Tecámac, la emancipación del poder

En Tecámac, la disputa tiene una raíz más profunda: el derecho de quien llega al poder a emanciparse de quien lo llevó hasta allí. Rosi Wong gobierna un municipio que Mariela Gutiérrez convirtió en su principal territorio político y cuya influencia busca preservar ahora mediante el diputado Samuel Hernández, integrante de Mexiquenses de Corazón. La ruptura entre ambas dejó de ser un asunto de lealtades personales para convertirse en una confrontación entre dos centros de autoridad. El delfinismo frente al higinismo, otra vez, como en Ecatepec, aunque aquí la contradicción tiene su propia historia: la sucesora que reclama autonomía frente a su antecesora. Y no se disputan cualquier territorio. Tecámac alberga el AIFA, con todo lo que representa para el desarrollo urbano, la inversión y la reorganización económica de la región. La sucesión de 2027 definirá quién gobierna el municipio, pero la cuestión política viene de atrás: ¿hasta dónde llega la autoridad de quien construyó el poder y dónde comienza la de quien recibió el mandato para ejercerlo? Una cosa es heredar un gobierno… y otra aceptar que el poder siga teniendo dueño.


Xóchitl, el derecho a soñar

La diputada federal Xóchitl Zagal quiere gobernar Cuautitlán Izcalli. Se registró para disputar la coordinación municipal de Morena y tiene todo el derecho a soñar con la alcaldía. La ambición política es legítima y nadie tendría por qué reprochársela. Semanas atrás también solicitó su registro para buscar la reelección en el Distrito 7 federal. Tampoco hay nada censurable en ello, siempre que las reglas lo permitan. El problema es que, cuando se le preguntó expresamente en conferencia de prensa, lo negó. La cuestión deja entonces de ser electoral para convertirse en un asunto de credibilidad. No son sus dos aspiraciones las que merecen explicación, sino la contradicción entre lo que hizo y lo que dijo. La confianza pública comienza con la palabra empeñada, no con la constancia de mayoría. Soñar es un derecho; decir la verdad, una obligación.


El orgullo de mi amiguismo

Miguel Ángel Hernández Espejel debería ser el primero en impedir que el afecto entrañable que le profesa Delfina Gómez se convierta en una carga política para la gobernadora. Los tropiezos en la Secretaría de Educación han adquirido carácter endémico: los señalamientos por la compra de boletos de avión, la escandalosa salida del director del Incufide, las irregularidades denunciadas en el Colegio de Bachilleres y el Tecnológico del Valle de Toluca, el caso de los aviadores, la salida de Anthony Domínguez Vargas y, ahora, la grosera renuncia del director del Tecnológico de Valle de Bravo, que exhibió públicamente las interferencias y presiones que, según denunció, hacían insostenible su permanencia. Cada episodio tiene sus propias circunstancias y responsabilidades por esclarecer, pero juntos plantean una cuestión de autoridad política. La confianza de la gobernadora no puede convertirse en una dispensa de resultados ni en un privilegio de permanencia. Miguel sabe cuánto lo estima Delfina. También debería saber que la lealtad tiene obligaciones recíprocas y que ninguna amistad justifica trasladar al otro el costo de los propios desaciertos. El verdadero privilegio de contar con la confianza del poder no consiste en conservar el cargo a cualquier precio, sino en saber cuándo dejar de comprometer a quien la otorgó.

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