El agua, la gasolina y otras simulaciones

En el Estado de México, cada segundo se roban cuatro litros de agua potable.
junio 9, 2025

1 | Robo líquido, impunidad sólida

En el Estado de México, cada segundo se roban cuatro litros de agua potable. No es metáfora ni hipérbole: es un cálculo legislativo que, de ser cierto, equivale a perder diariamente más de 340 mil litros de vida líquida. Y sin embargo, entre 2023 y 2024, apenas se han presentado 37 denuncias por esta sustracción, ninguna judicializada. Ante esta escandalosa impunidad hídrica, Morena y el Partido Verde proponen tipificar el robo de agua como delito grave, con penas que podrían alcanzar los 30 años de prisión y multas millonarias. En lo simbólico, buscan bautizarlo como “huachicoleo”, importando el léxico energético a la tragedia hídrica. Pero mientras se teatraliza la indignación legislativa, cabe preguntar: ¿cuánta de esa agua perdida se escapa por tomas clandestinas y cuánta por la corrupción de funcionarios, las fugas crónicas y los contratos turbios de concesión? Nombrar al ladrón es fácil, pero ¿quién se atreve a nombrar al cómplice?

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2 | Sed para unos, lucro para otros

Mientras se alza la voz contra quienes perforan tomas clandestinas en barrios marginados, poco se dice de las empresas que despilfarran millones de litros con permisos opacos o de los municipios que no reparan fugas porque “no hay presupuesto”. En hospitales públicos del Valle de México hay días sin agua para lavar heridas, mientras campos de golf privados riegan con aspersores de línea directa. La iniciativa legal que criminaliza el robo de agua busca castigar con severidad, pero omite —con sospechosa elegancia— al sector comercial e industrial que también explota el subsuelo sin transparencia. ¿Quién controla los pozos en parques industriales? ¿Quién audita a las inmobiliarias que urbanizan sobre manantiales? Convertir el agua en botín es una estrategia de poder: mientras unos cargan cubetas, otros llenan tinacos sin culpa ni factura.

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3 | Huachicol: anatomía de un negocio intocable

Otumba no es una excepción, es una grieta. La muerte de seis hombres dentro de un túnel clandestino no revela pobreza, revela estructura: redes de extracción de combustible que operan con precisión quirúrgica y que no nacieron con este régimen, sino bajo el amparo del viejo sistema priianista, cuando el saqueo era política energética no escrita. El gobierno actual ha logrado contener buena parte del robo en ductos, pero no ha tocado el corazón del negocio: la red de blanqueo y comercialización que incluye gasolineras, transportistas, empresas fachada y despachos de “consultoría fiscal” que convierten el delito en factura. Los verdaderos dueños del huachicol no portan cuernos de chivo ni sombreros norteños: llevan traje, tarjeta de presentación y acceso al poder económico. Son los mismos que se pasean en eventos empresariales, que financian campañas y que dictan líneas a medios y gobiernos locales. Por eso el silencio: porque denunciar no es solo enfrentar criminales, es desafiar intereses intocables. Y eso, en este país, es más peligroso que una chispa en un ducto abierto.

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4 | A los que no soportan la verdad sin factura

Afirmar que los medios critican solo para obtener privilegios económicos no es solo miserable: es falso. Axiológica y epistemológicamente, es una confesión: quien así acusa, así opera. Acusan de extorsión porque no conciben el disenso sin tarifa. Les parece inconcebible que alguien escriba sin venderse, que alguien cuestione sin buscar un contrato. Así funcionan ellos. Por eso creen que todos son iguales.
Pero no todos los medios se arrastran. No todos se alquilan al mejor postor. No todos confunden línea editorial con oficina de ventas. Y eso —precisamente eso— es lo que más les molesta. Les encantan los medios que venden protección. Les estorban los que ejercen libertad. El problema no es que haya prensa crítica: es que hay prensa que no se les subordina.
Y ahí es donde tiemblan los hombrecitos con cargo: esos que quieren gobernar sin ser molestados, que descalifican la verdad porque no pueden comprarla, que acusan a los otros de lo que harían ellos si tuvieran una pluma. No les asusta la mentira: les asusta la prensa que no tiene precio.

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