En términos químicos, algo es degradable cuando puede descomponerse por medio de un determinado agente. Así, un compuesto químico, como un plástico, puede descomponerse en partes más pequeñas mediante un agente como el calor, el oxígeno o la luz. En términos sociales alguien es degradado cuando se le quitan sus distinciones o prerrogativas; de este modo, queda reducido a su expresión mínima. Los agentes que pueden desencadenar esto son muy diversos, pero hoy en el país estamos viviendo algunos de forma alarmante: la falta de un empleo estable, la enfermedad, el accidente, la vejez empobrecida, el abandono, la violencia son todos ellos agentes que entrañan una degradación de los individuos.
Tenemos un país con casi 30 millones de personas que no tienen un empleo formal, donde 43 de cada 100 defunciones están relacionadas con enfermedades que se pudieron prevenir o tratar (diabetes en primerísimo lugar), con miles de víctimas de la violencia, con una dinámica poblacional que apunta al envejecimiento empobrecido de la población; y la lista podría seguir para indicarnos que los problemas que tenemos de cohesión social (y de los que se desprenden la delincuencia, la disfunción familiar, la corrupción e impunidad, entre otros males) son los que se deben atender urgentemente.
El notable sociólogo Robert Castel advirtió desde finales del siglo pasado que las sociedades estaban convirtiendo en vulnerables a cada vez más sujetos, en la medida que se precarizaban sus condiciones de participación en la división social del trabajo. Su análisis señalaba que “el proceso que atraviesa el conjunto de la sociedad es un proceso de precarización de la mayoría de los empleados. Actualmente, personas que estuvieron integradas se encuentran desestabilizadas, pasan a ser vulnerables”.
Con anterioridad hemos hablado en este espacio de la precarización del trabajo. Pero hoy, cuando se anuncian despidos masivos en instancias antes tan estables como el magisterio (despidos sin derecho a liquidación, como anunció el titular de la SEP), o los que se vienen en la otrora boyante Pemex, sin contar con los empleos de seis meses que ofrecen la mayoría de las empresas, las no prestaciones con las que tienen que aprender a trabajar sobre todo los jóvenes, el no derecho a pensión, etcétera. Todo eso junto nos arroja a una situación realmente desestabilizadora de la cohesión social.
Para hacer sociedad es preciso sacrificar muchas cosas personales y reconocer en el otro a un igual, con los mismos derechos y con la necesidad de garantías para tomar parte de la colectividad. La desafiliación de muchos (degradándolos a vivir al día, a mal comer, a sentirse inseguros a cancelar sus expectativas de futuro) está desgarrando el pacto social.
Enterarnos de que en el entorno inmediato en que vivimos ocurren multihomicidios en el propio hogar de las familias, saber de las cotidianas desapariciones, de la explotación, el abuso, el tráfico de humanos y el absoluto desprecio por la vida y dignidad de las personas, no puede ser síntoma sino de que el asunto está en plena descomposición. Como diría el propio Castel: “vivir en la inseguridad día a día es ya no poder hacer sociedad con sus semejantes y habitar en su entorno bajo el signo de la amenaza y no de la acogida y el intercambio”.


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