La FILEM ya no da más

La FILEM 2025 enfrenta su límite: baja asistencia, cifras estancadas y un modelo agotado ante la lectura digital que exige reinventar la feria del libro.
octubre 15, 2025

Hace unos días concluyó la Feria Internacional del Libro del Estado de México (FILEM 2025). Fue la edición número once de dicho evento. Tuve oportunidad de acudir el día posterior a su inauguración oficial; era domingo, era un día soleado, eran casi las tres de la tarde y había, francamente, muy pocos asistentes. El foro principal tenía un evento con una concurrencia que no llegaba ni a 30% de los asientos. El foro de la UAEM estaba por iniciar otro evento, pero batallaba para arrancar precisamente por falta de asistentes. Los estands con más “aglomeración” tenían no más de diez personas. El espacio para los niños no tenía a ningún pequeño en ese momento. En suma, era una muy pobre asistencia.

Toda feria tiene, por naturaleza, la intención de convocar a la gente. Lo hace con el propósito de que presencien, adquieran o se lleven algo de la misma. Las ferias patronales en cualquier pueblo miden su éxito en función de la concurrencia, pero sobre todo de la experiencia. “Cada quien habla de la feria según como le fue en ella”, reza el adagio popular. Pero esta feria, cuyo propósito es reunir, una vez al año, a librerías, editoriales, libreros, autores y lectores para dialogar, intercambiar, adquirir o presentar libros, creo que ya no da para más.

No me refiero a que se haya expedido su certificado de defunción, sino al hecho constatable, de que ya no irá más allá: no crecerá, no se expandirá, no se potenciará y ello ocurre por varios factores que vale la pena nombrar para pensar en el futuro de la FILEM.

Un simple ejercicio de contraste numérico nos puede servir como fundamento de esta afirmación. En el año 2015, cuando se anunció la primera edición de la FILEM se dijo que habría 13 sedes, 150 casas editoriales con 300 expositores, 10 países invitados y 400 actividades artísticas. Ahora, cuando se anunció la de este año 2025, las cifras anunciadas fueron: 300 actividades, 330 expositores, seis foros o sedes y presencia de cuatro países con sus sellos editoriales.

Con una década de distancia, los números nos permiten sostener que la feria ya no da para más. Incluso algo así dijimos en este mismo espacio cuando se celebró la FILEM previa a la pandemia (2019). Dijimos entonces: “la FILEM ya ha consolidado las dimensiones que tendrá; es difícil que pueda crecer, pero por lo menos no terminó por extinguirse, como parecía en el año 2018 por la dramática disminución que experimentó. La dificultad para crecer está en el propio espacio en el que se realiza –que tiene límites– pero también en los participantes y asistentes. El número que asiste cada año se ha mantenido y no hay de dónde tomar más. Las ventas de los expositores igualmente ya presentan cierta regularidad y saben lo que pueden esperar al venir cada año”.

Un factor muy importante que nos permite sostener esta afirmación es la clara transformación de las dinámicas de lectura que tiene la población. Cada vez más se lee en línea, se descargan productos digitales, se tiene acceso a infinidad de textos conectándose a la internet y la impresión bajo demanda es ya una tendencia. Sí, hay algunos sellos (cada vez menos) que han concentrado la mayoría de los productos editoriales en los últimos lustros. Son enormes compañías con nichos de mercado muy consolidados. Cada vez hay menos futuro para las editoriales independientes. Igualmente, nosotros mismos hemos visto desaparecer una a una las “clásicas” librerías de la ciudad de Toluca. 

Es una tendencia global. El objeto libro está debilitando su presencia, en la medida que los dispositivos electrónicos ganan terreno como el instrumento que posibilita la lectura. A mis estudiantes ya no los veo con libros en la mano. A través de su teléfono inteligente descargan los libros que “nutren” su formación. Si uno se da una vuelta por las bibliotecas públicas, observa la poca asistencia que tienen. Es, insisto, un momento de transición, que se ve complejizado por la inteligencia artificial, que es ya una herramienta cuasi-única para los estudiantes a la hora de tener que “investigar” algo para sus tareas escolares.

En ese marco, la FILEM navega a contra corriente. Lo hace porque la inercia de las grandes ferias del libro en el mundo está llegando a su punto de quiebre. El modelo tradicional de grandes carpas, pabellones repletos de editoriales y una agenda cultural intensa, diseñado para vender el libro físico como principal producto, está agotándose. No es una crisis exclusiva de Toluca o del Estado de México; es un fenómeno global que impacta desde la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) hasta la Feria de Frankfurt. Sencillamente, el mercado de las ferias ha llegado a su techo. Ya no hay más crecimiento posible, ni en el número de expositores ni, de manera sostenida, en el número de asistentes.

El desafío no es solo de logística o espacio, sino de relevancia cultural y comercial. Como se mencionó, los hábitos de lectura están en plena y dramática transformación. El libro como objeto de celulosa ha cedido terreno al texto como dato y experiencia digital. Los lectores, especialmente las nuevas generaciones, prefieren la inmediatez, la portabilidad y el costo (a menudo nulo) de los e-books, los audiolibros y los formatos de texto disponibles en la inmensidad del internet.

Esta transición es el verdadero sismo que sacude los cimientos de eventos como la FILEM. Mientras la feria se afana en ser el escaparate del producto impreso, la producción literaria y académica se está redefiniendo. Hoy en día, una pequeña editorial o un autor independiente puede alcanzar a millones de lectores sin necesidad de pagar un stand o costear una tirada en papel. La impresión bajo demanda y las plataformas digitales no solo han abaratado costos, sino que han democratizado el acceso a la lectura de formas que las ferias tradicionales no pueden igualar.

La inteligencia artificial, por su parte, se está convirtiendo en una potencia generadora de contenidos, desafiando las nociones tradicionales de autoría y propiedad intelectual. En este contexto, ¿cuál es el verdadero valor de convocar a una feria masiva de libros?

No se trata de declarar la muerte de la FILEM o de cualquier otra feria; se trata de aceptar que el modelo de acumulación y venta masiva ya no funciona. El futuro de estos encuentros no radica en la expansión, sino en la reinvención. Las ferias deberán mutar de ser grandes tiendas temporales a convertirse en laboratorios culturales; espacios de diálogo especializado, talleres de escritura digital, foros sobre IA y literatura, y puntos de encuentro para comunidades de lectores online.

Si la FILEM desea perdurar, no puede seguir navegando a contracorriente. Debe mirar hacia el horizonte digital, entender que su éxito ya no se medirá por la cantidad de libros vendidos, sino por la calidad de las conversaciones que sea capaz de generar en una era donde el libro, en su forma tradicional, es una pieza más en un vasto y cambiante ecosistema de la lectura. De lo contrario, permanecerá como un bello, pero melancólico vestigio de un pasado que ya no volverá.

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