«Gracias a Dios…»

Dos palabras. Una imagen. Y una sensación incómoda: la de un poder público que, incluso frente al miedo más humano, sigue pensando primero en sí mismo.
mayo 28, 2026

“Gracias a Dios”, escribió el alcalde de Metepec pasada la madrugada, junto a la fotografía del menor ya localizado con vida. Dos palabras. Una imagen. Y una sensación incómoda: la de un poder público que, incluso frente al miedo más humano, sigue pensando primero en sí mismo.

Horas antes, mientras una madre buscaba desesperadamente a su hijo y miles de ciudadanos compartían la ficha de búsqueda en redes sociales, desde el círculo más cercano del Gobierno municipal la reacción fue el silencio. Peor aún: la negación. No para proteger al adolescente. No para cuidar a la familia. Sino, según distintas versiones conocidas públicamente, para intentar contener el daño político.

Ahí está el verdadero fondo de esta historia.

No en el desenlace afortunado —que sin duda debe celebrarse— sino en la conducta de quienes gobiernan un municipio que desde hace años vende una narrativa aspiracional de perfección, orden y éxito, mientras la realidad cotidiana de miles de personas transcurre entre desapariciones, violencia, miedo y abandono institucional.

Hay una vieja idea filosófica que explica bien este fenómeno: cuando el poder se encierra demasiado tiempo en sí mismo, deja de mirar a la sociedad y comienza a mirarse únicamente al espejo. El problema del espejo es que siempre devuelve una imagen cómoda.

En Metepec parece ocurrir algo parecido. Un pequeño ecosistema político donde la comunicación importa más que la verdad; donde el cálculo electoral pesa más que el dolor humano; donde la prioridad no es explicar qué pasó, sino controlar la narrativa antes de que el hecho afecte la marca política del grupo gobernante.

Hannah Arendt escribió que uno de los rasgos más peligrosos de los sistemas autoritarios no es necesariamente la violencia explícita, sino la desconexión progresiva con la realidad. El poder termina rodeándose de aplausos, propaganda y lealtades internas hasta construir una ficción paralela donde todo funciona, todo avanza y toda crítica es un ataque.

Esa distancia termina siendo profundamente deshumanizante.

Porque mientras desde el gobierno se presume un municipio de primer mundo, hay estudiantes que viven con miedo, familias que colocan fotografías de desaparecidos en postes y ciudadanos que ya normalizaron mirar hacia atrás antes de entrar a su casa.

El problema de ciertas élites políticas modernas no es solo la soberbia; es la incapacidad emocional de comprender la angustia colectiva. Se gobierna desde la estética del poder, no desde el contacto con la calle. Desde el algoritmo, no desde la realidad.

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Por eso el “Gracias a Dios” terminó generando más ruido del esperado. Porque leído en contexto no pareció un mensaje empático, sino el cierre involuntario de una cadena de omisiones, silencios y cálculos políticos. Como si la localización del menor fuera únicamente una oportunidad para recuperar el control de la conversación pública.

Pero la ciudadanía ya no observa igual.

La gente distingue perfectamente cuándo una autoridad acompaña y cuándo simplemente administra percepciones. Distingue cuándo existe sensibilidad real y cuándo solo hay manejo de crisis.

Lo verdaderamente preocupante no es que un político publique una foto. Lo preocupante es que, durante horas críticas, quienes gobiernan hayan reaccionado primero como operadores políticos y después como seres humanos.

Y quizá ahí radique la tragedia contemporánea de muchos gobiernos locales: dejaron de escuchar el pulso social porque viven atrapados dentro de su propio relato.

Un relato donde todo está bien.

Aunque afuera la gente tenga miedo.

Mario Garcia Mendieta

Mario Garcia Mendieta

Periodista orgullosamente formado en AD Noticias. Diplomado en Leadership & Management por Harvard Business School. Viajero curioso y amante de la comida. [email protected]

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