Nuestras generaciones han visto a la guerra de lejos, casi como una película o un videojuego. No es así, se trata de una situación bárbara, cruel e indeseable. La semana pasada se escaló a niveles bélicos un conflicto regional en Europa del Este, entre Ucrania y Rusia. La cobertura mediática ha sido tal que parece innecesario abundar en elementos de sus causas y desarrollo. Lo que me parece que puede ser digno de reflexión es el impacto de estos actos bélicos en la vida de prácticamente todos los habitantes del planeta.
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Como todo mundo sabe y como ya lo hemos comentado en este mismo espacio en otras ocasiones, vivimos en un mundo globalizado. ¿Qué significa exactamente esto? Que la sociedad de la que ahora formamos parte todos los habitantes de la Tierra está compuesta por múltiples grupos humanos que están más interrelacionados que nunca. Las relaciones económicas, políticas, informativas, sanitarias, de seguridad, etc. son ahora mucho más nutridas y estrechas que nunca antes en la historia.
La forma en que opera hoy la vida de las personas en nuestro planeta es a partir de un muy intrincado haz de relaciones a distintas escalas. En los niveles más amplios, las economías de todos los países incluyen cadenas de suministros que “colectan” elementos de muchas partes. Un teléfono celular, por ejemplo, puede tener componentes de Asia, África, Europa y armarse en América; ya como producto, se le puede ver ofertado en casi todo el mundo. Pero, de la misma manera, en una tianguis mexicano, en las calles de París o en Ciudad del Cabo es posible ver que se vendan baratijas y chucherías globales, hechas en China, en Taiwán o Malasia. En ambos casos son necesarias grandes y complejas cadenas de suministro y distribución. No todas operan dentro de los márgenes legales; muchas de ellas escapan a los controles de los gobiernos locales, pero forman parte de las acciones posibles en un mundo globalizado.
A manera de imagen mental, puede equipararse con la reacción en cadena de unas fichas de dominó formadas una al lado de la otra: cuando desbalanceamos la primera, las otras empiezan a caer paulatinamente de un modo casi inevitable. Así están eslabonadas hoy las vidas de todos los habitantes del planeta.
De igual manera, puede uno identificar sin mayor esfuerzo que los alimentos que comemos aquí son cultivados, criados y/o procesados en otras regiones del mundo. En cualquier centro comercial asentado en México podemos ver productos procedentes de América del Sur, de Norteamérica, de Europa. Lo mismo se repite en casi todas partes. Los grandes fondos de inversión de hecho han dejado de tener patria, adquieren acciones, bonos, divisas en muchas partes del mundo. Agentes rusos, por ejemplo, pueden poseer bonos del Tesoro de los Estados Unidos o grandes inversiones en dólares. Pero, si lo desean, pueden cambiarlos en un tris por valores de otro tipo que se oferten en el mercado financiero mundial.
En suma, el que tenemos ahora es un mundo en donde hay relaciones formales, informales, estructurales y efímeras a todos los niveles. La gasolina o la energía eléctrica que usted o yo consumimos habitualmente está sujeta a cambios, alteraciones, disrupciones o variaciones en otras partes del mundo. El gas ruso que llega a Europa permite que ahí fabriquen los autos que luego se venden en América. Si se corta el suministro, se detiene la producción, se alteran los mercados y vienen tendencias inflacionarias, ajustes en el tipo de cambio, etc. Si el gas se vuelve un bien escaso, subirá su precio y el de los bienes y servicios que lo emplean.
A manera de imagen mental, puede equipararse con la reacción en cadena de unas fichas de dominó formadas una al lado de la otra: cuando desbalanceamos la primera, las otras empiezan a caer paulatinamente de un modo casi inevitable. Así están eslabonadas hoy las vidas de todos los habitantes del planeta. Así ha sido edificada la sociedad de las últimas décadas, bajo un modelo de economía globalizada, que lleva a políticas igualmente globales a actores globales y a tendencias que repercuten en la vida de todos.
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Es impredecible el rumbo que tomará el conflicto bélico. Como puede terminar en solo unos días, también hay probabilidades de que se extienda por mucho tiempo. Los actores involucrados están moviendo sus piezas en el tablero y tratando de debilitar a su contraparte, para que oponga la menor resistencia posible o para que desista de sus intentos originales. La Comunidad Europea, la OTAN, los Estados Unidos, Rusia, Ucrania, sus respectivos presidentes y/o representantes están haciendo su juego. Es —siempre lo será— un juego político, que busca reorganizar las relaciones de poder, de establecer nuevos equilibrios como condición para detener las hostilidades.
Mientras la tensión dure, hasta que los actores mencionados encuentren un punto en el que puedan coexistir sin el uso de la fuerza armada, los vaivenes en los mercados financieros, en la inflación, en las cadenas de suministros, en la oferta de bienes y servicios, en los mercados globales, seguirán. Tales fluctuaciones afectarán en mayor medida a economías y países más débiles que a las grandes potencias. Para (no) variar, los perdedores van a ser —otra vez— los grupos más vulnerables, para quienes una pequeña modificación en las condiciones en cualquier parte del mundo puede terminar en una avalancha.
En su recibo de luz, al cargar gasolina, al ir al mercado, al querer comprar algo durante la siguientes semanas, bien podría comenzar a ver algunas afectaciones de esta crisis bélica. Es tiempo de ser precavidos.



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