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La aldea global que somos

La aldea global que somos

La comunicación inmediata y mundial de todo tipo de información tiene consecuencias importantes y casi instantáneas a nivel social, político, económico y cultural

El planeta es hoy más que nunca una gran aldea global. Lo que ocurre en un lugar remoto nos ocupa como si fuera el problema de mi cuadra. Hace ya dos viernes, los mercados bursátiles de gran número de países sufrieron retrocesos a diferente escala producto de una información surgida en Sudáfrica: la identificación de una variante del virus SARS-CoV-2 con mutaciones, a la que luego se le bautizó como Ómicron.

La “aversión al riesgo” hizo que las acciones de varias compañías se depreciaran y que los indicadores de operaciones en las bolsas de valores reflejaran ese temor. La gente comenzó a hablar de esta nueva variante del virus como si se tratara de un personaje televisivo o el lanzamiento de un malévolo villano del cine. Sin saber bien a bien de qué se estaba hablando, el impacto del membrete fue notorio. Si a ello se le suma que varios países anunciaron el cierre de sus aeropuertos para vuelos procedentes de Sudáfrica y medidas restrictivas en sus principales ciudades para impedir (nuevamente) la proliferación de cadenas de contagios, Ómicron se convirtió en el principal interés para los medios de comunicación (incluidos los tradicionales y las ahora reinantes redes sociales).

La gente comenzó a hablar de esta nueva variante del virus como si se tratara de un personaje televisivo o el lanzamiento de un malévolo villano del cine. Sin saber bien a bien de qué se estaba hablando

“Llegó Ómicron al país” fue la obsesión para muchos medios y periodistas. Esperaban con ansia poder teclear esa frase en un Twitt o en el encabezado de un periódico. Si era posible, decirlo al aire en cadena nacional, mucho mejor. Esas son las características de la “aldea global” (tal como la definió hace ya varias décadas el sociólogo canadiense Marshall McLuhan): que la comunicación inmediata y mundial de todo tipo de información tiene consecuencias importantes y casi instantáneas a nivel social, político, económico y cultural.

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La difusión de los informes (muy preliminares todos) de la existencia de esta nueva variante del virus que causa Covid-19, fue muy benévola para varias industrias. Principalmente las farmacéuticas que comercializan las vacunas anti-covid se apresuraron a declarar que ya estaban trabajando en ajustes a sus vacunas actuales para poder combatir a Ómicron. Varios países (incluído México) se apresuraron a decir que aplicarían dosis de refuerzo (para lo cual pues tendrán que comprar y comprar más lotes a las farmacéuticas). Igualmente, varias empresas (que mostraron solidez enfrentando la pandemia desde el año pasado) cotizaron sus acciones al alza, dado que los inversores vieron en ellas una especie de salvavidas para sus capitales: “aquí no hay pierde, mi dinero no disminuirá si compro acciones de esta empresa sólida”.

Los flujos de información son hoy globales e inmediatos. Al ser in-mediatos (que no hay de por medio la mediación del tiempo, de la reflexión, del análisis, etc.) pueden ocasionar pánico, alarma, incertidumbre y mucho revuelo infundadamente. Es un fenómeno de la comunicación del presente: todo es instantáneo y, por ello, no sólo efímero sino incierto (en el sentido de no tener siempre el respaldo de argumentos sólidos para sostenerse como una verdad).

Este tipo de comunicación también genera un peculiar tipo de consumidor de la información, uno voraz, desesperado, impaciente, que quiere saberlo todo ya, de inmediato, pronto: “que el Presidente anuncie cirre de fronteras”, “que nos diga si ya nos va a atacar Ómicron o no”, “si debemos irnos a formar por el refuerzo de vacunas”. Este tipo de consumidor de información es lo que somos hoy los que habitamos en esta aldea global. Y, sin embargo, es un tipo de persona que no necesariamente tiene conciencia global, planetaria, terrestre. Es decir, se alimenta de información global pero piensa local. Que nos vacunen aquí y que cierren las fronteras aquí, los de allá (de África o donde surja la siguiente variante del virus) pues a ver cómo le hacen.

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Cuando McLuhan acuñó el término de “aldea global” pensó sobre todo en las consecuencias a nivel sociocultural que tiene el flujo de información en nuestra época: recrear las condiciones de vida de una pequeña aldea, donde hechos, personas y circunstancias los percibimos como cercanos aunque en realidad sean distantes en tiempo y espacio. Sin embargo, las dinámicas que ha tomado la vida en el planeta en las décadas transcurridas desde que él propuso el concepto (hace más de medio siglo) nos han llevado a un mundo en el que sí puede fluir la información de forma inmediata en todo el planeta, pero no necesariamente las consecuencias son las de la empatía, solidaridad, cercanía y apoyo colaborativo global (como podría esperarse en una aldea).

La reacción mostrada por muchos países, aislarse (o aislar a un país o todo un continente, en este caso África), es muestra precisamente de esto que decimos: se actual localmente, aunque los problemas sean globales. Porque no sólo es el caso de la actual pandemia sino otros, como la pobreza, el hambre, la contaminación, el cambio climático y muchos más. Todos ellos requerirían una respuesta conjunta, no tendencias al aislamiento.

Somos una aldea global en la que la mayoría se refugia en su casa, su individualidad, su pequeño mundo, mientras el planeta se pone en grave riesgo.