“Atención: buscamos conectar con colectivos locales de cada estado: estudiantes, civiles, sociales y ciudadanos. Si conoces alguno etiquétalo o mándanos DM”. Así decía un mensaje publicado en la red social X (antes Twitter) por la cuenta llamada Generación Z México. Sí, es una de las cuentas que estuvo alentando a la movilización del pasado 15 de noviembre y que derivó en actos violentos y detenciones, sobre todo en Ciudad de México y Guadalajara. Dicho mensaje se publicó apenas el 3 de diciembre. Las reacciones a esta publicación fueron realmente pocas, unas decenas de miles de visualizaciones y cientos de comentarios, sobre todo, de burla.
El mensaje y las reacciones nos hablan de un hecho innegable: la acción política de quienes mueven estas cuentas no tiene una base orgánica, una estructura organizativa o un movimiento social detrás. Se trata de un constructo propagandístico alimentado por algoritmos y narrativas tóxicas en las redes sociales digitales. Este es un fenómeno que se extiende por distintas regiones del mundo y vale la pena echarle un ojo.

Es bien sabido —y lo hemos comentado en este mismo espacio desde hace años— que plataformas como X (anteriormente Twitter), Facebook y, más recientemente, TikTok pueden emplearse como cajas de resonancia que amplifican el odio, la deshumanización del «otro», el individualismo exacerbado y la cultura de la cancelación. ¿Y quién estaría interesado en que ello ocurra? Tendrían que ser grupos que se benefician de la erosión del tejido social y que temen los avances progresistas.
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Lo que liderazgos como Trump, Milei, Bukele o Noboa reflejan no es una oleada popular que demanda políticas racistas, excluyentes, autoritarias, xenófobas u homófobas. Creo que se trata más bien de estrategias políticas para revertir reformas redistributivas. Son acciones reaccionarias de aquellos para quienes el progreso no puede radicar en la intervención estatal para mitigar desigualdades, promover derechos laborales y fomentar la participación ciudadana.
Estas nuevas estrategias políticas han echado mano de la operación algorítmica, que es capaz de generar burbujas digitales, al amparo de las cuales una elección puede decantarse en favor de algún personaje como los antes citados. Las redes sociales, con sus algoritmos que priorizan el engagement sobre la veracidad, convierten el descontento legítimo —por la inseguridad, por ejemplo— en furia, con muchos tintes de irracionalidad. El odio se viraliza con mucho más velocidad que un razonamiento: un meme deshumanizador contra la presidenta genera miles de interacciones, mientras que debates sustantivos languidecen.

Desde luego que estas estrategias propagandísticas buscan, en última instancia, instalar al frente de los aparatos gubernamentales proyectos neoliberales que mantienen su objetivo de desmantelar el Estado de bienestar, culpando a los vulnerables (migrantes, indígenas, movimientos feministas) de las crisis estructurales causadas por el capital desregulado.
A mi juicio, en América Latina, donde el 30 % de la población vive en pobreza extrema, según la CEPAL (2024), esta retórica encuentra eco no en organizaciones sociales consolidadas, sino en burbujas digitales. El individualismo —al que apelan las consignas que despotrican contra las políticas públicas que buscan equilibrar la balanza de la igualdad social—, se erige entonces como antídoto falso a la crisis colectiva. En lugar de soluciones sistémicas —como impuestos progresivos o inversión en salud pública—, la propaganda (ultra)derechista exalta el «éxito personal» a costa de la cohesión social, ignorando que la movilidad ascendente depende de políticas inclusivas.
Los hashtags con los que se etiqueta a la presidenta Sheinbaum como “narcomandataria” operan, igualmente, en abono de una práctica de la cultura digital contemporánea: “la cancelación”. Los millones de dólares invertidos en mover esas etiquetas en las redes sociales (previo a la marcha del 15 de noviembre y a las movilizaciones y paros carreteros de los últimos días) tienen el objetivo claro de erosionar su legitimidad sin movilizaciones masivas. Esas movilizaciones no son posibles justamente porque tras esa actividad en las redes sociales no hay sindicatos, cooperativas o movimientos grassroots.
En esa búsqueda de promover la “cancelación” de un liderazgo —para luego pretender su relevo—, de alentar un acoso masivo-digital, se puede echar mano de fake news o deepfakes, basadas en el uso de inteligencia artificial generativa. El objetivo es claro: revertir cualquier avance de materia de política social, redistribución de la riqueza, políticas fiscales estrictas, regulación o acotaciones al capital, etc.
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Lo que queda muy claro es que este ciber-activismo se nutre de influencers y cuentas anónimas que monetizan el enojo. No hay detrás movimientos sociales, colectivos o comunidades en lucha. Esa es la razón por la cual cualquier evento, movilización o protesta que les resulte útil puede ser retomado y convertido en tendencia dentro de las redes sociales para inflar la movilización de unos cuantos tractores o de unos grupos porriles que se enfrenten a la policía a través de afirmaciones como «el Gobierno mexicano está al borde del colapso», buscando interacciones en las redes sociales.
Empero, lo efímero de esos hashtags obliga a que ahora busque tener contacto con gente real, con agrupaciones de gente de carne y hueso. Es casi, casi un anuncio de «se solicitan causas». Si logran “enganchar” algunas, bien puede tratarse de un espejismo digital amplificado por algoritmos, no interacción humana genuina.


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