La muerte del bosque de Jiquipilco

Por: Carlos Pérez  /  Imágenes: Daniel Rodríguez

Ante el aumento de la extracción de madera en sus bosques, más de una veintena de pobladores se concentran a mediodía frente a la presidencia municipal de Jiquipilco para hacer un recorrido.

 

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Jiquipilco es un municipio rural que se encuentra a 31 kilómetros al noroeste de Toluca y colinda al norte con Villa de Carbón, al sur con Temoaya, al este con Nicolás Romero, al oeste. 

Los datos del censo más reciente, elaborado en 2020 por el Inegi, arrojaron que en esta demarcación viven 76 mil 826 personas, 52.5% mujeres y 47.5% hombres. Los rangos de edad que concentraron mayor población fueron 10 a 14 años (8,062 habitantes), 5 a 9 años (7,768 habitantes) y 15 a 19 años (7,715 habitantes).

El Informe anual sobre la situación de pobreza y rezago social 2021 señala que el grado de rezago en Jiquipilco es bajo y que la principal carencia que experimentan sus habitantes es en el acceso a la seguridad social. 

De acuerdo con la Enciclopedia de los Municipios y Delegaciones de México, en esta demarcación predominan dos tipos de vegetación: el bosque siempre verde tipo mixto, en la parte serrana, constituido por oyamel, ocote y cedro; y el bosque de encimas de hoja caduca, donde son frecuentes el encino, fresno, bellota, palo santo, madroño y planicies de pastizales. 

Su superficie boscosa forma parte de la zona de reserva del parque Zempoala-La Bufa, que se denominó parque otomí-mexica del Estado de México. 

Vecinos de todas las edades participan. Aunque se muestran preocupados por la inseguridad de la zona a la que acudirán, la mayoría están molestos y decididos a hacer algo ante el serio problema que se ha agudizando con el paso de los días.

De manera organizada, durante unos minutos realizan un balance sobre las distintas actividades que están llevando acabo, consiguen un transporte y solicitan al Ayuntamiento que la policía municipal escolte el recorrido.

Una lucha comunitaria contra la tala

En dos meses, esta es la tercera ocasión en la que acuden al bosque: el 16 de septiembre ya hubo una marcha pacífica por la zona y un recorrido el 18 de agosto con la presidenta municipal, Marisol González Torres, en el que ella se comprometió a realizar las gestiones para detener la tala ilegal.

El recorrido empieza en el paraje de Laguna Seca con una advertencia: hay “halcones” en la entrada a la laguna y en la carretera que vigilan nuestra presencia, “son pagados por los talamontes (…) no les importa el daño que causan”, expresa uno de los vecinos inconformes.

Al inicio del trayecto pueden observarse los linderos con Temoaya, otro de los municipios afectados en la zona que protestó el pasado 9 de septiembre, con una caminata en la que participaron trabajadores del Ayuntamiento. 

Apenas avanzamos cien metros y el panorama es desolador: “la estrategia que utilizan los talamontes es llegar y quemar toda el área verde y luego vienen y los tiran. Dentro de esa quema todo el árbol pequeño muere (…) esta zona ha quedado devastada. Es un verdadero cementerio de todos nuestros árboles”, dice Don Apolinar, uno de los voceros del movimiento.

 

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Cada momento del recorrido es la antesala de un escenario más grave: “ahora sí aquí está lo peor”, repiten los vecinos al menos tres veces.

La molestia también va creciendo conforme avanzamos, ya que a pesar del compromiso de las autoridades, hay muestras claras de que la tala ha seguido y los habitantes señalan que en esta ocasión es más grave que la que observaron el 16 de septiembre. 

Una vecina llora mientras expresa su enojo: “la vez que venimos no estaba esto y ahora esta a pie de carretera, es una burla. Queremos justicia por que lo que vimos es un verdadero crimen (…) no creo que cambiemos la situación de la noche a la mañana, pero la lucha va a seguir porque no podemos seguir permitiéndolo”. 

Las zanjas que han cavado los propios vecinos para evitar el ingreso de las camionetas no son suficientes para frenarlas, pues los taladores han instalado rampas con los troncos que tiran para poder acceder. 

Y aunque resulta más difícil acceder a las zonas más alejadas de la carretera, las y los vecinos aseguran que el daño es aún mayor; pero la presencia de gente armada vuelve muy riesgoso el intento de adentrarse a esas áreas. 

 

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En el camino también se hace evidente la nula preocupación de los tala montes por ocultar sus actividades: los troncos de árboles están amontonados para su traslado, hay envases con gasolina y aceite, latas de aerosol para marcar árboles, plásticos para cubrir la madera e incluso latas de cerveza a un lado de los tocones recién cortados. 

Cuando concluye la caminata la indignación es el sentimiento que impera entre las y los habitantes que repasan las acciones que realizarán en adelante: 

Al término de la caminata impera la indignación entre las y los vecinos que también hacen un recuento de las acciones que tomarán en adelante, una de ellas será la entrega de oficios dirigidos a López Obrador y la Guardia Nacional, en los que solicitan una intervención mayor de las fuerzas armadas, además de que la instalación de un cuartel en la zona. 

También convocarán a todas las comunidades de Jiquipilco a que el jueves 21 de octubre acudan a la presidencia municipal y participen en la reunión que habrá con los distintos niveles de gobierno para tratar el tema.

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Descuido de las autoridades

De acuerdo con el plan de desarrollo municipal, Jiquipilco resguarda tres Áreas Naturales Protegidas (ANP): el Parque Estatal “Otomí-Mexica”, el Santuario del Agua y Forestal Subcuenca Tributaria Presa Antonio Álzate y Santuario del Agua y Forestal Subcuenca Tributaria Arroyo Sila.

En otras palabras, la mayoría del territorio municipal se encuentra dentro de estas áreas que están siendo afectadas por los talamontes. Además, los dos santuarios del agua carecen de un programa de manejo, esto significa que no cuentan con zonificación, problemática que las autoridades han desatendido. 

Las y los vecinos también señalan que a la omisión para frenar la tala se le suma el hecho de que existen campañas de reforestacion sin una evaluación del suelo y con especies invasoras o que simplemente no resisten.

 

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Frente a eso parte de las iniciativas que se empiezan a organizar en las comunidades es la creación de un vivero comunitario para preservar especies nativas y reforestar gradulamente el monte.