Rendición de cuentas: pan y circo…
Casualmente, vi una publicación de la asistencia del flamante rector de la Universidad Autónoma del Estado de México, atestiguando un informe de actividades de la directora de la Facultad de Economía e irremediablemente vino a mi mente una pregunta: ¿asistir a informes sosos, hechos a la medida, de cumplimiento obligatorio, es el arduo trabajo de un rector? ¿No hay algo mejor que hacer para elevar la calidad educativa, poner a la investigación en los primeros planos, vincular a la Universidad con la sociedad a la que sirve y de la que se financia?
En concordancia, el esfuerzo de la política de comunicación universitaria reside en la difusión de estos actos de cajón, burocráticos, que se han convertido más en un minúsculo espectáculo mediático que un ejercicio de rendición y transparencia. ¿O acaso alguien recuerda las últimas cifras del anterior informe de actividades en esa facultad? ¿hay parámetros de comparación y análisis para saber si avanzó o existe algún retroceso en la gestión?
No sé si algún director o directora, habrá realizado un análisis de los avances sustantivos en esa –o en cualquier otra facultad de la universidad mexiquense- que permita evaluar el crecimiento cuantitativo y sobre todo, cualitativo en los servicios que ofrece.
Cuántas veces leemos que tal o cual autoridad o dirigente político, educativo celebró alguna efeméride con un acto cívico; asistió al informe de gobierno o de actividades de otro político o académico; y en la opacidad se queda la sustancia. ¿Qué hizo; qué hizo bien; qué está mal; qué falta por mejorar; qué se puede hacer para mejorar, en cuánto tiempo; son necesarios más recursos, se pueden obtener?
Conmemorar fechas cívicas o rendir informes que no resultan útiles a la sociedad no es hacer política en el más amplio sentido del concepto. La Universidad debe ser ejemplo de ello, no comparsa de un sistema, que se ha encargado de administrar la inercia.
La autoridad –sea cual fuere su denominación- está obligada a administrar el dinero de los contribuyentes y obtener logros objetivos. ¿Qué han aportado en los últimos cuatros años –o diez u venite- las facultades de medicina, economía, derecho, psicología, ingeniería, sociología, arquitectura, artes escénicas, turismo y otras a la sociedad a la que sirven? ¿Qué se informa de ello a la sociedad que financia su subsistencia? ¿a nivel de investigación aplicada, qué ha aportado la UAEMéx al país y la entidad?
En eso deberían consistir los informes de actividades, en justificar el gasto público que se les otorga; en vincular el quehacer técnico, científico y académico con la solución a los grandes problemas. Hace unos días comentaba con algunos alumnos de la propia Universidad, cómo es que la Universidad Pública no ha sabido responder al desafío de la sociedad mexicana
Mientras la política y el Estado han sido poco capaces de resolver los grandes problemas, la Universidad Pública ha permanecido impasible ante las calamidades sociales. No conozco –y quizá mi ignorancia es abismal- que de la Universidad pública haya salido alguna propuesta para paliar, siquiera, el problema de la inseguridad; no he sabido que las propuestas de alternativas económicas para mejorar la distribución de la riqueza, se hayan gestado en los aportes de la Universidad o las instituciones de educación superior, ni hubieran aportado alternativas al gasolinazo.
¿De qué sirve tener estudiantes –dos o tres, por cierto- de excelencia, que ganen concursos de robótica o matemáticas o en algún otro tema, si en su conjunto la Universidad Pública carece de capacidad de aportar soluciones a los principales problemas de la sociedad a la que sirve?
Cuando la simulación parece ser el deporte nacional, algo habría que revisar en el papel de las instituciones y su financiamiento.
La presencia de la Universidad pública no debe ser de papel –o de medios para ser preciso- debe trascender a la sociedad. Falsificaciones hay muchas.
CARPE DIEM
De entre tantas cosas que se difunden en Facebook, el Santo Oficio, se difundió la historia de dos jóvenes reportadas como “no localizadas” –según el eufemismo de la autoridad, para no considerarlas “desaparecidas”-. El caso tomó un giro chusco y de malestar, porque el gobierno municipal de Zinacantepec difundió fotografías de ambas, luego de haber sido localizadas, se dijo, sanas y salvas.
Lo curioso, a pesar de que no hay datos que abunden en el caso –y creo que además tampoco resultan necesarios- que parece evidente que no fueron víctimas de delito alguno; incluso algunos medios difundieron la noticia que se habían ausentado del entorno familiar “por voluntad propia”, además de ser mayores de edad.
Independientemente de que puede ser un caso aislado, y lo preocupante de haber utilizado a una institución pública para difundir su ausencia o desaparición –el programa ODISEA, de la Fiscalía General de Justicia- la promoción de estas desapariciones en la red social, sin datos ciertos, suposiciones, falta de información, confirmar hecho falsos y no actuales, ponen en riesgo a otras víctimas, cuya desaparición puede estar vinculada a un hecho delictivo.
No hay manera de saber cuál caso es cierto y cuál no. Lo que sí puede hacerse es mesurados en la promoción de estos casos, hasta en tanto no se tenga información veraz. Pero en fin, es cuestión de conciencia personal. Por lo pronto, los casos fraudulentos, perjudican a víctimas reales.
Nos leemos en otra semana caótica.
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