Hace exactamente medio año, en este mismo espacio, publicamos un texto titulado “¿Qué estamos respirando?”, a través del cual externábamos tres cosas que hoy vale la pena recordar en el marco de la contingencia ambiental declara esta semana.
El primer asunto era en el sentido de que algo no se estaba haciendo bien en materia de contaminación atmosférica, pues a pesar de que es obligatoria la verificación vehicular, de que la autoridad siempre declara que se hacen esfuerzos por modernizar el transporte, por reducir el uso de carbón y leña, por erradicar la quema de basura a cielo abierto, por controlar las emisiones de la industria, entre otras medidas, el aire que respiramos sigue siendo de regular a malo casi todo el año. Se cuentan con los dedos de las manos los días en que tenemos buena calidad del aire en esta metrópoli.
El segundo asunto que advertíamos en aquel entonces es que, según las cifras reveladas en la Primera Conferencia Mundial de la Organización Mundial de la Salud sobre Contaminación del Aire y Salud, celebrada a finales de 2018, cada año mueren unos 7 millones de personas en todo el mundo a consecuencia de respirar aire contaminado, el cual es inhalado actualmente por el 90% de la población global. La circunstancia es esta: “los contaminantes microscópicos en el aire pueden deslizarse más allá de las defensas de nuestro cuerpo, penetrando profundamente en nuestro sistema respiratorio y circulatorio y dañando nuestros pulmones, corazón y cerebro”. Hasta un tercio de las muertes por accidentes vasculares cerebrales, cáncer de pulmón, infartos de miocardio y neumopatía obstructiva crónica son debidas a la contaminación del aire, cuyas repercusiones en la salud son mayores entre mujeres, niños y ancianos.
Y el tercer aspecto que destacábamos en dicho texto publicado aquí mismo hace medio año era que Toluca es una de las cinco ciudades con mayor contaminación del aire de todo el país. Estudios de la propia Organización Mundial de la Salud ubican a la capital del Estado de México con índices de polución que superan tres veces lo recomendado como aceptable, que son 10 microgramos de partículas suspendidas por metro cúbico. Toluca ha mantenido promedios anuales superiores a 33 microgramos por metro cúbico desde hace varios años.
El problema, pues, no es nuevo. De hecho también vale la pena recordar algo que comentábamos aquí hace más de tres años, en febrero de 2016: la creación de la “Ecozona” en el centro de la ciudad de Toluca. ¿Alguien lo recuerda? En aquel momento señalamos que era un proyecto “muy europeo”, que buscaba generar una zona de “baja emisión” de contaminantes, restringiendo el ingreso de vehículos automotores al centro histórico. Pero –advertimos entonces- no se conocían estudios que confirmaran que ello iba a funcionar. Más bien había indicios de que restringir el acceso a vehículos muy contaminantes al centro de la ciudad no iba a asegurar que en ese sitio se respirara un mejor aire, pues los contaminantes suelen ser esparcidos por el viento (que en el valle de Toluca sopla sobre todo de sureste a noreste) o quedarse atrapados por las bajas temperaturas que suelen presentarse en la región durante varios meses del año.
Han sido años de advertir que estamos respirando bocanadas mortales todos los días, pero sólo cuando se llega a límites como los de esta semana es cuando se vuelve al tema. Y, sin embargo, se vuelve a él sólo de manera apurada, sin estrategia, sin protocolos de actuación, sin medidas permanentes y coordinadas para atender el problema. Además -lo más grave- sin que la población se lo tome en serio; quizá por la falta de protocolos de actuación. Sólo se suspendieron clases en las miles de escuelas y se implementaron operativos para detener algunos vehículos visiblemente contaminadores. Pero nada para acotar la actividad industrial y comercial, nada para impedir prácticas cotidianas como el uso de braceros, asadores, chimeneas, hornos, calderas, etc. ¿Por qué? Pues por esa falta de protocolos que indiquen qué hacer en este tipo de casos. Y que además se conocieran las sanciones por no acatar restricciones.
¿Vendrán las lluvias, se limpiará un poco el aire, regresaremos a clases y nadie se acordará del asunto hasta la próxima contingencia?


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