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Los niños y el trabajo

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Los niños y el trabajo

Es de sobra conocido que un buen número de quienes son incorporados al mercado laboral desde muy temprana edad lo hacen en condiciones de explotación

En la historia de la humanidad, los niños no han sido protagonistas. Las distintas civilizaciones de la antigüedad asignaban a los menores de edad papeles más bien secundarios, de sometimiento, explotación, discriminación e incluso enfermedad. Tomás de Aquino escribió: “Sólo el tiempo puede curar de la niñez y sus imperfecciones”. En pocas palabras, la infancia era una etapa que debía superarse, en la que la vida estaba en manos de los adultos y, de hecho, les pertenecía. El infanticidio, la venta, el maltrato y el uso de los niños han estado presentes en distintas sociedades a lo largo de la historia.

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En los últimos tres siglos y medio, el niño paulatinamente empieza a aparecer como un actor social con sus propias características y necesidades. Es, de hecho, hasta mediados del siglo pasado que se reconoce a la infancia como una condición en la que los seres humanos deben ser protegidos, en la que se tienen derechos y se crean instancias para hacerlos valer. 

Es realmente muy reciente el tiempo en el que se prohíbe legalmente que los niños trabajen. Fue hace 20 años cuando se proclamó el 12 de junio como el Día Mundial Contra el Trabajo Infantil. Así es, desde hace dos décadas esa fecha está destinada a concientizar sobre el problema que representa el que los niños se vean forzados a trabajar desde temprana edad.

Sobre todo antes de la revolución industrial, cuando el trabajo corría a cargo de las personas, cuando las máquinas no suplían a los seres humanos o animales, era una práctica extendida incorporar a los niños desde muy temprana edad al trabajo. Esto es posible verlo todavía con mucha frecuencia en las familias campesinas, donde los niños adquieren la responsabilidad de ayudar cuidando animales, sembrando, cosechando o con otras varias labores. Esto es así, en buena medida, porque las familias son la unidad productiva y todos deben participar. También sigue siendo frecuente que en los negocios familiares, sean comerciales o de servicio, los miembros de la familia más pequeños estén presentes y participen del trabajo. Ello, en muchas ocasiones, es tomado como parte del proceso educativo (no formal, desde luego), de los menores.

De acuerdo con los números del INEGI, en nuestro país hay aproximadamente 29 millones de niños entre los 5 y los 17 años. Ese grupo poblacional es el que se considera proclive a ser incorporado al trabajo, bajo el concepto de “trabajo infantil”. De hecho 2.2 millones de esos niñas y niños estarían en esa condición actualmente en México. Muchos de ellos lo hacen obteniendo una remuneración y otros no.

Los datos del INEGI se desprenden de la Encuesta Nacional de Trabajo Infantil (elaborada en el año 2019) y confirman que al menos dos millones trabajaron en lo que se clasifica como “actividades no permitidas”, es decir aquellas que la Ley Federal del Trabajo estipula como “riesgosas” para los menores. La edad mínima para trabajar, de acuerdo a dicho ordenamiento, es de 15 años; pero hay actividades y labores que no deben realizar sino hasta los 18. ¿Cuáles? Por ejemplo las que se realizan en horarios nocturnos, las que implican el expendio de bebidas embriagantes o donde hay condiciones insalubres. Bueno, pues de los niños mexicanos que trabajan y que lo hacen en este tipo de labores no permitidas, el INEGI establece que 71.2% son hombres y 28.8%, mujeres. Y, de todos esos, casi el 30% no recibió una paga por su labor, en tanto que 43.5% sí recibió paga y aportó ingresos a su hogar. El resto obtuvo una remuneración pero no aportó a su casa.

Estos datos muy seguramente han sido rebasados por las condiciones derivadas de la pandemia de covid.19, pues es sabido que muchos niños y jóvenes, menores de 17 años, tuvieron que trabajar para apoyar a la economía familiar. Muchas familias se vieron precisadas a vender algo o prestar algún servicio para sobrevivir, pues perdieron su empleo o vieron disminuidos sus sueldos; entonces, otros integrantes del grupo doméstico, entre ellos los menores, tuvieron que apoyar.

Es de sobra conocido que un buen número de quienes son incorporados al mercado laboral desde muy temprana edad lo hacen en condiciones de explotación y, también en muchos casos, son alejados de la educación escolar, limitando de esa manera sus oportunidades de cara al futuro. Bajo esta lógica es que está proscrito el trabajo infantil. Ello es algo específico de nuestra sociedad, de nuestra época. No ha sido así siempre y, de hecho, puede que hayamos escuchado de nuestros padres y abuelos historias sobre que, en su mayoría, tuvieron actividades laborales desde muy temprana edad.

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Crecer trabajando, trabajar para saber lo que cuesta la vida, era algo muy común hasta hace apenas un par de generaciones. No obstante, quienes crecieron bajo esas condiciones tienden a buscar la manera para que sus hijos y nietos no tengan que pasar por eso y, más bien, que fueran a la escuela, que tuvieran una profesión o un nivel de estudios suficiente para conseguir mejores empleos. 

Estamos hablando de la transformación histórica del concepto de infancia. El que hoy se tiene permite pensar a los niños como la etapa en la que se forman futuros buenos ciudadanos. Se ha hecho la apuesta de que ello ocurre si se les brindan elementos como la escuela, la familia, la protección de sus derechos, el cariño y el cuidado. La niñez en la sociedad actual debe estar a salvo de riesgos; uno muy importante es la explotación y el abuso, por ello es que está proscrito el trabajo infantil. Por eso, es “mal visto”, pero en muchas ocasiones tolerado o invisibilizado. Todos hemos visto a los niños en las calles vendiendo o limpiando parabrisas. Nos los topamos ofertando dulces o cuidando borregos. Depende el sitio en el que nos encontremos, pero no hay que esforzarse mucho para verlos. Legal y políticamente es inadmisible, social y culturalmente las cosas son más flexibles o se relativizan. La ley manda, pero la necesidad obliga.