Esta semana iniciaron los cursos en la Universidad Autónoma del Estado de México. Como en los últimos años, este ciclo me he encontrado con aulas llenas cuando acudo a impartir mis cursos. Los jóvenes de nuevo ingreso atiborran las aulas. Las sillas apenas y resultan suficientes para ellos. Los grupos son en promedio de 40 alumnos, pero hay colegas que reportan tener hasta 50 estudiantes en semestres más avanzados, y eso que la licenciatura en Antropología Social no es precisamente de las más demandadas en nuestra UAEMex.
Al ver esos rostros sonrientes, esos cuerpos nerviosos y esas miradas curiosas me resulta complicado pensar que por cada uno de estos estudiantes que se encuentran iniciando una formación profesional hay entre siete y ocho jóvenes que no acuden a la universidad. De acuerdo con la Encuesta Intercensal del INEGI, entre los jóvenes mexicanos que se encuentran en el rango de 20 a 24 años de edad -justo el periodo en que se estudia la universidad- sólo 25.5% acuden a la escuela. El resto se debaten entre el desempleo, la desocupación, los trabajos informales, las labores no remuneradas o el desalentador ocio.
Para estos jóvenes universitarios que se disponen a iniciar una travesía que los conduzca a la promisoria obtención de un título profesional, su posición es un tipo de privilegio, pues en nuestro país 66.8% de los jóvenes que tienen entre 15 y 29 años de edad no acude a la escuela. Y, de el restante 33.2% que sí están todavía en alguna institución educativa, más de la mitad perderá esa condición cuando termine el bachillerato.
Nunca dejará de ser un reto para quien se desempeña como profesor universitario no defraudar las expectativas de quien deposita en la formación disciplinaria las esperanzas de un futuro mejor. Estos jóvenes privilegiados que lograron matricularse en la educación superior pública (incluso muchos de ellos tendiendo que optar por una plan B al no ser admitidos en cierta carrera) desembolsarán, en promedio, unos 30 o 40 mil pesos en colegiaturas a los largo de los años que dura su carrera, aunque el costo de su estancia en la universidad es muy superior y es cubierto con recursos públicos. Por esta razón el reto es mayor: cada alumno que abandona los estudios representa un gasto no productivo.
Del mismo modo, en el México de hoy cada joven estudiante que deja la escuela tiene muy altas posibilidades de poder laborar sólo en el sector informal de la economía: de acuerdo con los registros de este año del INEGI, de los 15 millones de personas jóvenes ocupadas de 15 a 29 años, 59.5% (poco más de 8.9 millones) labora en el sector informal. Los ingresos que perciben estando en ese ámbito económico son realmente pobres: 22% no recibe pago fijo y del 78% que sí percibe ingresos casi un tercio (30.8%) reciben un salario mínimo o menos; 46.6% gana entre uno y dos salrios mínimos y sólo 7.4% percibe tres o más salarios mínimos. Sobra decir que la vulnerabilidad de la población que se ocupa en un empleo informal se manifiesta de varias maneras: carecen de prestaciones laborales, servicios de salud, vacaciones, etc.
Ser universitario hoy en México es un privilegio de pocos. Tener a cargo aunque sea una parte de la formación de los mismo es un desafío como pocos. Con cualquier priviegio viene siempre la responsabilidad y hay que asumirla.


Síguenos