El provocador incansable: así conocen en su tierra a Fernando Vallejo, viejo lobo de mar de las letras hispanoamericanas, quien hace poco publicó “Memorias de un hijueputa”, la historia de un demente dictador que doblegó, humilló y asesinó a decenas de personas, que canceló leyes y derechos y que, al final, abandonó el poder, harto, y dejó algunos folios con sus remembranzas.
Lo mejor y lo peor de Vallejo están aquí: el humor negro, la prosa venenosa y puntillosa, la crítica sesuda y certera de los gobiernos, de la Iglesia católica, de la reproducción humana, de las mujeres (el discurso misógino y misántropo permea en cada página), de la Real Academia Española… clásicas injurias vallejas, a las que se suman Odebrecht y los expresidentes colombianos recientes.
Pero, como diría un cronista de Telerrisa, “esta película ya la vi”: los vituperios, el despotricar contra todo y contra todos (menos contra los animales y los homosexuales) empleando los mismos recursos estilísticos de sus anteriores obras sin reinventarse, sin propuestas generosas y novedosas, hacen parecer que esta novela es un refrito de todo el material precedente del colombiano. Tal vez, si fuera la primera obra que se lee de Vallejo, resultaría más llamativa; es obvio que el autor de más de una docena de novelas sabe bien lo que su público lector añora –añoramos–: la irreverencia, la crudeza coloquial… No obstante, todos los que hemos disfrutado de algunos de sus libros previos nos sentimos defraudados. Se nota la extenuación en la pluma de este “incansable” escritor.
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