Ciudades atrapadas en el miedo
Nadie gobierna verdaderamente donde la ciudadanía vive con miedo constante. Ecatepec, Naucalpan, Cuautitlán Izcalli, Chimalhuacán y Toluca encabezan el listado nacional de percepción de inseguridad en la Encuesta ENSU de junio 2025. Más del 80 % de sus habitantes declara sentirse inseguro en su propio municipio. No por un hecho aislado, sino por una atmósfera que asfixia. No es solo crimen: es abandono. El dato —demoledor— no habla solo de patrullas ausentes o robos al alza, sino de algo más grave: la pérdida del vínculo entre gobierno y ciudadanía. Cuando un municipio aparece año tras año en los primeros lugares de percepción de inseguridad, ya no se trata de percepción: es estructura emocional, experiencia acumulada, biografía del miedo.
¿Es culpa del alcalde? Parcialmente. Ni Ecatepec ni Naucalpan se volvieron peligrosos en tres años. Pero sus actuales gobiernos han hecho poco o nada por revertir la inercia: no han profesionalizado sus policías, no han recuperado el espacio público, no han generado confianza. Y eso también es violencia. Es una violencia institucional que se ejerce por omisión. Cuando el miedo se vuelve costumbre y el gobierno una silueta irrelevante, la pregunta no es quién patrulla, sino quién gobierna. Porque allí donde el Estado no protege, el crimen no invade: simplemente sustituye.
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El miedo no es municipal
Es fácil culpar al alcalde. Tiene nombre, rostro, y la cercanía de lo inmediato. Pero cuando el miedo se vuelve paisaje y no incidente, la responsabilidad se expande. ¿Dónde está el gobierno estatal cuando Toluca aparece entre las diez ciudades más inseguras del país? ¿Qué explicación ofrece la federación cuando la Guardia Nacional patrulla pero no persuade? La inseguridad no respeta niveles de gobierno, y por eso tampoco deberían hacerlo las responsabilidades. El miedo que se vive en Ecatepec o en Chimalhuacán no distingue si la patrulla es municipal, estatal o federal. Solo sabe que llega tarde, si es que llega.
El gobierno estatal presume reducción de delitos, pero calla ante la percepción. El gobierno federal presume presencia territorial, pero sin arraigo comunitario. En ambos casos, lo que falta es pedagogía política: explicar, escuchar, corregir, persistir. Gobernar no es blindar cifras, sino acompañar biografías. Y si la gente se siente más insegura que nunca, aunque los delitos bajen, el problema ya no es el crimen: es la distancia entre el poder y la calle. Porque allí donde la cifra sonríe, pero el miedo permanece, el Estado también ha fracasado.
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El crimen nace donde la justicia no llega
La violencia que azota al Estado de México no brota del azar ni de una supuesta maldad congénita. Tiene raíces claras y profundas: la pobreza estructural, la desigualdad obscena, la precarización del trabajo, el abandono de los territorios y la corrupción que todo lo pudre. No hay seguridad posible cuando más de la mitad de la población vive con lo mínimo, cuando millones de jóvenes ven cancelado el futuro antes de llegar a él, cuando el salario no alcanza ni para sobrevivir y el Estado se presenta solo como fuerza, no como cuidado.
El crimen no se impone por las armas, sino por las condiciones: recluta donde el hambre manda, controla donde no hay ley, y sustituye donde el gobierno se ausenta. Y mientras se sigan tratando los efectos —el delito, el narco, la extorsión— sin atender las causas —la injusticia, el abandono, el desgobierno—, la política de seguridad no será más que una gestión del caos. Allí donde la riqueza se concentra y la miseria se dispersa, la violencia no es falla del sistema: es su lenguaje natural.
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El peón que amenaza a la reina
La gira de “reconocimiento” del senador Higinio Martínez es cualquier cosa menos inocente: un desfile de músculo político, culto a la personalidad y crítica velada a la Cuarta Transformación en Edomex. No menciona a Delfina Gómez, pero la interpelación es directa. ¿Qué hace una gobernadora demócrata frente a un viejo aliado que se disfraza de conciencia crítica, pero actúa como poder alterno?
Desde la sociología política, Higinio juega al liderazgo carismático en oposición al institucional. Desde la teoría de juegos, fuerza una jugada: si Delfina ignora, se debilita; si responde con fuerza, lo victimiza; si lo incorpora, corre el riesgo de legitimarlo. El equilibrio está en el gesto fino: mostrar autoridad sin soberbia, apertura sin sumisión, y sobre todo, dejar claro quién gobierna y para quién. Porque en política, cuando no se marcan los límites, otros los trazan por ti.
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Restaurar el Estado, no filmar un western
La “Operación Liberación” no debe entenderse como el clímax de una cruzada heroica, sino apenas como el primer movimiento de una restauración pendiente. El Estado de derecho no se impone con cateos, ni se mide por decomisos: se construye con permanencia, con instituciones visibles y funcionales, con justicia que llega, con servicios que no fallan. Porque si el Estado aparece una vez, pero luego se retira, lo que deja no es orden: es vacío. Y el vacío ya tiene dueño.
La criminalidad en el sur no es solo fuerza de fuego: es estructura social. Controla mercados, precios, rutas, empleos, afectos. Desarticularla requiere mucho más que policías: se necesita presencia económica, inversión productiva, programas sociales bien diseñados, infraestructura pública, acceso a derechos. Restaurar el Estado es reconstituir el tejido que el crimen suplantó: confianza, seguridad, comunidad. Lo otro —el espectáculo del operativo, los videos de incautaciones, el reparto simbólico— podrá ganar aplausos, pero no territorio.


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