Toluca, Estado de México; 2 de noviembre de 2018. La noche es húmeda y fría pero no solitaria; el camino que lleva al cementerio está transitado por hombres, mujeres, niños y ancianos que se dirigen al panteón como cada noche del primero de noviembre.
Una nube de humo se concentra sobre el terreno lleno de tumbas; el olor a madera quemada se combina con las notas lejanas de un acordeón y una voz que dice “traían las llantas del carro, repletas de marihuana…”

La estridencia de carcajadas espontáneas oculta el sonido de la canción, proviene de un grupo de muchachos, quienes, con un vaso desechable en la mano, rodean una tumba bien arreglada: gladiolas rojas, blancas, nube y pétalos de cempasúchil.

Al lado, una mujer sola sentada en una tumba mira la flama de la cera, tiene un gesto de ausencia; ajena a las risas, a la música, al olor del humo, a la vida: inmóvil, no parpadea, pero sus labios se entreabren, lentamente, como si mantuviera una conversación en un plano intermedio entre este mundo y el de los muertos.
“Ella era de San Antonio…” se escucha otra vez a lo lejos, gracias al viento que trae las notas. Una niña vestida de bruja corre con dificultad por el pasillo angosto, casi inexistente, que hay entre tumba y tumba hasta llegar a los brazos de su madre quien está sentada frente a una fogata.

Una familia se aísla dentro de un toldo azul cubierto con plástico transparente, están juntos, son más de 10 dentro de esta especie de cápsula protectora del frío y de la lluvia fina que empieza a caer.
La luz de las veladoras titila cuando sopla el viento; los acordes cercanos de unas mañanitas atraen las miradas: siete jóvenes alrededor de una tumba entonan la conocida letra.

A traspiés, un hombre intenta avanzar por el pasillo hacia no se sabe dónde, evidentemente ebrio, equivoca el camino seguro y salpica el agua de uno de los tantos charcos que obstaculizan el tránsito ya de por sí difícil.
El frío arrecia y las mujeres que cargan bebés empiezan a levantarse, el movimiento aumenta; la lluvia se intensifica y un par de ceras se apagan con el agua… “sonaron siete balazos”, entona la voz que no ha parado.

La gente se resguarda medianamente bajo los árboles, unos entran a la capilla, otros corren a la entrada sin lograr salir, lo impiden los que se atajan en el pórtico del cementerio; la oscuridad empieza a adueñarse del espacio cuando el agua apaga las velas; se encienden algunas luces de lámpara; los que dormían en el piso se levantan; un grupo de mujeres discute si deben irse o quedarse, el barullo aumenta al compás de la última frase de la canción: “del dinero y Camelia, ya jamás se supo nada…”
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