José Luis Arriaga Ornelas
La semana pasada la OCDE (el llamado club de los países más ricos del mundo) hizo entrega al gobierno mexicano de los resultados de dos estudios que realizó en los últimos años en materia de Educación Superior en nuestro país. Ambos documentos se pueden consultar en el sitio web de la OCDE. Uno de ellos se llama El futuro de la educación en México. Promoviendo calidad y equidad y el otro lleva por título Educación Superior en México. Resultados y relevancia para el mercado laboral. Ambos trabajos fueron pactados con la administración federal anterior, pero a la actual es a la que se entregaron finalmente.
En el evento que se realizó para la presentación de ellos el actual secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, dijo (refiriéndose al segundo de los trabajos) que “pone de relieve que en México no hay una política de Estado en la Educación Superior, ya que el sistema carece de una visión estratégica y coherente, de un marco normativo de referencia común que lo regule de manera integral, adolece de una planeación, carente de mecanismos adecuados para el aseguramiento de la calidad de las instituciones, los programas y los aprendizajes”. En pocas palabras –dijo el titular de la SEP– la Educación Superior en México no está dando los resultados que debería.
Bueno ¿y cuáles son esos resultados? En realidad no es nada nuevo lo que nos presentan los trabajos de la OCDE, pero sí condensan en pocas cuartillas la información que puede encontrarse en múltiples fuentes, correspondientes con investigaciones de varios académicos ocupados del tema. Lo primero que se resalta es el logro de haber ampliado exponencialmente la cobertura: pasando de un cuarto de millón de estudiantes en los años 60’s a casi cinco millones el año pasado. Pero, enseguida vienen los matices de dicho “logro”. Por ejemplo, un primer dato es que 89% de los estudiantes de Educación Superior en México estaban matriculados en programas de licenciatura (frente al promedio de la OCDE del 61%); otro 4.5% estudia algún programa de técnico superior universitario y profesional asociado (frente al promedio de la OCDE del 20.4%); 5.9% en programas de especialización y maestría (frente al promedio de la OCDE del 16%); y sólo 0.9% en programas de doctorado (frente al promedio de la OCDE del 2.4%).
Otro ejemplo es la altísima concentración de estudiantes en dos áreas de estudio: Derecho y Administración de Empresas: 35.1% de los estudiantes que se incorporan al nivel superior lo hacen para estudiar una de esas dos carreras. Le siguen en número de matriculados, con 24.4%, Ingeniería, Industria y Construcción. Los programas de Salud y Bienestar también son relativamente comunes entre quien puede matricularse en una universidad (10.1%). En contraste, las Ciencias Naturales, Matemáticas y Estadística, junto con las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), muestran proporciones bajas de matriculados en México (3.1% y 1.9%, respectivamente), muy inferiores a los promedios de la OCDE (6.5% y 4.6%).
Algo más que nos recuerdan estos estudios es que en la actualidad México tiene la proporción más baja entre los países de la OCDE de adultos (25-64 años) con un título de educación superior (17%), una cifra muy inferior al promedio de la OCDE (37%), y por debajo de otros países de la región, tales como Chile (23%), Colombia (23%), Costa Rica (23%) o Argentina (21%).
Lo anterior no obstante que durante los últimos 16 años la proporción de adultos jóvenes que han finalizado la educación superior pasó del 17% al 23%. Si se mantienen los patrones actuales, se prevé que el 26% de los jóvenes mexicanos obtengan un título de educación superior en algún momento de su vida –proyecta la OCDE. Pero los problemas empiezan –subraya el estudio sobre Educación Superior– cuando cada año más de medio millón de egresados entran al mercado laboral.
“Hallar un empleo –dice la OCDE– puede ser más difícil para los egresados de educación superior jóvenes (25-34 años) en México que para sus homólogos en otros países de la OCDE. La contratación de egresados jóvenes en México (80.7%) es inferior al promedio de la OCDE del 84.1%”. Lo anterior tiene relación con el hecho de que los egresados de Educación Superior son “cada vez más emprendedores”, pues parece que al no encontrar un lugar para desarrollarse profesionalmente deciden autoemplearse o emprender negocios propios: entre 2010 y 2017, la proporción de egresados jóvenes que eran trabajadores por cuenta propia o dirigían un negocio que empleaba a terceros, aumentó del 12.7% al 13.8%. Los campos de estudio con las “tasas de emprendedores más altas son artes y humanidades, agricultura e ingeniería”.
Los estudios de la OCDE concluyen que sigue siendo cierto que tener estudios superiores es una ventaja en el mercado laboral, pues los egresados de institutos y universidades obtienen un mayor ingreso que quienes sólo cuentan con educación básica, pero agrega que “las condiciones de trabajo han empeorado en la última década y los trabajadores jóvenes con estudios superiores enfrentan dos problemas persistentes y de gran importancia que indican un uso ineficiente de sus competencias: la informalidad y la sobre-cualificación”.
Desde luego que la OCDE cierra estos dos trabajos recomendando que la Educación Superior en México debe “ajustarse” para conseguir alinearse mejor con “las necesidades cambiantes de la economía”, porque siempre tiene ese sezgo de buscar más productividad y competitividad sobre todas las cosas, pero también considero que debe contemplarse la contribución que la Educación Superior puede hacer para formar mejores seres humanos, con capacidades de construir sociedad, de tener empatía con los otros, capacidades de diálogo y con voluntad de participación civil.


Síguenos