¿Nuestra sociedad, un sistema de castas?

A finales del año pasado el INEGI aplicó una encuesta en más de 32 mil hogares de todo el país con la intención de medir la movilidad social de los mexicanos. Es decir, saber qué tanto una generación supera a su antecesora en lo que respecta a nivel educativo y económico. Los resultados los presentó hace algunos días y vale la pena revisarlos y esbozar algunas reflexiones sobre ellos, porque ayudan a entender buena parte de las dinámicas sociales y ocupacionales en nuestra nación. La encuesta tenía básicamente el objetivo de entrevistar a personas de entre 25 y 64 años
junio 22, 2017

A finales del año pasado el INEGI aplicó una encuesta en más de 32 mil hogares de todo el país con la intención de medir la movilidad social de los mexicanos. Es decir, saber qué tanto una generación supera a su antecesora en lo que respecta a nivel educativo y económico. Los resultados los presentó hace algunos días y vale la pena revisarlos y esbozar algunas reflexiones sobre ellos, porque ayudan a entender buena parte de las dinámicas sociales y ocupacionales en nuestra nación.

La encuesta tenía básicamente el objetivo de entrevistar a personas de entre 25 y 64 años de edad y preguntarles cosas respecto a su nivel de estudios, su ocupación y cómo perciben su situación económica. Esta es, entonces, una encuesta que nos refleja la condición de los que no somos milenials, los que no nacimos en la última década del siglo XX o en el presente siglo XXI. Entonces, las preguntas fueron: por un lado, respecto a quién era el proveedor en la casa cuando la persona encuestada era un adolescente (a los 14 años), qué nivel de estudios tenían sus padres y a qué se dedicaban; por el otro lado, se les preguntó cómo se autoperciben en términos de su situación económica.

Los resultados más relevantes indican que 2 de cada tres de las personas que actualmente tienen entre 25 y 64 años lograron superar el nivel escolar que tenía su padre y su madre, independientemente de quién de los dos haya sido el principal proveedor en la casa. Esto quiere decir que, sin duda, hay una creencia ya absolutamente arraigada en nuestra sociedad de que los hijos deben estudiar y los padres se empeñan en ello, pensando en que al menos esa herencia pueden dejar a sus hijos: "la escuela".

Sin embargo, cuando se dice que la mayoría logró superar el nivel escolar de sus padres surge la duda sobre hasta qué nivel llegaron. Bueno, pues el estudio revela que la mayor parte de los hogares en que vivieron los encuestados eran sostenidos por el papá (2 de cada tres hogares), madres proveedoras sólo tuvieron 14% y sólo uno de cada 10 hogares estaba caracterizado porque tanto padre como madre proveían por igual los recursos para la manutención. Entonces, cuando el papá era el proveedor 38 por ciento de sus hijos llegó hasta la prepa o hasta la educación superior; la cifra es un poco mayor (39%) cuando la que mantenía la casa era la madre; y los porcentajes bajan mucho cuando la manutención corría a cargo de otra persona, pariente o no, pues sólo 25% llegó hasta la educación media superior y 14% al nivel superior.

Lo que nos esboza la encuesta, pues, es que los que no somos millenials alcanzamos niveles superiores de estudios que nuestros padres, en buena medida porque ellos a duras penas habían terminado la primaria y en contados casos la secundaria. Y gracias a ello -revelaría la opinión recabada por la encuesta- más de la mitad de las personas (56%) considera que su situación económica es mejor que la que tenía el hogar donde creció.

Pero hay más datos interesantes, que matizan un poco qué tanta posibilidad de ascenso social tienen las personas realmente en nuestro país. El primer dato que reporta el INEGI es este: "cuando el proveedor económico tuvo una ocupación de alta calificación (funcionarios, directores, jefes, profesionistas y técnicos) 50% de los dependientes económicos están activos en ocupación con el mismo nivel de calificación". Esto habla de una especie de casta que coparía al menos la mitad de los lugares de alta calificación, dejando el resto para ser "disputado" por quienes proviniendo de hogares más modestos aspiran a llegar a esos niveles.

Confirmando lo anterior está el dato de que "mientras más oscuro es el color de piel, los porcentajes de personas ocupadas en actividades de mayor calificación se reducen. Cuando los tonos de piel se vuelven más claros, los porcentajes de ocupados en actividades de media y alta calificación se incrementan". Así es, el INEGI pidió a las personas encuestadas que identificaran su color de piel dentro de una escala de 11 tonalidades y resulta que entre más morenos se saben, también coincide en que aprecian que su situación económica no es mejor que la de sus padres; y, a la inversa, mientras más "güeritos", mejor situación.

En suma, este ejercicio estadístico nos refleja que quienes componen actualmente el grueso de la Población Económicamente Activa en el país tienen más altos niveles de estudios que la generación precedente, lo cual estiman que les ha ayudado a vivir mejor, pero sigue habiendo una clara desigualdad de oportunidades reales para ascender en la escala social, porque la nuestra es una sociedad con una especie de sistema de castas, en donde el linaje, el lugar de origen y hasta el tono de piel terminan por ubicar a los que tienen cierto apellido y cierta apariencia en mejores lugares que aquellos otros que luchan por mejores oportunidades viniendo desde mero abajo.

Quiérase o no, la discriminación está también fuertemente arraigada en México y eso termina por ser factor que impide romper círculos de pobreza, exclusión y desigualdad intergeneracionalmente. La igualdad de oportunidades termina por ser mera apariencia y los programas diseñados por el Estado para combatir la pobreza, la desigualdad, la marginación, etc. no toman en cuenta esto, por ello los resultados son tan desastrosos hasta ahora.

 

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