Nuevos rostros de la censura

YouTube es una de las plataformas más empleadas por los usuarios de internet. Esta red social de contenido multimedia se ha convertido en fuente de información para casi todo mundo.
marzo 22, 2021

Una de las potencialidades de la internet es la democratización del acceso a la información. Desde su creación hace algunos años, la red de redes se ofrecía como la posibilidad de horizontalizar los procesos: que todo mundo pudiera tener acceso a la información sin mayor mediación que la de su dispositivo conectado a la red. Más tarde la promesa se amplió: que cualquiera pudiera producir y difundir contenidos. El resultado, al cabo de algunas décadas, ha sido un ecosistema informativo en el que hay algunos gigantes que proveen las plataformas para que la gente produzca y difunda, pero que ejercen también la facultad de censurar.

Ya en otras ocasiones hemos hablado de cómo lo técnico se vuelve político. En la medida que esas plataformas se han erigido en arena en la que se debaten los asuntos públicos, nos encontramos en medio de un proceso de privatización del espacio donde expresamos nuestras opiniones. Al ser un espacio privado, sus propietarios tienen la facultad de permitir o no que algo se publique.

YouTube es una de las plataformas más empleadas por los usuarios de internet. Millones de videos son vistos cada minuto y otro tanto son subidos por miles y miles de usuarios. Esta red social de contenido multimedia se ha convertido en fuente de información para casi todo mundo. Los Youtuberos son hoy en día personas sumamente influyentes; hay videos con tal cantidad de reproducciones en todo el mundo que se pueden tomar como síntoma de una globalización de los patrones de consumo informativo; hay canales que aglutinan a millones de espectadores, conformando verdaderas comunidades de recepción. En fin, la centralidad que ha alcanzado YouTube en la vida del mundo contemporáneo es tal que ahí se construye la narrativa de nuestros tiempos.

En torno de uno de los temas de más acuciante actualidad, la pandemia de Covid-19, YouTube ha decidido que cierto tipo de información no sea difundida

La pluralidad tendría que ser uno de los signos de dicha narrativa, sin embargo, parece que la misma plataforma ha decidido que no sea así. En torno de uno de los temas de más acuciante actualidad, la pandemia de Covid-19, YouTube ha decidido que cierto tipo de información no sea difundida. Así es, en los últimos meses ha eliminado aproximadamente ochenta mil videos que ofrecían información que no se ajusta a la versión de la Organización Mundial de la Salud.

El sistema de “moderación de contenidos” de esta plataforma ha duplicado sus esfuerzos por etiquetar, revisar y en su caso eliminar videos, así como sancionar o cancelar cuentas de aquellos cuyo contenido no puede ser verificado, es erróneo o discordante con los informes oficiales. En el saco de los videos eliminados hay de todo: desde los contenidos conspiracionistas hasta los detractores de las medidas sanitarias y los antivacunas, incluyendo parodias o videos de humor. También están los videos de curas milagrosas o de aquellas personas que se oponen a las medidas de contención de los contagios (incluidos médicos o “especialistas” en la materia), entre otros.

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Desde hace un año YouTube clasificó la pandemia como “evento delicado” (criterio aplicable a contenido especialmente vigilado por la plataforma), lo cual, entre otras cosas impedía monetizar aquellos videos que trataran el tema (es decir, impide obtener dinero a partir del volumen de reproducciones). Pero en los últimos meses se propuso con mayor denuedo eliminar contenido y sancionar cuentas.

La censura hoy tiene un rostro distinto al que se correspondía con los aparatos estatales y la prensa. En nuestro tiempo no sólo los periodistas pueden acusar el haber sido objeto de censura y ya no es sólo el gobierno a quien se puede señalar como responsable. Se trata de un escenario distinto, el último eslabón en las cadenas tróficas del ecosistema informativo es el ciudadano, la gente que, sin ser periodista, actor o político, confecciona un discurso que pretende difundir con la intencionalidad de influir en los demás. Esas personas, esos internautas, esos actores sociales no convencionales, están aprendiendo a lidiar con los aparatos censores.

Algunos de dichos censores no son siquiera personas, sino algoritmos de la plataforma. Hay nuevos mecanismos que vigilan y sancionan. Se requieren nuevas lógicas para abordar el tema de la libertad de expresión. Tenemos ahora en escena actores que son casi omnipresentes en términos informativos (YouTube, Facebook y otros), pero son entes privados, no sujetos a las reglas de las instituciones públicas. Igualmente, sus políticas de contenido son meras opiniones, no reglas o normatividad, por lo cual es casi imposible defenderse jurídicamente contra un acto de censura de su parte.

Aunado a lo anterior, debe destacarse que los criterios de plataformas como YouTube para censurar contenido tienen mucho más que ver con su imagen corporativa que con el interés público. Está inspirada más por el dinero (no ahuyentar a los anunciantes o impedir que se devalúen las acciones de la empresa en la bolsa de valores) que por el bien colectivo. Son nuevos tiempos, la censura tiene otros rostros y hasta las redes con amplias potencialidades democratizadoras están sujetas al imperio de lo monetario.

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