El bisturí no atraviesa el caos
El sistema de salud del Estado de México no está paralizado. Hay clínicas que funcionan, médicos que atienden y pacientes que reciben tratamiento, aunque no sin dificultades. Lo que sí hay es desorganización, malestar laboral y una transición desaseada hacia el modelo IMSS-Bienestar. Las voces que denuncian un colapso absoluto exageran, quizá por frustración, quizá por estrategia, pero lo cierto es que el apocalipsis no ha llegado. Lo que tenemos es un cuerpo institucional febril, con síntomas que evidencian tanto el desgaste del modelo anterior como los errores de implementación del nuevo. La falta de información, la incertidumbre jurídica y la nula interlocución de la secretaria Macarena Montoya alimentan la desconfianza. No es un sistema quebrado, pero tampoco saludable. Y si no se escucha a los trabajadores —los de a pie, no los caciques— el diagnóstico no servirá de nada.
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Barbacoa con sabor a regreso
Claro que los políticos tienen derecho a una vida privada. Faltaba más. Pueden comer, reír, abrazarse y hasta brindar… siempre que no lo hagan todos juntos y con semejantes prontuarios en la mesa. Porque una cosa es el apetito y otra el descaro. Difícil no levantar cejas cuando se ve compartiendo tortillas a José Manzur, Isidro Pastor y Aarón Urbina —viejos conocidos, presuntamente distanciados— en una misma mesa. O cuando días después aparece el mismo Manzur, como anfitrión infatigable, ahora rodeado por Enrique Vargas, Fernando Flores y Juan Pedro García. ¿Reencuentro de amigos? ¿Asamblea de malas reputaciones? ¿Ensayo general para el 2027? Lo cierto es que, si querían pasar inadvertidos, eligieron el peor lugar: la política huele la barbacoa como los sabuesos huelen el miedo.
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El enjambre no es homogéneo
Sería un despropósito deslegitimar el movimiento estudiantil que ha irrumpido en la vida pública universitaria con fuerza simbólica e histórica. Pero tampoco ayudaría idealizarlo. Como todo fenómeno social complejo, está atravesado por tensiones internas, disputas por la representación y una creciente pluralidad de voces que no siempre encuentran cauces institucionales. En los últimos días, estudiantes de la Escuela de Artes han hecho públicas sus críticas: denuncian prácticas autoritarias en ciertas asambleas, formas de exclusión soterrada y la imposición de liderazgos unilaterales que contradicen el espíritu horizontal del movimiento. Las redes sociales, lejos de amplificar una sola narrativa, están visibilizando una disonancia que no es signo de debilidad, sino de maduración política. Como en todo enjambre, hay trayectorias distintas: quienes trabajan por transformar, quienes administran el caos, y quienes intentan capitalizarlo. La clave no está en el juicio moral, sino en la comprensión sociológica de esa dinámica interna.
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El amague tricolor
Cada vez que el PRI mexiquense declara que irá solo en 2027, hay que respirar hondo y no reír. No por respeto, sino por cautela: los desplantes en política suelen decir más del tamaño del miedo que del tamaño de la fuerza. ¿De verdad el priismo local cree que puede competir sin el PAN, o se trata de un berrinche para ganar atención en una mesa que ya no encabeza? ¿Alguien en Toluca —con una calculadora en la mano y los pies en la tierra— apuesta en serio por la autosuficiencia electoral del tricolor? La aritmética es cruel: PRI, PAN y PRD ya no se alían para ganar, sino para no desaparecer. El verdadero rival no es Morena —que juega en otra liga— sino Movimiento Ciudadano, que amenaza con quedarse con los pocos votos urbanos que aún conservan. Lo que vemos hoy no es estrategia, es teatro de supervivencia. Un ensayo general para fingir dignidad antes de firmar, otra vez, la alianza del miedo.
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La pobreza del ocio
Toluca no tiene playa, pero eso no explica por qué su oferta cultural parece un páramo. Lo preocupante no es que la gente pase sus tardes en centros comerciales, sino que no tenga muchas otras opciones. El consumismo ha sido convertido en política pública: se inauguran plazas, se presume el crecimiento del “entretenimiento” privado y se descuidan los espacios verdes, los foros culturales, los parques, los teatros comunitarios. La cartelera comercial manda. Y lo hace no por demanda, sino por abandono: en esta ciudad, la posibilidad de esparcimiento crítico, creativo o comunitario ha sido desplazada por el ocio encapsulado. El daño es profundo: una sociedad sin arte ni espacio para imaginarse distinta termina aceptando la realidad tal como se la venden. ¿Es casual que los gobiernos inviertan más en centros de convenciones que en centros culturales? ¿O es parte del modelo que prefiere ciudadanos distraídos antes que ciudadanos pensantes?


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