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¿Pausa a la globalización?

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¿Pausa a la globalización?

Sobre todo en el último trecho del siglo pasado, el libre mercado fue la regla de oro. No había herramienta más potente para orientar las decisiones

Una de las lecciones más difíciles de aprender es lo que la historia nos enseña. Es casi lugar común señalar que quien no conoce la historia está condenado a repetirla. Lo cierto es que siempre es indispensable el pasado para tomar decisiones en el presente. Como todos saben, el mundo se recompuso tras la Segunda Guerra Mundial. Los países vencedores de tal conflagración establecieron una serie de reglas y construyeron algunas estructuras para hacer que el mundo funcionara de una cierta manera. Ello dio como resultado un planeta bipolar y una condición de tensiones permanentes a la que se conoce como Guerra Fría.

Esta etapa de la historia tenía como característica el peso específico que la ideología y la política tenían en materia económica; habiendo dos grandes polos atractores: los Estados Unidos de América y la Unión Soviética. Ello se acabó cuando esta última colapsó, se vino abajo el muro de Berlín y se declaró al libre mercado como único criterio válido para tomar decisiones económicas. Fue la inauguración de la era neoliberal.

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Sobre todo en el último trecho del siglo pasado, el libre mercado fue la regla de oro. No había herramienta más potente para orientar las decisiones de todos los países que el sistema de precios. Es la oferta y la demanda, se argumentaba. La que puede proveer y procesar la información acerca de qué producir, en qué cantidades, por cuánto tiempo y dónde está la gente que lo requiere y está dispuesta a pagar por ello.

Fue bajo estas nuevas condiciones que, por ejemplo, vimos a China y a Rusia abrir sus mercados, comprar y vender globalmente. El curso del mundo estaba casi en piloto automático hacia el libre mercado total. Por lo menos un cuarto de siglo llevamos así, con tratados de libre comercio, con reducción o dilución de aranceles, con libre circulación de dinero y mercancías por todos lados.

Las empresas globales, además, se vieron potenciadas por las nuevas redes de comunicación que interconectan ya a todos los rincones del planeta. Pero todo ello está, probablemente, a punto de cambiar. ¿Por qué? Hay algunas señales —emitidas la semana pasada— que permiten aventurar la hipótesis de que alguien apagó el piloto automático y que está volviendo a tomar peso la política (en particular la geopolítica) para poner freno al neoliberalismo rampante.

La semana pasada Rusia fue expulsada del Consejo de Derechos Humanos de la ONU y los Estados Unidos le retiró el estatus de Nación Más Favorecida. Esto apunta directamente a dos de los cuatro pilares que sostienen la globalización: la ideología de los derechos humanos y la economía de mercado capitalista —las otras dos son la producción industrial en masa y la democracia como sistema de gobierno. Así es, Rusia, a raíz de su conflicto con Ucrania, ha venido siendo acusada, condenada, denostada y marginada de espacios propios del mundo global.

Supimos, desde hace ya varias semanas, que muchas empresas globales anunciaron suspensión de actividades en territorio ruso. Y, ahora, con el retiro de su etiqueta de Nación Más Favorecida, se le excluye de beneficios de la Organización Mundial de Comercio. Ello podría traer problemas fuertes, como disrupciones en las cadenas de suministro. Sobre todo porque en el mundo global esa es una dinámica: productos y servicios de distintas partes del planeta se suman a una cadena cuyo último eslabón es la venta de mercancías. Sin el gas ruso, por ejemplo, empresas asentadas en Europa no pueden seguir produciendo al ritmo que lo venían haciendo y con ello trastocan los ritmos de empresas de otras naciones que les venden componentes o material. Todo se altera.

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Y, por el otro lado, con el estigma puesto a Rusia como violador de derechos humanos, en automático se le excluye de las dinámicas internacionales que se convierten en visto bueno (o no) para seguir en el juego de la globalización.

Como ocurre en este mundo global en el que vivimos, las consecuencias de tales medidas no sólo serán para Rusia y esa región del mundo. Tarde o temprano nos llegarán acá en forma de disrupción en las cadenas de suministro, escasez de productos e inflación. Además, es un llamado de atención sobe el rumbo que podría tomar el mundo a partir de ahora. Quizá nos coloque en condiciones en las que el libre mercado ya no esté en piloto automático.