Popocatépetl. El riesgo

Toluca, México; 9 de enero de 2018. En las faldas de un impetuoso volcán se miran cabañas de madera quebrada, fumarolas kilométricas se elevan sobre poblados enteros; la fe y la esperanza se arraiga en las miradas profundas de los más viejos. El frío, el humo y el misticismo se elevan a cinco mil 426 metros; el Popocatétl se alza majestuoso entre los límites del Estado de México, Puebla y Morelos. En la entidad, Atlautla, Ecatzingo y Amecameca perciben las fumarolas; Tetela del Volcán en Morelos se esconde entre las faldas, Huejotzingo, San Salvador el Verde, Domingo Arenas, San Nicolás de los Ranchos y Tochimilco, municipios pertenecientes a
enero 9, 2019

Toluca, México; 9 de enero de 2018. En las faldas de un impetuoso volcán se miran cabañas de madera quebrada, fumarolas kilométricas se elevan sobre poblados enteros; la fe y la esperanza se arraiga en las miradas profundas de los más viejos.

El frío, el humo y el misticismo se elevan a cinco mil 426 metros; el Popocatétl se alza majestuoso entre los límites del Estado de México, Puebla y Morelos. En la entidad, Atlautla, Ecatzingo y Amecameca perciben las fumarolas; Tetela del Volcán en Morelos se esconde entre las faldas, Huejotzingo, San Salvador el Verde, Domingo Arenas, San Nicolás de los Ranchos y Tochimilco, municipios pertenecientes a Puebla.

A pesar de los riesgos, una población se mantiene firme al designio de la madre tierra. Doña Gloria es conocida por turistas y habitantes de Amecameca, lleva más de treinta años cortando hongos y preparando quesadillas a la falda del volcán, cuando murió su esposo se rehusó a salir de su hogar, contempla a los automovilistas que suben; conoce al ejército, los saluda, les pide un aventón.

Afirma tenerle fe a Don Goyo y un especial cariño por los años de convivencia, recuerda con tristeza aquella vez que fueron evacuados y llevados al municipio de Chalco en 2016, es originaria de San Pedro Nechapa, municipio de Atlauta, Estado de México y carga 70 años sobre sus hombros; la mujer insiste en haber sido la única en haber observado a los “ovnis” salir del cráter del volcán, minutos después de la explosión que cimbró el aliento de 380 mil personas: “los vi salir con sus luces de colores, fui la única en verlos”, en su rostro se pigmentan nuevos matices, pues sus relatos son dignos de asombro e incredibilidad; desde ese día, la mujer indica que no tiene miedo, ahora observa al volcán y sabe que alguien más lo está mirando.

El recuerdo que retumba en su pecho es el de la ocasión en que la “montaña humeante” no les avisó del terremoto que conmocionó al país; el 19 de septiembre del 2017, los pobladores recibieron el estallido de la tierra, pero no el del coloso que recubre sus casas, indican que el volcán avisa sobre las inclemencias del tiempo y los futuros desastres, “truena y avisa” según las palabras de la mujer.

Ese día después de que la tierra fuera sacudida, el volcán “tronó” y el miedo paralizó alos cuerpos de quienes venden, viven y sueñan, tal y como lo hace la mujer dormida. 

 

 

El frío parece no importarles, sus abuelos, padres y ahora ellos continúan con un  legado cultural a punto de extinguirse, la soledad de aquellos que tienen cicatrices, quemaduras y arrugas en sus manos es el refugio esperanzador para quienes no se hallan en otro lado.

Ángela vende elotes preparados con permiso de las autoridades, “solo yo, los demás están prohibidos”, bajo esa consigna la mujer corta la leña, sus manos temblorosas apenas sostienen el fósforo que alimenta el fuego de sus ventas.

Según su versión, lleva más de 100 años vendiendo en ese sitio, se pronunció en contra del miedo y señaló con ternura al Iztaccihuatl. Recuerda vagamente aquella vez que los militares “nos bajaron a Chalco”, la comida estaba batida, los niños lloraban y la mayoría quería ver como estaban sus casas, de esta forma recordó las medidas de precaución de los elementos de seguridad pública.

Las paredes de madera se protegen de las heladas usando cartón y plástico, mientras que las fogatas y asadores encienden la esperanza de las viejas cabañas, donde las imágenes religiosas son el recuerdo fidedigno de la fe católica. Doña Leo y su esposo Prisciliano venden quesadillas los fines de semana; su casa de madera y teja blanqueada luce desértica entre semana, sin embargo, afirman gustosos que la venta se eleva cuando la nieve llega al volcán, filas interminables de vehículos esperan pasar con la finalidad de obtener una postal. Filas interminables de autos descienden sin mirar a los que nunca desaparecen.

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