Qatar, el mundial al que no quería venir

Qatar, el mundial al que no quería venir
Hoy me voy a permitir hacer con ustedes una “catarsis” profesional y personal, así que estimado lector de antemano le ruego, me disculpe

Apariciones

Para un periodista deportivo, cubrir un Mundial de Futbol o unos Juegos Olímpicos es un sueño cumplido, un objetivo, una meta. Es como tener el privilegio de disputar una Copa del Mundo representando a tu país. Seguramente algunos lo hacemos peor que otros porque –como todo en la vida– en los oficios y trabajos siempre habrá mejores y peores que tú. Solo te puedes sentir mediocre si en ese esfuerzo final no hubieras dado lo mejor de ti para satisfacer a tus lectores, a tus radioescuchas o tus televidentes.

Qatar 2022 significa para este veterano periodista sub-60 la cobertura novena en su trayectoria. Un mundial que será diferente, muy distinto a todos los anteriores. Hoy me voy a permitir hacer con ustedes una “catarsis” profesional y personal, así que estimado lector de antemano le ruego, me disculpe.

Catarsis

Aunque usted no lo crea, siempre que termino de escribir una columna o reportaje –sin pretender tener la razón absoluta– los releo. Así suelo imaginarme que soy el lector que está leyendo el escrito; trato de imaginarme su sentir, su alegría o su enojo y así, casi sin quererlo, logro tener una especie de conexión interior con ustedes, digamos que es una confesión de mi parte.

Estoy cierto de que no siempre lo logro. En muchas ocasiones quizá consiga hacerlos coincidir conmigo y lograr empatía con lo escrito. En muchas otras, tal vez provoque enojo y en otras seguramente me he ganado muchas mentadas de madre. Sin embargo, esa sinergia y diversidad de emociones entre el que escribe y el que me lee o me escucha significa mucho para mí. Es una catarsis, un desahogo y hoy, en lo personal, me veo en la necesidad de hacerlo.

Motivos

Voy en camino a Qatar, un mundial al que hubiera deseado jamás venir. Luego de esta afirmación, entonces muchos de mis haters dirán: ‘¡para qué chingaos vas entonces!’ Por ello trataré de explicarme contándoles una vivencia muy personal. Este mundial será el primero en mi vida en el cual mi héroe, mi gurú, mi cómplice, mi confidente, mi mejor amigo, mi banco, mi mejor fan y más acérrimo crítico ya no estará conmigo. Todo eso y mucho más significa en mi vida mi hermano mayor.

Todos en la vida real tenemos un héroe. Aunque pensándolo bien, más que eso, yo en realidad tuve a un verdadero ángel de la guarda que se hizo presente para guiar mis pasos. Apoyándonos, para ayudarnos a cumplir nuestros sueños, para corregirnos y llamar nuestra atención cuando en el camino de la vida perdimos el rumbo.

Yo tuve y tengo el enorme privilegio de haber tenido uno de más, además de mis padres. En la vida terrenal él se llamaba Juan José, pero todos los que lo conocimos le decíamos cariñosamente “Juanjo”. Él era el hermano mayor de los seis hijos que procreó la familia Suárez Mercado. Fue él quien me heredó el amor irredento a las Chivas, no lo culpo. Él –por su edad– disfrutó del privilegio de atestiguar y disfrutar las victorias y títulos del mejor y el equipo más dominante en la historia del futbol mexicano.

Herencia Chiva

Sí, mi hermano Juanjo tuvo el enorme privilegio de ver y disfrutar aquel “Campeonísimo” de la década de los sesenta. Aquellas Chivas de “Chava” Reyes, Héctor Hernández, Sabas Ponce, Jaime “tubo” Gómez, “Chololo” Díaz, “Tigre” Sepúlveda, “Jamaicón” Villegas, entre muchos otros.

En cambio, a mí una década después –cuando por su herencia y legado ya le iba a las Chivas teniendo ya algún uso de razón– me tocó ver y padecer. Chutarme puros jugadores que eran como un “retazo con hueso” comparados con la calidad de filete que tuvo “el campeonísimo”. A mí me tocó ver a las Chivas del “¨Coco” Rodriguez, “Pititos” Torres, Aurelio Martínez, “Coruña” Chavarría, Belisario López, Hans Friessen, Vicente Mata, Juan Manuel Olague, “Willy” Gómez, entre muchos otros jugadores bastante medianos, pero que aún los recuerdo, no con alegría sino con una especie de fervor masoquista porque me tocaron épocas muy malas en aquellos años setenta.

Pero ni de eso puedo culpar a Juanjo. Al contrario, me enseñó que la pasión y el amor no siempre van de la mano con el éxito y el poderío económico. Que al equipo se le apoya aún en las malas, pero siempre se le va a exigir más que al resto, porque la grandeza es sinónimo de exigencia, aun en los peores momentos y circunstancias.

Mi mejor fan

Estoy cierto que nada de lo bueno o regular que ha sido mi vida como periodista hubiera sido posible sin el apoyo de Juanjo. Al lado de él, sentado en el viejo sillón de la sala de mi abuela gritamos furibundos el gol del “Halcón” Peña al anotar aquel penal ante Bélgica en el mundial del 70. Fue tanta nuestra emoción que casi tiramos el vetusto televisor blanco y negro Stromberg Carlson, que hizo tantas veces de nuestro estadio Azteca, tantos y tantos domingos.

Fue Juanjo quien convenció a nuestra madre para que me dejara probar fortuna en las fuerzas básicas del Toluca, comprometiéndose a pagar mis gastos, viviendo en la ciudad donde él estudiaba y trabajaba. Ahí me llevó y compartimos departamento, habitación y sueños. Él era mi mejor o quizá mi único fan cuando don Roberto Matosas nos dijo que había pasado la prueba, que tenía condiciones y luego con el tiempo le dijo que me integrarían a la reserva especial. Recuerdo cómo me abrazó y lloró de la emoción al escuchar la noticia.

A Juanjo NO le importó quitarse el pan de la boca, dejar de comprarse ropa nueva o salir con los amigos para apoyarme económicamente a perseguir mis sueños. Lo mismo en Toluca que cuando me tocó ir a jugar en la reserva del Monterrey o luego al Zacatepec, que dirigía en aquel entonces el mítico Pedro “El 7 pulmones” Nájera. Siempre lo hizo, sin reclamo alguno, incluso cuando comprendimos que nuestras facultades estaban muy lejos de competir con las de Pablo Larios y hubo que abandonar los sueños de futbolista para buscar un mejor futuro y reintegrarse a la universidad de tiempo completo para estudiar la carrera de leyes.

Mis mundiales

Después, cuando por casualidad o accidente la vida me llevó a reencontrarme con mi amado futbol –ahora en el oficio de reportero o periodista– Juanjo se volvió a convertir en mi mejor fan y mi más severo crítico. Agradezco a Dios que bendiga los malos gustos de mi hermano Juanjo, porque no se perdió ninguno de mis reportajes, ninguna de mis columnas, ninguna de mis entrevistas, ni siquiera las peores.

Cuando viajé para cubrir como periodista mi primera Copa del Mundo rumbo a Italia 1990, él me llevó al aeropuerto y antes de ingresar a la sala de abordaje me dio una pequeña carterita de piel que tenía doblados 400 dólares por si “algo se ofrecía”. Dinero que –supe después– había estado ahorrando para cambiar de coche, pues finalmente había decidido vender su amado Valiant Acapulco 1967 que le regaló mi padre. En ese momento y después no me lo dijo, ni jamás me lo echó en cara, fue su amigo Jesús “el gemelo” quien me lo confesó frente a él, muchos años después.

The Beatles, promesa cumplida

Desde aquella primera cobertura de un mundial en 1990 hasta el último, su apoyo fue irrestricto, no se perdió uno solo siempre viéndome, leyéndome, aplaudiéndome o criticándome alguna nota o reportaje. Juanjo siempre estuvo ahí. Cómo olvidarme también del inmenso amor por sus “Beatles”. En una de tantas tardes que en nuestro pueblo atendíamos un negocio familiar –una discoteca donde vendíamos acetatos– recuerdo que escuchábamos las canciones del “álbum blanco” de aquel cuarteto de Liverpool, cuando me dijo: «Un día iremos a ver un concierto de ellos, ¡te lo prometo!». Juanjo diría hasta rezaba porque The Beatles se volvieran a reunir, pues se habían separado, algo que lamentablemente jamás sucedió.

Sin embargo, muchas décadas después de aquella promesa, un día me invitó a su casa a ver un juego de las Chivas, y en el medio tiempo, me preparó un tequila. Me lo llevó a la mesa de su sala de televisión y me puso enfrente los boletos para ver el concierto de Paul McCartney en México. “No puedo a revivir a Jhon Lenon, pero vamos a ir a ver al mejor que queda de los Beatles… Tómalo como el pago parcial de la promesa que hicimos cuando éramos chavos”, me dijo. A mí, la verdad se me había olvidado, a él jamás y lo cumplió en el 2010.

Fuimos a ver a Paul McCartney junto a su adorada Lulis y sus tres hijos; Juan José, Luigui –hoy una gran estrella del doblaje en América Latina– y Germán Gabriel. Estaba extasiado, pleno, inmensamente feliz: “Ahora sí, ya me puedo morir», nos dijo al borde del llanto. Afortunadamente, la vida nos los dejó muchos años más.

Día maldito

Justo hace tres años, me llamó por teléfono, me invitó a su casa a ver un juego y ahí, al medio tiempo, me dijo que tenía que decirme algo muy importante. Ahí recibí la peor noticia de mi vida. Me confesó que le habían detectado síndrome mielodisplásico, una variante y prima hermana de la leucemia que ataca la medula y que impide la creación de hemoglobina. Me pidió que le guardara el secreto con mis hermanos hasta que le confirmaran la noticia con otro estudio.

No sé cómo aguante las lágrimas por el inmenso dolor, pero ahí le prometí que no dejaríamos de luchar, pasara lo que pasara. Que NO se rindiera, que íbamos a ganar la batalla. Y eso hizo, jamás se rindió a pesar de los dolores. Siempre luchó, y nunca dejó de ver por su familia, por sus hijos, por sus hermanos, por sus sobrinos.

La lucha

Fueron tres años de ir de transfusiones en transfusiones de sangre, primero cada mes y medio, luego cada mes, hasta que fueron casi cada trece días o incluso diez. Buscamos tratamientos experimentales, consultamos a los mejores especialistas, no se rindió incluso ni cuando recibía sus dosis de quimioterapia que tanto le dolían.

Fueron tres años de luchar, si él había decidido no rendirse yo menos. De alguna manera, Dios me puso ángeles en mi camino como mi querido “Pepe” Hernández Muñoz, para que pudiera ayudar a conseguir cada semana, cada 10 días, al menos 3 donadores de bolsas de sangre del tipo B positivo, para evitar más tiempo el rechazo. Teníamos fe de que un nuevo tratamiento nos diera resultados.

A la chingada Qatar

A mediados de año me dijo: ‘¿vas a ir a Qatar? Le dije que NO, que sería un mundial muy complicado, que habría muchas restricciones y que no habría muchas acreditaciones. La verdad es que yo no quería venir al mundial de Qatar. La razón era simple: Yo tenía la responsabilidad de conseguir los donadores o la sangre que necesitaba cada maldita transfusión. No iba a dejarlo sin conseguir la sangre que necesitaba. ¡A la chingada Qatar!

Juanjo tenía buena calidad de vida, cada donador, cada ángel que le regalo días a Juanjo, yendo a regalar horas, tiempo en el hospital para donarle sangre, jamás tendré cómo pagarlo. Gracias por tanta bondad. Cuando hablábamos y él trataba de encaminar la plática para “despedirse” o por si algo pasaba, yo la evitaba.

Siempre evité que me viera llorar, le decía que le echáramos “huevos” que íbamos a ganar el juego de su vida. NO iba a permitir que se doblara. Un mundial más o un mundial menos valía madre. Lo más importante era salvar su vida. Ya había tomado la decisión de NO venir. Había prioridades en la vida y mi prioridad era él.

El mensaje y el adiós

Lamentablemente, a mediados de agosto hubo un súbito descenso en su salud y en dos días, justo el pasado 14 de agosto, perdimos la batalla. Mi héroe decidió que había sufrido mucho y mis padres y mi hermana Paty, estoy seguro lo recibieron con inmensa alegría en el cielo.

Había estado muy bien, incluso semanas antes habíamos llevado al taller de hojalatería a restaurar un viejo Valiant Acapulco 1967, que encontramos en Puebla y compramos. Me acompañó a dejarlo en el taller y me dijo que las refacciones las había conseguido ya en Estados Unidos, que estaban en una caja en su casa.

Semanas después de la muerte de mi héroe, su esposa Lulis y Germán Gabriel, su hijo, me llamaron a su casa. Mi hermano les había dicho que ese Valiant era un regalo para mí. Pues tenía un valor sentimental para nosotros y me entregaron una caja con las refacciones que había conseguido para dejarlo como nuevo.

Cuando me llevé esa caja a casa, la guardé, no le hice mucho caso, hasta que la tuve que reacomodar. Entonces, encontré una nota, que pensé era una factura de aquellas refacciones. Pero no era así, era una nota que decía: “Brody, si algo me pasa y aún hay tiempo no te quedes sin mundial. Ve y disfrútalo. Si no lo quieres hacer por ti, hazlo por mí….” Hoy sé que de alguna manera él sabía perfectamente lo que iba a pasar y que yo, en algún momento, iba a encontrar ese mensaje en aquella caja de refacciones del Valiant Acapulco.

A pesar de su mensaje, hoy –que estoy por llegar a la sede del mundial– mi corazón me dice que hubiera preferido millones de veces no venir al mundial de Qatar. Ya que eso significaría que Juanjo todavía estaría vivo. Seguiríamos luchando para ganar la batalla contra el maldito síndrome mielodisplásico.

La vida y Dios decidieron que no fuera así. Aun con el dolor de su partida honraré la solicitud de mi héroe, porque así lo quería. Trataré de hacer la mejor cobertura posible, no sé si lo logre, pero estén ciertos que lo que haga desde Qatar lo haré con el corazón en la mano. No sé si logre hacer la mejor de mis coberturas, pero sí haré mi mayor esfuerzo.

¡Va por ti Brody! Ya llegamos a Qatar, besos hasta el cielo. Te amaré por siempre.

 “Un hermano es más que un amigo, es la mitad de nuestro corazón”.