Rectora sin gabinete

Catorce días después de su elección, Patricia Zarza Delgado no ha nombrado gabinete. En la UAEMéx, ese silencio no es casual ni inocuo.

Catorce días después de su elección, Patricia Zarza Delgado no ha nombrado gabinete. En la UAEMéx, ese silencio no es casual ni inocuo: es el campo donde se dirime la continuidad o la ruptura. El gabinete rectoral no es un trámite de protocolo, sino el dispositivo de administración del poder universitario. Direcciones, secretarías, contralorías, rectorías adjuntas: cada pieza define quién ocupa el centro, quién queda en la periferia y, sobre todo, quién administra presupuesto, legitimidad y agenda.

Zarza ganó con 118 puntos de 213 —el 55% del voto ponderado en una elección sin precedentes—, pero el bajo nivel de participación estudiantil (alrededor del 20%) y el rechazo activo de al menos cinco facultades que siguen en paro (Humanidades, Ciencias Políticas, Antropología, Arquitectura, Artes) mantienen su legitimidad en suspenso. El Enjambre Estudiantil Unificado (EEU), actor clave de la revuelta universitaria, no ha sido convocado a ninguna interlocución institucional. La nueva rectora porta la banda verde de la legalidad, pero no el respaldo operativo de las fuerzas que aún habitan el subsuelo universitario.

Históricamente, el gabinete rectoral ha funcionado como parlamento cerrado de cuotas y pactos. Desde los años noventa, el equilibrio entre exrectores, grupos académicos, liderazgos sindicales y operadores de gobiernos estatales ha definido el reparto. Las secretarías General, Administrativa y de Finanzas, junto con Recursos Humanos y la Tesorería, constituyen las joyas del orden burocrático: con ellas se controla la caja, la nómina, la contratación, el silencio.

Hasta ahora, no hay señales de ruptura ni de continuidad. Lo que en otro contexto sería un aplazamiento técnico, en la UAEMéx se interpreta como vacío de poder. Se sabe —según fuentes cercanas a la estructura— que al menos dos exrectores, un exsecretario de Finanzas estatal y un operador político vinculado al eruvielismo han presionado para conservar posiciones. Del lado político, un bloque de Morena en el Valle de Toluca también busca colocar cuadros bajo el argumento de alinear el aparato universitario con los principios de la Cuarta Transformación.

Lo que ocurre en la UAEMéx no es un hecho aislado. Resuena con otras fracturas globales que han puesto en crisis la legitimidad de las universidades como aparatos ideológicos del Estado —Althusser dixit— y fábricas de subjetividad funcional al capital. En Chile (2011) y Colombia (2018), los movimientos estudiantiles exigieron gratuidad y democratización. En Sudáfrica (2015), el movimiento #FeesMustFall demandó accesibilidad y decolonización del conocimiento. En Francia, la Sorbona fue tomada como denuncia contra la conversión de la universidad en empresa de recursos humanos.

La constante: cuando la universidad deja de responder a su comunidad y se subordina al poder económico o político, estalla. La UAEMéx no es la excepción: simplemente se había tardado en romperse.

En este contexto, la elección de una rectora tiene una dimensión más litúrgica que administrativa. La comunidad universitaria no solo espera una jefa: espera una figura que repare la fractura ética, restablezca la confianza y reintegre el tejido simbólico. La universidad es un texto vivo: su rectoría no solo transmite poder, sino que reescribe la narrativa de legitimidad. El gabinete no es un organigrama; es un relato. Que Zarza no lo haya presentado aún implica que el texto está incompleto: la historia de su rectorado aún no comienza.

En paralelo, su condición de primera mujer en ocupar la rectoría le imprime un valor histórico indiscutible. Pero también la enfrenta a una disyuntiva crucial: hacer de su género una bandera de transformación estructural, o permitir que sea usado como decorado progresista para un sistema que no ha cambiado. La verdadera política de género en la universidad se juega en la redistribución del presupuesto hacia cuidados, en los protocolos efectivos contra la violencia, en la paridad sustantiva en cuerpos colegiados, y en la ruptura de los pactos masculinos que deciden, desde hace décadas, quién asciende y quién no.

Si Zarza nombra un gabinete que recicla las mismas fuerzas bajo una estética distinta, su rectorado será apenas una anécdota. Pero si rompe con los viejos equilibrios, si integra a quienes encabezaron el movimiento estudiantil, si pone el presupuesto al servicio del saber y no de la simulación, entonces podrá iniciar una revolución silenciosa en la organización del conocimiento.

Hoy, su rectorado está parado en la línea que separa la restauración de la refundación. La UAEMéx no será la misma después del 2025. Pero si será mejor o peor, más libre o más opaca, depende

Mario A. García Huicochea

Mario A. García Huicochea

Periodista y columnista especializado en análisis político. Observador crítico de la realidad social y política del Edomex durante más de cuatro décadas.

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