Si se acepta como principio que la política es la guerra, pero continuada por otros medios, se puede entender cómo se ganan y se pierden algunas batallas políticas. Como lo escribió Claude Von Clausewitz, en la guerra el propósito es reducir la resistencia del enemigo, desarmarlo, dejarlo inerme y, por ello, sujeto a la voluntad del ganador. Se trata de evitar que el adversario oponga resistencia, ¿cómo?, de la manera en que se pueda. Bien dicen: “en la guerra todo se vale”.
Un principio que aplica a ese propósito es que no se trata de una interacción entre actores benevolentes. Quienes se enfrentan buscarán someterse uno al otro, aprovechando todos los medios a su alcance y, al mismo tiempo, privando al contrario de medios para resistirse durante el mayor tiempo posible. En México acabamos de ver el desarrollo y resultado de campañas políticas que nos permiten identificar todos esos elementos puestos en juego.
Terminadas las campañas, queda muy claro de qué lado estuvo el mejor estratega. Como ya lo dijimos la semana pasada, la derrota fue tan apabullante que a los derrotados apenas y les quedaron medios para ofrecer resistencia; más bien están peleándose ahora entre ellos. La estrategia fue clara desde el principio del sexenio: hay que evidenciar todo lo que no quisieron hacer los anteriores gobiernos: subir el salario, cobrar impuestos a los grandes oligarcas, regular y evitar la precarización laboral, destinar dinero a extensos programas sociales, hacer obra pública y no contraer nuevas y onerosas deudas.
Y, como ariete principal en esta gran batalla, un muy potente medio de propaganda: la conferencia mañanera del (hasta entonces) presidente más votado de la historia. Todos los días, durante años y años, el presidente hablando de logros, de cambios, de transformación, de triunfos, de conquistas, de resultados y, lo más importante, obligando a los adversarios a batirse en esos terrenos.
Dicho en otras palabras, todo el tiempo, el presidente eligió la arena, los términos, las reglas y hasta los actores con los que quería combatir. A todos y cada uno los venció porque los conoce a todos, porque sabe de sus limitaciones, sus lastres, su pasado y capacidades. Ni siquiera en los terrenos de combatientes desconocidos, como los fueron la pandemia o el expresidente norteamericano Donald Trump, el presidente se apartó de las causas de su cruzada.
Los resultados son exitosos para él y su movimiento en niveles —creo— inimaginables hace apenas un lustro. No hace falta repetir los números, ya hemos hablado en este mismo espacio de Morena como el nuevo partido hegemónico (y conste que lo escribimos muchos meses antes de la pasada elección federal).
Hoy, está el presidente en su última gran batalla antes de concluir su mandato: la reforma al Poder Judicial. Tiene todos los elementos para vencer. Además, la doctora Sheinbaum va a secundar esta iniciativa y tienen los votos necesarios en el Congreso para llevarlo a cabo. No va a ser una reforma que acabe con los problemas de impartición de justicia en el país, pero indudablemente va a modificar los matices en los que ahora se ventila el tema. Los términos nuevamente los ha elegido el presidente: nos ha propuesto a todos mirar los defectos del Poder Judicial, reconocer que es imperioso reformarlo, identificar a los personajes indeseables que hay en él, discutir cómo deben ser electos, involucrar en ello a la población y, en general, politizar un asunto que por décadas se presentó como exclusivamente técnico.
A la oposición la está orillando a tener como única bandera de lucha el sentenciar que la gente no debe elegir a jueces, magistrados y ministros. Esa es una causa perdida. El presidente lo sabe y por ello deja que todos los opositores a su gobierno vociferen que la gente no está capacitada para tomar esas decisiones, que ello es facultad exclusiva de expertos. Repito, es una causa perdida. Si no lo reconoce así la oposición va a pasar a la historia como los necios que se opusieron a la reforma, argumentando algo que a todas luces suena ilógico: si la gente vota para elegir al titular del Poder Ejecutivo, a los integrantes del Poder Legislativo, ¿por qué no puede también votar por quienes encabezan el Poder Judicial?
Politizar (que no es lo mismo que partidizar) el tema de la impartición de justicia en el país me parece muy pertinente. Eso quiere decir que la gente se involucre, que lo vea como un tema de interés general, que cuestione por qué solo a quien tiene dinero es al que se le da acceso a la justicia. Hacer que la gente común y corriente se sienta empoderada es parte de los logros de la estrategia del presidente López Obrador.
Demos por descontado que esa batalla la va a ganar el presidente. No obstante ello, los problemas de impartición de justicia y de disminución de la impunidad van a continuar. ¿Por qué? Pues porque, de entrada, no se tocan los poderes judiciales a nivel local y ellos son gran parte del problema. Además, porque a la Corte llegan una cantidad muy pequeña de casos, debido a la ineficacia de las fiscalías y a las limitaciones policiales.
Es un problema muy complejo el del acceso y la impartición de justicia, pero es un tema que no se tocaba y ahora se está haciendo. Eso me parece un muy buen avance.

