Cumbres borrascosas
Hablar de un clásico como el de Emily Brönte es casi tan complicado como conceder que hasta ahora su humilde servidor haya leído esta titánica novela: ¿qué se podría agregar a los cientos, si no miles, de análisis y reseñas hechos desde mediados del siglo XIX? ¿Valdrá la pena intentarlo, acaso? Pues quiero creer que sí, aun si sólo sirve para que la gente se acerque a leerlo. Si es un hito o no, ya lo decidirá cada quién.
Aclaro desde ahora: no me volví devoto ni fan. Reconozco las virtudes de esta narración, y sé que en su momento revolucionó las buenas conciencias victorianas. Hoy, no obstante, y me apena reconocerlo –nomás tantito, tampoco hay que hacerse la víctima–, atestiguo que era difícil no querer saltar de un quinto piso o cortarse las venas con galletas de animalitos ante semejantes dramones: tanta tragedia consumiendo a cinco o seis personajes sí resultó tedioso e insufrible.
Obviamente, sí creo necesario destacar la capacidad expresiva de Brönte; como dijo Virginia Woolf, “con un par de pinceladas Emily Brönte podía conseguir retratar el espíritu de una cara de modo que no precisara cuerpo; al hablar del páramo conseguía hacer que el viento soplara y el trueno rugiera”; su voz mantiene su cadencia, su nervio portentoso, de principio a fin (y no es una novela corta).
A fin de cuentas, les pido que ignoren el segundo párrafo, y lean a Brönte; sean románticos (en el peor y errado sentido del término) o no, es una catedralota de la literatura universal.


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