Sálvese quien lea

  Kew Gardens   Conocida universalmente por sus novelas –entre las que destacan, desde luego, “La señora Dalloway”, “Al faro”, “Orlando” y “Las olas”–, Virginia Woolf también incursionó magistralmente en el cuento, y “Kew Gardens” es un excelente ejemplo de ello (y de lo que a la autora le gustaba denominar “momentos de existencia”). El famoso jardín botánico de Londres es el pretexto ideal para que Woolf despliegue su inventiva, al presentarnos, en un solo cuadro, diversas imágenes, tal como lo haríamos ante una pintura cubista: el mismo espacio visto desde diferentes ángulos, donde las descripciones de la flora se
febrero 8, 2017

 

Kew Gardens

 

Conocida universalmente por sus novelas –entre las que destacan, desde luego, “La señora Dalloway”, “Al faro”, “Orlando” y “Las olas”–, Virginia Woolf también incursionó magistralmente en el cuento, y “Kew Gardens” es un excelente ejemplo de ello (y de lo que a la autora le gustaba denominar “momentos de existencia”).

El famoso jardín botánico de Londres es el pretexto ideal para que Woolf despliegue su inventiva, al presentarnos, en un solo cuadro, diversas imágenes, tal como lo haríamos ante una pintura cubista: el mismo espacio visto desde diferentes ángulos, donde las descripciones de la flora se conjugan con las conversaciones entre parejas y familias paseantes por este inusitado edén.

La edición que leí, a cargo de Nórdica Libros, incluye un par de relatos más: “Una casa encantada” (que se publicó originalmente en la antología “Monday or Tuesday”), una interesante reestructuración del típico cuento de fantasmas inglés: espectros y humanos superponen su visión, al visitar los primeros a los segundos.

“La marca en la pared” cierra la breve antología; aquí vemos de nueva cuenta a la Woolf del “monólogo interior”, mientras de una persona, a partir de una mancha (o marca, o rayón, o vayan ustedes a saber) en la pared, comienzan a surgir variopintos recuerdos, uno tras otro, sin aparente ilación pero con un gran manejo del lenguaje.

Cabe destacar que al libro lo acompañan las ilustraciones de Elena Ferrándiz, una excelente artista plástica que supo capturar el metafórico mundo de Woolf.

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